Kasy, al reconocer de quién se trataba, solo pudo decir nerviosa.
—¡Disculpe, señor! ¡Disculpe!
La joven del móvil decía suplicando, pero su mirada estaba dirigida a la loca de cabello largo que lo miraba sorprendida.
—Vamos, Eva, vamos.
—¿Te he visto en algún lado?
—Solo en sus sueños.
Era jalada y corrían por entre las tumbas sin mirar atrás hasta que se escondieron cerca de unos árboles y Kasy comentó a su amiga.
—¿Te diste cuenta de quién era?
—Apenas si le vi la cara; mi corazón no soporta el susto.
—¡Era él!
—¿Quién?
—Apolo Sanders.
No esperó que alguien del club estuviera en el cementerio justo en esos momentos. Kasy se persignó y le dijo a su amiga.
—Si descubre quiénes somos, adiós trabajo.
—No creo que nos haya reconocido —miraba a todos lados—, pero sí dio miedo.
Kasy exclamó asustada.
—¡Era la tumba de su padre!
—Supongo que ni se acordará de lo pasado; somos invisibles para esa gente.
Kasy la miró y le recordó.
—Dijo que te le hacías familiar.
No les dio importancia a esas palabras y revisó el video complacida.
—Lo importante es que lo conseguimos —revisó el video.
—Sé que funcionará, que el alma del rico me va a abrir camino.
Eva Monar era muy soñadora y a veces algo ilusa. Por lo pronto, su sitio en redes era muy popular; ahora colgaba un video de un reto viral que se suponía daba suerte a los que lo hacían.
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Otro día en las trincheras, como le decían a la atención VIP que debían dar. Su uniforme consistía en una falda diminuta y una blusa blanca pegada al cuerpo y un mandil con encaje, una cofia blanca con negro y una sonrisa en el rostro.
Su deber era atender de forma ágil y cordial a todos los señores poderosos de la ciudad, nunca mirarlos al rostro y siempre ser rápida con la atención, porque los ricos odiaban el retraso.
Regresó con una charola vacía y con una lista de los pedidos que debía entregar. Kasy se le acercó y le dijo en voz baja.
—Te cuento el chisme del momento.
—¿Cuál es?
—Dicen que Apolo Sanders rompió su compromiso con la bella Brenda Novak.
Cielos. Siempre le pareció raro que un rico dejara a otro rico.
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Úrsula tomaba un cóctel y charlaba con su nuera, bueno, exnuera.
—Apolo está raro, no me dice nada, pero sé que cumplirá con su compromiso.
—Odio el rechazo, sabes cómo eso me pone.
Brenda era una hermosa mujer de cabello castaño oscuro, muy sedoso y unas facciones delicadas, pero su mirada era otra cosa: parecía un águila dispuesta a atrapar a una presa.
—Querida, debe ser los nervios.
—¿Sabes cuánto está en juego?, mucho dinero y no me puedo dar el lujo de ser rechazada por nadie.
Eva llevaba los entremeses a la mesa.
—Su orden, señoras, espero que la disfruten.
Brenda le dio una mirada de desprecio. Ella puso su sonrisa de trabajo, claro, porque había varios tipos de sonrisa.
Por ejemplo, la del trabajo era una semisonrisa cordial, nada exagerada para parecer profesional. La sonrisa genuina la reservaba para momentos gloriosos, pero de esos escaseaban en su vida.
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Dietrich Novak era uno de los chicos mimados de la ciudad, un excelente jugador de polo, además de ser heredero de una gran fortuna y vivir de las regalías que su hermana solía darle.
Esa tarde hablaba sobre lo pasado, con la ruptura del compromiso de su hermana.
—Hasta agradezco que Apolo salga de nuestras vidas; ese sujeto no le da la talla a mi hermana.
—¿Qué le habrá pasado a Apolo?
—Le dio miedo meterse con una mujer de verdad.
Todos se rieron de sus palabras.
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La enviaron a atender la mesa de Novak; llevaba unas bebidas cuando escuchó.
—La verdad es que a Apolo le faltan pantalones para casarse con un Novak.
Ella colocaba las bebidas en cada puesto y escuchaba los comentarios despectivos del grupo.
—¿Se les ofrece algo más?
Novak respondió en tono chocante.
—Sí, que quites tu horrible cara de delante de nosotros.
Algunos rieron. Eva entonces le respondió.
—No sea grosero.
Dietrich dijo a sus colegas.
—Nos salió respondona la cachifa.
—No soy una cachifa, soy una empleada que merece respeto.