Eternamente Efímero

XXVI

La primera semana de clases fue agradable. Aunque Lucas era bastante tímido, había logrado conocer a un par de compañeros de clase. Luego de un poco menos de un mes decidió tomar la decisión de buscar un lugar en dónde mudarse, un lugar que pudiera pagar por su cuenta.

—Quiero ir contigo —dijo David tan pronto le contó acerca de sus planes.

—No creo que...

—Rebeca se fue, Lucas. Eres lo único que tengo en este momento. Quiero vivir contigo, los dos. —Hizo una pausa—. A menos que tú no lo quieras, jamás iría en contra de tu voluntad.

—No, no es eso. Me encanta verte todos los días al despertar y tener la oportunidad de hacerlo cada día de mi vida sería perfecto. Pero, ¿qué le vas a decir a tus papás cuando vengan?

—La verdad.

—¿No se van a enojar?

—Probablemente. Pero yo hago lo que quiera con mi vida. Además, mi papá ni siquiera me habla, las cosas no se pueden poner peor que eso.

David tenía una gran suma de dinero guardado en una cuenta bancaria que habían creado sus padres para su educación universitaria. Estaba dispuesto a usar aquel dinero para conseguir un apartamento para ambos, pero Lucas se negó rotundamente, alegando que debía ser usado con el fin para el que había sido ahorrado en primer lugar.

—Venderé mi auto entonces —dijo David—. Así no tienes que gastar todos tus ahorros.

—Solo vamos a contar lo que tengo y ya veremos —respondió Lucas con calma.

Aunque el dinero que Lucas había guardado era suficiente para conseguir un apartamento pequeño, la terquedad de David logró que utilizaran el dinero que había ganado al vender su automóvil. Al final, Lucas solo tuvo que gastar una parte de sus ahorros, pues las ganancias de la venta del auto habían sido descomunales, a pesar de ser usado y no nuevo. "Lo que un Ferrari puede lograr", pensó Lucas.

 

Compraron un bonito apartamento totalmente nuevo en una zona residencial de la ciudad. La cantidad restante de los ahorros de Lucas fue destinada a la compra de muebles y decoraciones. El apartamento contaba con tres habitaciones. Se apropiaron de la principal y acondicionaron una de las alcobas auxiliares para que fuese un estudio que Lucas pudiera utilizar cuando lo necesitara. Dejaron la habitación restante vacía hasta que encontraran un uso para ella.

Tanto David como Fátima hablaban con Rebeca todos los días por medio de vídeo llamadas. Al principio había sido bastante duro para ambos, pero con el paso del tiempo verla a través de una pantalla empezó a convertirse en algo rutinario.

David le contó acerca del apartamento a sus padres tan pronto llegaron a la ciudad. Su padre le habló por primera vez desde que se enteró de cuál era su orientación sexual tan solo para expresar su completo rechazo frente a la decisión de mudarse con Lucas. Sin embargo, ya todo estaba hecho. Su padre abandonó la habitación abruptamente después de haber expuesto su intransigente opinión frente al tema, dejándolos a él y a su madre solos.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó su madre.

—Sí, mamá, estoy muy seguro.

—Está bien. Solo quiero que hagas cualquier cosa que te dé felicidad, y si eso te hace feliz entonces no voy a intentar persuadirte de no hacerlo.

Los dos se quedaron en silencio. La mirada de David se encontró con la de su madre, quien observó cada detalle del rostro de su hijo detenidamente, como si no lo hubiese visto en años. Aunque eso no era del todo falso. La barrera emocional que se había creado entre ellos con el paso del tiempo era tan real como la distancia existente entre su hogar y todos los destinos que la mujer frecuentaba por motivos laborales, dejando atrás la oportunidad de haber creado recuerdos invaluables con sus hijos a lo largo de cada etapa de sus vidas. Acunó el rostro de David entre sus manos.

—Perdóname por no haber sido la madre que tú y Rebeca merecían —murmuró mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla—. Ya eres todo un hombre y me perdí tantas cosas en tu vida y la de tu hermana que nunca me lo perdonaré. Pero solo quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti, David. No importa lo que pase, debes saber que siempre voy a estar aquí para ti, apoyándote. Cada vez que quieras venir a mí, te recibiré con los brazos abiertos, eso no lo dudes. —Hizo una pausa. Se limpió las lágrimas con las manos y prosiguió—: Prométeme una cosa.

—Lo que sea, mamá.

—Prométeme que no cometerás los mismos errores que tu padre y yo cometimos —dijo, y su llanto regresó de nuevo—. Aprovecha a las personas que te rodean, nunca las des por sentadas. Porque el tiempo pasa, David. Las personas que más amas eventualmente se irán y tú quedarás preguntándote en qué momento pasó el tiempo, en qué momento perdiste a aquellos que creías que jamás ibas a perder. ¿Y entonces qué te quedará? solo cosas materiales que no van a llenar ese vacío que sentirás dentro de ti. Tal vez suene algo cliché, pero de nada vale tener todos los bienes materiales del mundo si no tienes ni una persona que te aprecie y con quien puedas compartir todas esas cosas. Priorizar lo material sobre lo emocional nunca trae nada bueno. Jamás olvides eso.




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