Plaza Manuel Recabarren, frente al destacamento Tucapel del ejército.
El centro de Temuco se encontraba repleto de gente aquella tarde otoñal de abril. Escolares, vendedores ambulantes, oficinistas y gente que estaba haciendo sus compras generaban un tumulto caótico en las veredas de la ciudad, todo a causa de los desvíos instalados por las explosiones que habían afectado a los edificios del centro un par de días antes.
A un par de cuadras de la Plaza de Armas, en la plaza Recabarren, una joven adolescente de largos cabellos castaños vestida con un jumper escolar esperaba por alguien mientras miraba con impaciencia su teléfono celular. Luego de un rato, la estudiante subió la mirada y encontró a la persona que estaba buscando un sujeto con sobrepeso, barba poco cuidada e incipiente calvicie, que vestía con un polerón manchado y unos jeans que reflejaban una apariencia descuidada. Era el sospechoso.
—¡Hola!, ¿cómo estái? —La escolar lo saludó efusivamente.
—Hola. Yo bien, ¿y tú? —respondió el sujeto con cierta timidez.
—¡Bien po'! ¿Andái nervioso? ¿Necesitas que vayamos luego a tu casa? A mi igual me da cosa estar acá.
—Ya, sí, vamos. —Ante el entusiasmo de la escolar, el tipo perdió parte de su nerviosismo, al igual que su inhibición, ya que la mirada que le lanzó a aquella joven causó que algunas personas giraran la cabeza con desconcierto.
Desde una distancia prudente, Yovanka y Camilo miraron con atención las acciones tanto de la adolescente como las del adulto en cuestión.
—Picó altiro el enfermo culiao. —La estratega del equipo ajustaba sus gafas mientras observaba la situación.
—Su forma de actuar todavía me parece extraña —el joven respondió con cierta incredulidad.
—Camilo, está dentro de su modus operandi. Este sujeto busca concretar su cita con las cabras chicas y, apenas puede, se escapa evitando la luz pública. —Franco, que se encontraba sentado en el Titán a unas cuadras de la escena, respondió las dudas de Camilo por medio de los auriculares de maná, pequeños artefactos que la cuadrilla usaba en las orejas durante las misiones y que les permitía comunicarse entre sí.
—¿Vania está en posición? —Yovanka miró hacia una cafetería en la cuadra contraria a su posición.
—Sí, estamos esperando a que salga de la plaza nomás. —Vania bebía un sorbo de café mientras fingía que estaba leyendo un libro.
—¿Y el Kevin? —La estratega miró hacia una cuadra más allá de su posición.
—¡Sin caña y listo! —el aludido respondió a la brevedad.
—¿Está esperando que lo sigamos?
—Franco, en los registros del Gremio, aparecemos como si estuviésemos presos. Debe pensar que lo están siguiendo, pero no la misma cuadrilla que lo atacó anteriormente.
—Ya están yéndose de la plaza, continúo con el seguimiento —Vania interrumpió al ver que la joven estudiante y el hombre mayor se alejaban.
La joven adepta levantó un extraño silbato largo que bien podía ser confundido con una varita mágica. Al hacer esto, una manada de perros y gatos callejeros comenzaron a movilizarse en una extraña coordinación, lo suficientemente cerca como para escuchar claramente al sospechoso y a la escolar, pero lo necesariamente lejos como para que este no sospechase que los animales callejeros lo estaban siguiendo.
—En posición. —Vania cerró los ojos.
—¿Qué escuchas a través de los animales? —Camilo respondió expectante.
—La quiere llevar a Labranza. Ahora tomarán una micro hacia allá, debemos movernos —respondió Vania, levantándose de su silla.
—¿En micro?
Yovanka miró a su pololo, quien escuchó incrédulo las palabras de la novata. No podía entender el interés del Gremio en un tipo, que a pesar de ser tildado como uno de los más escurridizos de Chile, parecía tan ridículamente fácil de atrapar.
—Estoy seguro de que también te parece muy extraño todo esto —Camilo observó a Yovanka con seriedad.
—Sí, pero ya la cagamos una vez y no podemos volver a precipitarnos, seguiremos con el plan. —Yovanka tomó el hombro de Camilo—. Tranquilo, vamos a estar bien.
—¡Se subieron a la micro! — Vania confirmó la información.
Labranza, un pequeño pueblo dormitorio que no quedaba a más de media hora de Temuco, era conocido por ser el lugar de residencia de una gran parte de los trabajadores de la ciudad.
—Vamos para allá. ¿El Titán? —Yovanka preguntó mientras caminaba en dirección de la casa rodante con nombre.
—Voy. —Después de decir estas palabras, el pelirrojo aceleró el Titán hacia el lugar donde estaban sus compañeros.
En menos de un minuto, Franco pasó a buscar a sus compañeros. Sin embargo, Kevin no se subió.
—Kevin, ya sabes qué hacer. —Yovanka miró con seriedad a su compañero.
—Confía, Yova, nos vemos allá —el Pulluche respondió con una sonrisa.
Kevin se mezcló en la multitud de personas que en ese momento se movilizaban por la ciudad.
—Ya, cabros, adelante. —Yovanka subió al asiento del copiloto del vehículo—. Terminemos con esto.
2.2
Esa tarde, el cielo de Labranza estaba cubierto completamente por un manto de nubes blancas. La residencia del objetivo se encontraba ubicada a las afueras del pueblo, dentro de una parcela algo alejada de las otras casas. Tal lugar estaba ocupado, en su mayoría, por un gran galpón de aluminio, el que servía de metálico contraste a la casa de madera que lo precedía. En un costado, un bosque frondoso colindaba con un arroyo pequeño, perdonado en el último momento por la creciente sequía que desde hace un tiempo afectaba al país.