Miraba su reloj con insistencia y repetía.
—Dios, qué mierda, Dios…
Se recostó en la pared del ascensor, pensando que tendría problemas si Sanders le retiraba su ayuda, cuando sintió que detrás de ella se deslizaban las puertas y cayó sentada en el suelo. Menudo lío en el que estaba.
—¡Mi culito!
Se incorporó con dificultad y, cuando se dio cuenta, estaba en una elegante oficina con sala y muebles color café. Vio un escritorio elegante y un bar del otro lado. Pinturas que adornaban las paredes, estaban dispuestas estratégicamente con luces que las realzaban. Sus pisadas fueron mermadas por la alfombra que amortiguó sus pasos; no había nadie visible.
«Dios, qué raro».
Miró una armadura completa bien puesta en una esquina.
—¿Estoy en el museo?
Se acercó a tocarla, nunca había visto una de cerca y esta era reluciente.
—Impresionante.
Echó un vistazo a todos lados, ni señas del poderoso. En la mesita de centro descansaba un hermoso terrario en donde convergían varias especies armoniosamente, esa era la única vida que había en esa gran oficina. Consultó su reloj. El desgraciado le dijo a las ocho en punto, eran las ocho y quince y ni señales.
—Maldito rico hijo de puta, ¿crees que tengo tu tiempo?
Jugaba con su largo cabello y de repente se escuchó su voz varonil.
—Espero que entiendas que te tengo en mis manos.
Ella dio un salto, ¿de dónde salió?
—Yo… usted dijo ocho en punto y llegué puntual.
Él miró su reloj y le señaló:
—Falso llegaste un minuto tarde.
—No es cierto.
—Te estuve observando.
¿Por dónde? Ella miró a todos lados, sacó un frasco de pastillas y las tomó sin agua.
—Eva… ¿Eva qué?
—Monar del Valle.
—¿Cuántos años tienes?
—20 años.
—¿Tienes novio?
—Por el momento, no —la estaba entrevistando—, ¿usted tiene novia?
—Solo contesta lo que te pregunto.
—Ok.
Hizo una mueca, odiaba las muecas, viraba los ojos para un lado y luego al otro.
—Eres irritante.
—Usted también, ¿qué quiere de mí?
—Buena pregunta, salve tu trasero, me debes mucho.
—¿Le compró un auto a Nova?
Apolo le explicó entonces.
—Es un auto hecho a la medida, se los manda a tunear, por eso los costos son mayores, eso toma su tiempo.
—Ok, ¿puedo sentarme?
Él le indicó que lo hiciera y ella se sentó jalando su falda que era corta y se remangaba al sentarse dejando ver sus muslos. Intentó obviar ese detalle de ver las piernas torneadas de la bella joven.
—Eva me debes mucho y quiero que me pagues.
Ella entonces le dijo entonces.
—Puedo limpiar su oficina, su casa… piscina, sacar a pasear a su perro.
—No tengo perro y no quiero una sirvienta, no todavía, quiero una persona que me ayude en una idea que tengo.
Ella era mala para los negocios y se lo hizo saber.
—Lo siento, de negocios, no sé nada.
—Eso lo tengo en claro, eres astuta, me seguiste el juego, no había visto a alguien como tú.
Ella dijo en voz baja.
—Era mi pellejo.
—Exacto, era tu pellejo, pero me gustó cómo resolviste las cosas, dejaste dudoso a Dietrich —sonrió triunfal.
Ella para congraciarse con él comentó.
—Usted tampoco lo hizo tan mal.
—Eres altanera, osada e inventiva, irritante y rebelde.
Eso no sonaba halagador.
—Escuche, no lo estoy insultando —se levantó molesta—. Me equivoqué, lo sé, pero le pagaré. Así tenga que venderle mi alma al diablo.
Él se rio burlonamente de ella y eso la irritó más.
—Yo creo que el diablo ya te tiene.
—Al grano, señor Sanders.
—Quiero que finjas ser mi novia.
Eva lo miró horrorizada, de todo lo que pensó ni siquiera dio en el blanco, eso comenzaba a ponerse bizarro.
Eva movió su mano, algo no caminaba en todo ese asunto y preguntó.
—¿Usted quiere que yo sea su novia?
—Para nada, quiero que finjas ser mi novia.
Eso era muy dark, es decir, de todo lo loco que había escuchado en su vida, aquello se llevaba al primer lugar.
—Es que no entiendo…
—Eres buena fingiendo, me di cuenta en ese estacionamiento, te ofrezco un trabajo como mi novia ficticia.