Eterno Castigo

Capítulo 1: El castigo

— ¡Castigada todo el verano! –replicó mi madre elevando el tono de voz.


— Ya soy mayorcita, mamá... ¡No puedes retenerme aquí! Tengo diecinueve años y, según el artículo primero del Real Decreto de 1978, la mayoría de edad... –expuse siendo cortada tajantemente por la furia de mi madre.


— ¡Sofía, ahórrate el numerito de la legislación! –gritó aún más cabreada–. Más vale que pongas más interés en aprobar las asignaturas...


— ¡Sólo ha sido un mal año! –dije intentando justificarme.


— ¡No hay excusas que valgan! ¡Te quedarás estudiando en casa todo el verano sin salir! –respondió mi madre sentenciando mi suerte.


— ¿Cómo que sin salir? Puedo estudiar y salir al menos el fin de semana, he quedado con mis amigos para ir al festival...


— De eso nada –pronunció con la voz más calmada–. Y nada de tecnología, te requiso el móvil y el portátil.


— Pero, mamá... –balbuceé como una niña pequeña a la que le quitan su juguete más preciado–. ¿Y mis amigos? Pensarán que los he dejado de lado. No saldré de casa, pero déjame el móvil, por favor –supliqué poniendo mis ojitos lastimosos para darle pena.


— Tienes cinco minutos para decirle lo que quieras a tus amigos –me respondió tirando el móvil sobre mi cama–. Pasado ese tiempo, solo podrás estudiar sin salir del edificio.


Estaba molesta por la situación. Era mi primer año en la universidad, había trabajado muy duro durante bachillerato y estudiado a tope para la prueba de acceso. Saqué una de las notas más brillantes de mi instituto, y logré entrar en la primera lista de alumnos aceptados en Derecho. Lo había conseguido, y entonces fue cuando un terremoto emocional me sacudió por completo.


Mis padres se reunieron ese mismo día y me comunicaron lo que parecía ser un secreto a voces: se iban a divorciar. Yo había estado tan enfrascada en mi mundo que no había reparado en lo frecuentes que se habían vuelto las discusiones y las peleas entre ellos, quizá no quise darme cuenta de ello. Es más, estaba segura de que me engañaba a mí misma y en el fondo era consciente de la realidad.


Ese fue el inicio de la terrible consecuencia que hoy me estaba imponiendo mi madre. Durante el curso, pasé los fines de semana en mi casa, donde ahora sólo residía mi padre. Mi madre se había mudado a su localidad natal, vivía en una urbanización de alquiler y sólo venía a visitarla en vacaciones. Mi madre culpaba a mi padre de no haber estado más pendiente de mí y de mis notas, cuando en realidad ella no se había preocupado ni un ápice hasta ver mis suspensos.


No tenía derecho a castigarme y mucho menos robarme mi verano y el poder salir con mis amigos. Mientras estaba inmersa en mis pensamientos guiados por la rabia y la ira, casi se había pasado la mitad del tiempo que mi bondadosa madre me había permitido hacer uso de la tecnología, nótese la ironía. Tecleé con rapidez por el chat grupal que compartía con mis amigos y les dí la mala noticia. Tan sólo pude presionar el botón de "enviar" cuando mi madre me retiró el teléfono sin previo aviso.


— ¡Se acabó el tiempo! –soltó con cierto sarcasmo.


— ¡Te odio! La culpa de todo esto es tuya... –añadí entre sollozos–. Ojalá me hubiera quedado con papá, él sí que me habría comprendido.


— Tu padre está ocupado con su nueva familia –contestó con cierta amargura en su tono–. Y ahora prepara tus libros, y empieza a estudiar.


— ¡Eso es lo que más te jode, que papá haya rehecho su vida y tú no! –repuse rabiosa.


— ¡Por supuesto que no! Lo que me "jode" es tener que pagar las segundas matrículas de casi todas tus asignaturas porque has decido este curso "vivir la vida loca" –pronunció incendiando aún más mi ira.


— Es una carrera difícil... Y tú sólo miras el dinero, no te importo nada –concluí a la vez que la echaba de mi habitación y cerraba la puerta con fuerza para dejar paso a mis desesperadas lágrimas.


¿Tan difícil era entenderme? Este bache psicológico me había pasado factura y, aunque también me había desentendido un poco de los estudios tenía mis motivos. "Vivir la vida loca" decía, cuando no había salido nunca hasta que comencé la universidad. Descubrí el mundo nocturno y los chicos cuando ya todas mis amigas eran unas expertas en todo tipo de temas. En fin, estaba recluida y con montones de libros a mi alrededor. "Qué guay", pensé.


El tiempo pasaba muy despacio, las agujas del reloj parecían no avanzar y mi desesperación había llegado a tal punto que tuve que abrir el balcón de mi cuarto para poder tomar algo de aire fresco. Había olvidado las buenas vistas que tenía desde aquí, y no lo decía por el paisaje puesto que el balcón daba a un horrible patio de luces. El dormitorio de mi atractivo vecino estaba justo enfrente del mío. Su vidriada cristalera me permitía divisarlo tumbado sobre su cama, sin camiseta.


No sabía mucho de él, sólo que se llamaba Rubén y estudiaba primero de CAFD. Como buen deportista tenía un maravilloso cuerpo esculpido que hacía juego a su corto cabello moreno y sus impactantes ojos azules. Parecía un mismísimo dios que había bajado al infierno y regresado a la tierra por la traviesa sonrisa que se le dibujó al contemplarme babeando mientras lo espiaba desde mi balcón.


Se incorporó de su cama, se acercó a la hoja corredera y abrió la puerta vidriada que daba al balcón. Comenzó a desabrocharse los pantalones con un movimiento sexy hasta terminar quitándoselos por completo frente a mí. Su cuerpo quedó semidesnudo cubierto sólo por sus boxers, y entonces se dirigió hacía mí y fue la primera vez que escuché su dulce voz rasgada:


— Hace demasiado calor esta tarde, ¿no crees, vecina?


No pude responder a su pregunta, y no fue porque me quedé muda, sino por la intervención de su hermanastro. Hasta donde yo sabía según me había contado mamá, Raúl cursaba tercero de Derecho en mi misma facultad y paradójicamente yo no lo había visto nunca. Y eso que había ido a muchas fiestas universitarias, a todas seguramente.




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