Eternidad 2, Primavera Eterna

Capítulo XVI - Saber lo que es verdad

Mejor. Algo bueno. Algo cálido. Algo que mitigaba y casi desvanecía los sentimientos de tristeza, de agobio, de pena, de nostalgia, de dolor, de opresión, que sus recuerdos, su vida, le ha dejado.

Los nuevos recuerdos estaban ahí, apenas haciéndose notar.

Tal parecía que en realidad la distancia entre recuerdos y el presente eran necesarios para ver y presenciar, las cosas que nunca entendemos cuando las memorias eran actos inmediatos.

Lo buscó temprano una mañana antes del desayuno. Tenía sed y él la dejó tomar. Cuando terminó, la observó, su mirada era distante, incluso estaba desenfocada, entendió que era por algo negativo. No tenía por que y no debería, aun así le preguntó si tenía un problema. Por un momento no supo si diría algo o se iría en silencio como siempre y ya. Le dijo entonces que las flores le recordaban hechos tristes, que ese día había despertado recordándolo otra vez. Él le preguntó sobre ello, Clarissa le respondió porqué…

No supo qué decir, cómo darle un consuelo. Dijo entonces algo basado en el entendimiento del recuerdo que ella le compartió. Esa fue una de las pocas veces que alzó la cabeza y lo miró —ella evitaba mirar a los demás. Cuando ella hacía eso era como si su acción no fuera más que una simpleza, sin trasfondo ni superficie, creía que era sólo ella contemplado y nada más; esa pequeña cosa que se sentía por eso, él no podía darle nombre, se parecía a cuando alguien te daba algo, algo bueno. Clarissa le preguntó si podía ir afuera sin pedir permiso, cuando lo desease. Asintió. Eso no tuvo sentido tras lo que acababa de oír. Oyó su voz suave cuando dijo:

—Aún me gustan las flores.

Le desconcertó que, a pesar del permiso, le tomase mucho tiempo usarlo y comenzar a ir al jardín por su cuenta.

Los otros recuerdos se parecían en dos cosas.

Uno, ella mencionaba algo, —no ha dejado de recordar cada cosa que ha visto antes del tiempo ahí­—, y decía porqué lo recordaba, qué significa para sí. Era el modo en que podía relacionarse con otro, por una memoria, no hablaba de un libro favorito, de que tal estaba el clima, que le gustaría vestir mañana, la razón de que evitara a los demás. A él le parecía interesante que hablara sobre momentos de vida, pues en ellos, ella era un actor contemplativo, no el personaje principal del hecho, lo era aquello que veía, imaginaba y entendía. Era una forma no directa de saber sobre alguien. Clarissa no parecía notar aquello, que, aunque no hablase sobre sí misma, lo que expresaba de lo que contemplaba, lo hacía. Vivía en el error de que nadie la conocía.

Dos, cuando él la escuchaba lo hacía con atención, —una voluntaria, no era parte del instinto alerta a peligros que nunca se detenía—, por ello en ocasiones él comentaba sobre lo que le decía. Al hacerlo ocurría algo que despertaba una parte suya que nunca supo cuál era, ella volteaba y lo veía, nada más. Supo entonces que eso era importante por una razón muy sencilla. Ella nunca veía hacia los demás, observaba cualquier cosa, excepto a las personas, evitaba sus ojos, evitaba reconocerlos, por esto, si rompía con ello y te miraba, se sentía bien porque era lograr que les reconociera por un momento. Si el sol, la luna, una estrella distante, de repente apareciera por uno, regresara, resplandeciera en tu dirección, ¿no te haría sentir algo bueno?

Lo entendía ahora…

Lo intentó una y otra, y otra, otra, otra, y otra vez, durante años y épocas. Fracasó. Lo intentó, pero no pudo hacerlo. La memoria estaba allí, los sentimientos también. Sabía que era inútil buscar el olvido, así que no lo intentó. Lo que quería era avanzar. Sin embargo, no podía ser como era, ni seguir siendo aquello en lo que se convirtió. Las palabras eran simples. Era frío e indiferente, con la cabeza en alto. Después fue calmado, vivía para complacer a alguien, dio todo el cariño del que era capaz, lo que no era más que serenidad.

No podía ser ninguna de esas cosas ahora. Ambas se sobreponían, e interponían entre ellas, ambas querían libertad, pero no la obtenían porque la otra lo impedía, cada una quería ir primero, en sus peleas, con el tiempo, se exterminaban entre ellas, y después, volvían a nacer. Por el momento sólo le funcionaría una cosa. Debía eludir ambas, no ser como ninguna, no ser nada. Así que sería como la luna, que se mantenía en su lugar a pesar de que el tiempo pasaba por ella, a veces iluminaba, y otras veces reinaba junto a la oscuridad, siendo eso también; y, sobre todo, lo que era, dependía del sol, de la luz que le proveía, del momento del tiempo que fuese. Era como debía ser, él siendo, dependiendo de algo más para estar allí, para mostrar lo que era.

La cosa era que como no podía mirarse a mí mismo, o más allá de él, no sabía si había un sol para él, o siquiera si se molestaba en darle luz. Sería confuso porque la ausencia de luz, no se relacionaba con la falta de calidez. Tal vez necesitaba que el sol se presentase ante él y le dijera que ahí estaba, para él. Mas hubo silencio, nadie le habló. Quizá algún día llegaría a él la voz del sol que estaba esperando, o quizás, aún no podía hablarle. Así que no sabía cómo sería, ¿primero lo vería u oiría su voz? Más importante aún. ¿Reconocería lo que era un sol?

Lo creyó así antes…

Sin embargo, en ese momento…

Persiguió el pasado, quería que dejara de llover. La lluvia siempre caía allí, donde quiera que estuviese. No se perseguía lo que quedaba tras uno.

Lo olvidó, nunca ha conocido un sol. Lo vio un segundo, se fue ahora por una eternidad.




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