Eterna noche y brisa danzante

Eternidad

En un plano más allá de la realidad humana, en una azotea con barandas blancas y suelo de césped, se encontraba la noche, tan serena y etérea como siempre. Esta paseaba de un lado a otro; no estaba esperando a alguien, solo existía.

Con el sonido contagioso de una risa llegó la brisa, tan risueña como en todas sus vidas. Se plantó frente a la noche, la observó y se inclinó.

—¿Qué tal, Reina mía? ¿Por qué estás tan fría últimamente, linda?

La noche, ya acostumbrada a su rara y divertida forma de saludar, solo sonrió y la miró. Miró su rostro sincero, pero distinto a la última vez que la brisa danzó a su alrededor.

—El frío es necesario, joven brisa, tanto como la calma y la tempestad. ¿Qué te trae por acá nuevamente?

La brisa se incorporó y, con un suave brinco, comenzó a caminar por la barandilla.

—¿Paso a menudo por acá? —mira a los ojos de la noche—
—Por más que hago memoria, no logro recordar…

La noche suspira y se sienta en el césped, estirando sus piernas, con los brazos sosteniendo su peso detrás de su espalda. Balanceando un poco los pies, dice:

—Esta es otra de tus vidas; es normal que no lo recuerdes, querida…

La brisa se detiene y, a su alrededor, se escucha su viento zumbar.

—¿Otra vida…? Qué maravilla. Siempre me podrían dejar recordar algo, ¿no lo crees, Reina mía?

La Reina solo ríe bajito y observa a la brisa con ternura.

—A tu pregunta, linda noche, paso por acá porque mis pensamientos me abruman y tu presencia me da calma… demasiada.

—Vaya, ¿y qué es lo que perturba la tranquila vida de la brisa? —pregunta ladeando un poco la cabeza—

—Es un sentimiento de no ser de aquí, ¿sabes? Siento que recorro todos los rincones, miro vidas pasar y nuevas nacer, pero ninguna se queda y yo tampoco…

La brisa está un poco desanimada. Se sienta en la baranda y juega con una pequeña pluma negra en sus manos.

La Reina, al mirar su desánimo, hace aparecer una pequeña lámpara, un poco oxidada, y la hace flotar en medio de las dos.

—¿Qué te parece si jugamos? Siempre te han gustado los juegos, joven brisa.

—¿Un juego? Dale, se juega.

El ánimo de la brisa subió y da un brinco para luego sentarse frente a la noche, con sus piernas cruzadas y sus manos apoyadas en cada rodilla, lista para escuchar las reglas del juego.

—La lámpara se va a ir encendiendo cada vez que alguien diga un pensamiento o sentimiento sincero; si no lo es, se apagará por completo y toca volver a empezar.

La brisa se sorprende un poco por el juego tan raro, pero igualmente le divierte y, animada, toma el primer turno.

—No entiendo la mente humana, es compleja y fascinante. Su forma de amar es la que más me cuesta entender.

Desde dentro de la lámpara comienza a salir humo apenas visible; es el turno de la noche.

—El amor para mí es ser libre, tener elección de quedarte o retirarte, saber cuándo dar y cuándo recibir y, además, sobre todo, estar uno al lado del otro como iguales…

El humo se intensifica y forma un pequeño espiral sobre la lámpara.

—Mi turno, bella dama. Si el amor es el sentimiento más increíble del mundo, ¿por qué muchas veces nos hace sentir miserables?

—Porque es algo que anhelamos y el no tenerlo nos hace desearlo aún más; pero, por otro lado, si cuando lo tenemos nos sentimos igual, es porque no es el amor de otro lo que necesitamos, sino nuestro propio amor.

La brisa queda en silencio y, después de un rato, lo único que sale de su boca es:

—Para mí, la única forma de amar es ser… entregarte.

—¿Cómo entregarte, brisa?

—En mis recuerdos no siempre fui una brisa. Una vez fui el combustible de un fuego ardiente que devoraba lo que quería y daba calidez a quien suplicaba.

—¿Están regresando tus recuerdos? Más pronto que antes, qué alegría.

—Así es…

La brisa le muestra una sonrisa a la noche; la noche, por el contrario, solo la observa, espera algo…

—Fui fuego. No, fui la que lo avivó. Dejé de pertenecerme para pertenecer al fuego y por mucho tiempo vi eso como amor incondicional… ¿me equivoqué?

La Reina se acomoda en la misma posición que la brisa y deja la lámpara en el suelo, aún en medio de las dos, pero ahora tiene una llama pequeña.

—No hay equivocaciones a la hora de amar; solo es un recorrido que nos trae y nos da lo necesario para sentir de la forma más sincera del alma.

La joven brisa sonríe y dice:

—Jajaja, qué sabia eres, Reina mía.

La brisa se levanta y comienza a caminar a ritmo lento alrededor de la noche; sus brazos en la espalda y su sonrisa confiada hacen ver que tiene algo en mente.

—Noche linda, ¿qué te parece si cambiamos un poco las reglas?

La noche la mira con curiosidad, mientras hace flotar la lámpara sobre sus cabezas.

—Está bien… ¿qué quieres cambiar?

—Ahora hablemos de pasiones y deseos; si no respondes, haces un paso de baile… Algo me dice que te gusta bailar.

La Reina, divertida, se levanta y le regala una sonrisa a la brisa.

—Linda noche, te contaré una de mis pasiones… Me encanta observar tus constelaciones, son hermosas.

—¿Mis constelaciones, dices?

El firmamento se decoró de miles de estrellas que alumbraron al unísono.

—Qué hermosas…

Dice la brisa, embelesada.

—Voy yo, brisa. Uno de mis deseos es que, en esta eternidad, pueda acompañar en cada una de las vidas de alguien que me da un cariño sincero.

Dice esto alzando su mano a la altura del hombro y la deja en esa posición.

Es el turno de la brisa, y su elección es entrelazar sus dedos con los de la noche y atraerla hacia ella para así quedar más cerca.

—Mi Reina, ¿acaso tu personaje es la brisa?

—¿Tan obvia fui?

La brisa comienza a guiar a la noche, ambas danzando tan centradas en ellas que pasan desapercibido que la llama de la lámpara pasó de ser pequeña a ser un fuego intenso que iluminaba todo el balcón.



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En el texto hay: amor, memoria

Editado: 09.01.2026

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