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Perspective

Cubro mi boca con ambas manos tratando de silenciar los fuertes sollozos que se tratan de escapar.

Miedo.

Impotencia.

Confusión.

Tensión.

Temor.

Tristeza.

Cada una de esas emociones me invaden con fuerza, profundo, marcando una grave diferencia en el antes y después de mi historia.

Tan frágil y débil, de ese modo siempre sería el ser humano. Era algo que nunca se podía cambiar. Fuertes de apariencia, pero frágiles por dentro.

Cierro los ojos con fuerza sintiendo las lágrimas lavar las manchas en mi rostro y me encojo en la oscuridad de mi habitación. Medito en medio del silencio sepulcral si la decisión tomada fue la correcta, ¿lo era? No lo sabía. Minutos atrás parecía ser la única salida, pero a juzgar por las dos miradas que recibo no era de ese modo. Una mirada de miedo, similar a la que poseía. La otra fría, sin vida.

¿Me había equivocado? ¿no era lo correcto? ¿estaba bien o mal? ¿quién respondería a mis preguntas? Ellos no deseaban ni parecían querer hablar.

¿Qué haría?

Ella se desliza en medio de la habitación con el móvil contra su oreja, hablando con velocidad, aturdiendo mis sentidos sin darme oportunidad a captar todo lo que le lanza a la personas al otro lado de la línea. ¿Debía de seguir llorando? Las lágrimas lavaban mis marcas lentamente, mis manos continuaban cubriendo mi boca evitando que algún ruido salga de ella y me encogí con mayor fuerza en mi zona. Tal vez de ese modo lograba desaparecer.

Los minutos pasaron lentamente, siendo un completo infierno al ser mirado de ese modo. ¿No era lo qué se me había enseñado? ¿esto no era lo que ella deseaba? ¿no era lo que tanto susurraba en las noches?

Después de tanto tiempo sollozando en completo silencio, sus ojos nuevamente se posaron sobre los míos y me habló. Lo hizo, pero no entendía. Los fuertes latidos de mi corazón me impedían escuchar con claridad.

—Estamos aquí. —fue la primera vez que logre escuchar con claridad su dulce voz.

Aquella voz que cantaba mis nanas para ayudarme a dormir.

Dos hombres aparecieron en la habitación mirando la escena encerrada en las cuatro paredes sumidas en completa oscuridad. De pronto la luz se enciende. La escena se revela.

Ella estalla en un fuerte llanto interrumpiendo la paz de la noche, el perro del vecino ladra con fuerza y los ojos de todos los presentes caen sobre mí. Indefenso, confundido, sin saber que hacer. Uno de los hombres se acerca y me obliga a ponerme en pie.

—¡Monstruo! —grita ella, cuando me sacan de la escena, siendo retenida por el otro hombre—. ¡Monstruo!

Salgo de la casa, el hombre me sube al auto y conduce en completo silencio. Lo agradecí, de ese modo lograba poner en orden mis sentidos, mis pensamientos y de algún modo, mi vida propia.

¿Lo merecía? ¿merecía ser llamado de ese modo? ¿monstruo?

Aparca el auto y me lleva rápidamente a una habitación gris, me obliga a sentarme y toma asiento frente a mí. Sus ojos calculadores y fríos me miran con detenimiento, tomando el cuaderno que se encuentra sobre la mesa y lo abre, sin dejar de mirarme.

—Nombre.

—Vincent Harry.

—¿Estás consciente de que cometiste un delito? —indaga lentamente, despegando la mirada del cuaderno para mirar mis expresiones faciales.

Niego, pero asiento de pronto. Estaba confundido. Entonces, ¿estuvo mal?

—¿Estuvo mal? —pregunto sin mostrar una expresión en el rostro.

—Ella te llamó monstruo. —responde, aunque sin responder del todo a mi pregunta.

—Él era un monstruo. —le corrijo, recordando las profundas heridas en muestros cuerpos.

—Ella no dijo lo mismo.

—Ella es estúpida, siempre lo fue.

—El juez decidirá quién fue el estúpido de la historia. —responde el oficial, lanzando el cuaderno ante mis ojos.

Miro con frialdad las fotografías. El color rojo predomina en la imagen, mostrando también esos ojos sin vida que alguna vez me provocaron miedo y ahora, solo me provocan satisfacción.

Estuvo bien. Estas fotografías me lo mostraron.

—Su abogado ha llegado. —el hombre toma el cuaderno y sale de la habitación.

Ingresa otro, con una gabardina cubriendo su cuerpo del frío aire del invierno, con sus manos cubiertas por un par de guantes y se deja caer frente a mí. No se quita la capucha, en su lugar extiende sus manos y yo le tiendo las mías manchadas.

Saca un pañuelo de seda de su gabardina y las limpia con delicadeza. Se me hace extraña su dedicación al hacerlo, pocas veces había presenciado esos tratos a mi alrededor y aún más extraños hacia mi persona.

—¿Añoras ser libre? —pregunta con su suave voz, hipnótica.

Asiento como respuesta.

Sus ágiles dedos toman el añillo de mi mano y lo guarda dentro se su gabardina junto al pañuelo de seda.



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En el texto hay: misterio, ficcion y fantasia, amor y miedo

Editado: 07.08.2021

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