Eterno Castigo

Capítulo 17: El distanciamiento

Que me había vuelto una adicta a comerme la cabeza no era una hipótesis, sino un hecho refutado. Y cada vez estaba más segura que acabaría enloqueciendo a causa de este maldito castigo y de sus terribles consecuencias. Sin embargo, la que entró hecha una furia por la puerta de casa fue la alterada María Luisa. Que sólo le faltó echar fuego por la boca me parecería poco para lo que estaban viendo mis ojos.


— ¿Cómo se te ocurre aprovechar la mínima ocasión para quedarte sola y meter en tu cama a nuestro vecino? –preguntó mi madre rabiosa.


— Creía que te parecía bien que fuese Raúl el vecino que me gustase... Y no, no nos hemos metido en la cama... Todavía –pronuncié yo encendiendo aún más la ira de mi progenitora.


— ¡Cómo he podido ser tan tonta! Te prohibí que fueses a casa de Rubén para que no pasases tiempo con él... Y de verdad te gustaba su hermano –se sinceró la antes incrédula María Luisa.


— Ya te lo dije, mamá... Espero que ahora me liberes de esa parte del castigo, si es que ves con buenos ojos a... –y mi madre me entrecortó sin esperar a terminar la frase.


— ¿A Rubén? ¿En serio creías que me tragaría lo de tu amor por Raúl? A la primera de cambio me has pedido que te deje ir a su casa. Si tanto te gusta tu querido profesor, ¿qué más da que siga viniendo aquí? –me acribilló pillándome "in fraganti" en el plan que había trazado.


— ¡Mamá! ¡Ahora pienso meter a Raúl en mi cama, todos los días! Nunca confías en mí –grité consternada.


— ¿Cómo quieres que confíe en ti si intentas engañarme a cada instante? –inquirió ella con expresión dolida.


— Vale, bien, tú ganas: Me gusta Rubén, y desde el primer momento he querido pasar tiempo con él, y tú siempre has puesto obstáculos para ello. No me dejas ir a su casa, ni que él venga, me quitaste el walkie-talkie y... me jodiste la vida –solté con el odio visible en mi mirada.


— ¿Que te jodí la vida? Yo que solo miro por ti... Muy bien, podrás ver a Rubén y hacer lo que te dé la gana con él, pero después de los exámenes –agregó a modo aclaratorio–. Y no quiero que luego vengas lamentándolo.


— ¿Y tú qué sabrás? ¿Por qué me iba a lamentar? Siempre dices lo mismo, ¿por qué? –pregunté presionándola sin conseguir efecto alguno.


— Porque lo sé de primera mano –musitó con cierta melancolía en su tono de voz.


— Pero, ¿por qué? –insistí al borde de la locura.


— Si no quieres aceptar mis consejos, ya lo descubrirás tú solita –fue la última intervención de mi madre antes de desaparecer del escenario de nuestra acalorada discusión.


Si ya tenía mil cosas rondándome por la mente, ahora se sumaba una más: La insistencia de mi madre en que no me convenía estar con mi vecino "buenorro". Con esta agridulce conversación había logrado que después de los exámenes me diera vía libre para dar rienda suelta a mi amor, pero sabía que había gato encerrado. Desde el primer momento mi madre se había negado rotundamente a que pasase algo con Rubén, al contrario que con Raúl. ¿Pero qué diablos le pasaba? Ni con el falso beso se creía la relación con mi vecino "irritante", y sin pensarlo dos veces le había confesado que ella llevaba razón desde el primer momento. Ya no habría más teatros con Raúl, y lo de pasar tiempo con su hermanastro cada vez lo veía más lejano.


Conforme avanzaba mi castigo, el insomnio y el cansancio se habían adueñado de mí. Me costaba horrores conseguir coger el sueño, y cuando lo hacía me desvelaba con muchísima facilidad. No sabía bien a qué hora logré dormirme, pero estaba segura de que en lugar de contar ovejas había estado contando problemas. Eso sí que abundaba en mi vida, y cada día aumentaba la lista... Hablando de listas, me pregunté si mi amado Rubén le gustaría lo que él llamaba su asunto pendiente. Esa misma noche me había asomado al balcón, pero solo había podido ver a su hermanastro sentado de nuevo en su escritorio. Ni rastro de mi vecino "buenorro", aún así mantenía la esperanza de que la lista fuera de su agrado... "Mierda, la lista de Raúl estaba escrita en la parte de atrás", caí en la cuenta.

 

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Físico de escándalo, extrovertido, amante de las indirectas, romántico, adulador, deportista, valiente, atento, detallista y, por supuesto, fan del striptease. Tenía memorizada la lista de cualidades de mi vecino "buenorro", y ahora que sabía que estaba en su poder, la impaciencia me carcomía por dentro. Y este mismo día saldría de dudas, una respuesta y una despedida. Yo no podría despedirme de él por escrito, pero mi prometido desnudo sería una buena bienvenida. También era momento de aclarar las idas y venidas de mis dos vecinos. La partida de Rubén estaba confirmada, pero me faltaba conocer la duración de su estancia y el regreso a casa. Por otra parte, también necesitaba descubrir el destino de Raúl que desconocía. Por mi bien, y por el de mi futuro.


— Buenos días Raúl –pronuncié con el tono más amable que pude.


— Buenos días Sofía –me correspondió al saludo.


— Me gustaría que hablásemos antes de seguir con la clase... –proseguí no sabiendo muy bien por qué problema empezar.


— Nuestro contrato ha terminado –sentenció mi profesor particular trastocando cualquiera de los planes que tenía en mente pendientes de abordar.


— ¿Cómo que ha terminado? Hasta aprobar los exámenes dijiste, y hasta eso aún queda –contraataqué indignada–. ¿Es porque te vas?


— No es por eso –contestó.


— ¿Pero te vas? –insistí yo.


— ¿Acaso importa? –repitió como cada vez que retrataba mi interés real por su ayuda.


— Claro que importa. Me importas –añadí con un tono quebrado en mi voz–. Por favor, dime qué no te vas a ir... Eres mi único...


— ¿... Vecino?, ¿profesor particular?, ¿repartidor?, ¿falso novio?, ¿o se me olvida algo? –musitó sintiéndose utilizado.




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