Eternamente Efímero

XVIII

Tomaron un taxi, concordando en que al dividir el total entre cada uno no tendrían que pagar una suma demasiado alta de dinero, y además tendrían un recorrido cómodo, aspecto que el autobús no podía ofrecerles.

Lucas tocó el timbre de la entrada mientras sus amigos observaban todo lo que los rodeaba con gestos que él identificó como una combinación entre asombro y estupefacción. La puerta se abrió, revelando a David, quien lo saludó con un beso y una sonrisa. David trasladó su atención a Fátima y cruzaron miradas, para luego saludarse con efusividad. Entonces un silencio inundó el ambiente. Lucas puso sus ojos en Julián y después en su novio, quienes no se habían atrevido a cruzar miradas ni por un segundo. Tomó aire y los presentó. Se saludaron como un acto de simple formalidad, con sonrisas nerviosas y probablemente un poco falsas. Lucas no pudo evitar pensar que tal vez su idea no había sido tan buena después de todo.

David los invitó a pasar y Rebeca entró en la escena. El corazón de Lucas latía fuerte y rápido.

—Hola, Lucas —dijo la rubia.

—Hola —contestó él.

—Ustedes deben ser Fátima y Julián —añadió la chica—, los amigos de Lucas. Un gusto conocerlos.

Quizás solo había sido impresión de Lucas, pero le había parecido que la atención se Rebeca se había centrado en Fátima mucho más que en los otros muchachos que se encontraban ahí presentes.

Caminaron hacia la cocina, un espacio que aunque era bastante amplio, resultaba acogedor. Huevos, harina y demás ingredientes se hallaban dispuestos sobre el mesón, listos para ser mezclados. Un gran tazón los acompañaba. En medio de la gran cocina y los ingredientes expuestos casi con rigurosidad, Lucas se sintió dentro del set de un programa de televisión, como aquellos en los que una persona indica paso a paso la preparación de un platillo desde el otro lado de la encimera de una cocina.

—Ay, por Dios —exclamó Clara al entrar a la cocina y observar el panorama—. Vas a hacer un desastre, señorita.

—Cálmate, Clara —dijo Rebeca con voz tranquila—. ¿Alguna vez he hecho desastres al cocinar?

—De hecho, sí —intervino David—. ¿Recuerdas esa vez de la lasaña?

—No estás ayudando —masculló Rebeca, mirándolo con desdén. David soltó una carcajada y ella continuó—: Pero lo limpié todo, y además, fue hace mucho. Ahora sí sé lo que hago.

—No lo sé, solo espero que esta cocina quede impecable —indicó Clara.

—Sí, señora —contestó Rebeca, haciendo un gesto de saludo militar con la mano.

Clara puso los ojos en blanco y caminó hacia la puerta de la cocina, no sin antes percatarse de la presencia de Lucas y saludarlo, así como a sus dos amigos, quienes habían estado muy entretenidos durante su conversación con Rebeca. Los tres chicos y Fátima se sentaron en las sillas de un pequeño comedor ubicado al fondo de la cocina, inseguros acerca de qué deberían hacer. Rebeca encendió un radio que se encontraba sobre la mesa frente a ellos, y sintonizó una emisora conocida por reproducir música de moda.

—Ok, ya que están aquí significa que están dispuestos a ser mis ayudantes, así que empecemos —dijo Rebeca en tono amable pero autoritario.

Los chicos se pusieron de pie y comenzaron a seguir las instrucciones de Rebeca. Lucas estaba tenso al principio y la incomodidad entre Rebeca y él era evidente. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, ambos se relajaron poco a poco, hasta incluso llegar a bromear entre ellos. De hecho sostuvieron una conversación casi en privado por un largo rato. Al final el asunto resultó ser mucho más ameno de lo que ninguno de los dos se había imaginado. Pronto las galletas se encontraban dentro del horno, y todos se sentaron alrededor del pequeño comedor.

—¿Por qué hiciste tantas galletas? —preguntó Julián. Les había llevado horas prepararlas, pues habían hecho mucho más que lo suficiente para los cuatro. Muchísimo más.

—Soy voluntaria en un comedor comunitario y quería llevarles algo especial por Navidad —respondió Rebeca mientras movía un botón giratorio en el radio, disminuyendo un poco el volumen de la música que salía de las pequeñas bocinas.

—Eso es genial —exclamó Fátima—. Una vez fui voluntaria en una escuela para niños con dificultades de aprendizaje. Me gustaría volver pronto.

—¿Por qué lo dejaste? —preguntó Rebeca con los ojos puestos en Fátima. Parecía que las dos chicas habían olvidado por completo la presencia de los tres muchachos que las acompañaban.

—No lo sé, el colegio, el tennis, supongo. Aunque sé que pude haber llevado todo muy bien, la verdad no estoy segura de por qué lo dejé, pero me gustaría volver.

—¿Juegas tennis? —habló Rebeca con los codos apoyados sobre la mesa, sosteniendo su cabeza con las manos en un claro gesto de interés frente a lo que Fátima tenía que decir.




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