Las costumbres de los vampiros eran, adquirir conocimiento, debían saber cómo era y cómo funcionaba el mundo en que nacieron; de modo constante han de actualizar ese conocimiento, eran las ciencias y humanidades lo que les importaba, no la sociología o las costumbres. Creaban nuevo conocimiento, tomaban lo que sabían y mejoraban, descubrían avances por sí mismos y para sí mismos; los resultados eran su propio estudio del universo.
Incursionaban en las artes de dos modos principales, leyendo, pero no creando, tocando instrumentos y componiendo piezas, aunque no con frecuencia; también aprendían a dibujar, a pintar, lo segundo más, los cuadros que adornan sus residencias eran hechos por su comunidad nada más. Pasaban tiempo todos juntos en un mismo lugar, cada uno haciendo lo que quisiera o sólo estando, eso era considerado convivencia. Solían dar bailes para que la comunidad se reconociera entre ellos, fue al principio de su historia, la costumbre decayó rápido, –ahí se conocían a los que nacían, los que se unían o se enteraban de algún deceso, cosa inusual. Ahora si invitaban a un baile y se organizaba, significaba que había una trampa para alguno, terminaba siendo algo frívolo para juzgar a alguien, o incluso como una excusa para atrapar a uno con quien querían tratar algún asunto. Todo esto englobaba sus costumbres.
Nada más cuando descubrió todo eso, fue que tuvo sentido lo que los otros le impulsaron a hacer, parecía que acertó al creer que era «la forma en que uno era en ese mundo».
También por eso ahora poseía la colección de libros de los dos hermanos que la quisieron matar. Encontró un libro de lo más interesante. Era la historia del nacimiento de los vampiros, que de hecho nunca eligieron ese nombre, se les quedó y lo adoptaron porque era lo más cercano en lo que el hombre creía hasta entonces. Lo interesante fueron las notas al final del libro que mencionaba que su historia empezó un capítulo después. Había uno, el principal, del que nadie sabía, excepto la Madre de los vampiros, a quien nombraban con un término que no sabía qué significa, le pusieron Neria, era un título que pocos ahora recordaban.
Le gustaría conocer a esa persona, era la única que podría ayudarle para deshacerse de un inconveniente que no previó que la molestaría en el tiempo actual. Por lo que aprendió, era el único ser entre todos ellos al que otros le harían caso sin cuestionar. Sin embargo, ¿ahora, a quien le preguntaba sobre ella?
¿Quién la acechaba?
Si tan sólo pudiese recordar cuando era niña, antes del primer recuerdo que tenía varios años de antecedentes. Tenía un par de recuerdos de los cinco años, antes no había nada, los de después eran escasos y a veces confusos. Recordaba mejor lo de después de los once. Teniendo en cuenta que no tenía en el mundo ni treinta años de existencia, que la memoria le hubiese fallado en la infancia, le resultaba inusual. Debería recordar bien una época ocurrida hacía tan poco. Si no hubiera decidido revisar sus recuerdos cuando el tiempo se alargaba más desde que quedó sola, sin ese evento que la llevó a querer recordar el pasado, quizá no hubiera notado que en su mente no había todos los recuerdos que esperó encontrar.
No entendía por qué poseía pocas memorias. ¿Tan inútil le pareció a su cerebro recordar al menos un poco bien, los primeros diez años de su vida?
Esa falta hacía que se sintiera más sola.
♦ … ♦
Tuvo que leer la investigación de Graham al completo, y por eso…debía tomar sus manos entre ellas para que dejaran de temblar… ahora todo había cambiado. A terminado la muestra después de un año entero de trabajo; lo dejó esperando seis años. Le gustaba el color, era como el alquitrán, espeso, frío y oscuro, inquietante.
«¿Verdad?»
Apretó un poco la mandíbula, movió el cuello en un trazo tenso y comprimido. El silencio vino de nuevo.
Se apresuraría. El pecho le palpitaba, casi nunca lo sentía con esa fuerza y ruido. Tenía que ir a la actual residencia de ellos; Mirren sin duda la vería llegar y avisaría a los otros. Por fin podría desaparecer esa pesada inquietud que comenzó hacía seis años. Por fin se libraría de todo aquello.
No pudo evitar cerrar la puerta con movimientos acelerados. Casi saltó los últimos escalones hacia arriba al exterior. El tiempo para llegar allá aun sería largo, iría tan deprisa como pudiera. Nunca dejó de rozar con los dedos la parte delantera de su vestido, justo donde el bolsillo del costado derecho guardaba su triunfo.
Para ella, la puerta de color café intenso resaltó más entre la fachada clara y la densidad de la naturaleza alrededor. No sabía porqué todavía no podía llegar hasta la puerta, ya debería estar ahí.
No oyó el sonido de la puerta. Ahí en el recibidor rectangular, en una línea horizontal la esperaban. Miró primero a Conrad con su pulcra vestimenta y postura correcta de siempre, la recibió con una mueca suavizada, no muy diferente a los demás, pero estos no le gustaban mucho. No pudo obligarse a corresponder a ningún gesto, lo intentó y no lo logró con Conrad; mas de inmediato posó su atención sobre Mirren, era quien cuidaba el sótano. Se acercó tanto como se lo permitía, a un metro y medio de todos ellos.
—Necesito bajar al sótano.
Él de inmediato arrugó un poco el ceño, estaba extrañado por la petición.
—Lo hice por fin. Tengo la solución para Oliver.