Evan Blackwood, El Depertar de la Magia

Capítulo 1 — Cenizas y Nieve

Episodio 1 — La noche de la nieve

La nieve llevaba horas cayendo.

No era una tormenta todavía, aunque el cielo parecía empeñado en convertirse en una.

Desde la pequeña ventana de la cocina, Elena podía ver cómo los copos se acumulaban sobre la baranda del porche. Algunos quedaban atrapados en las ramas de los árboles; otros desaparecían en la oscuridad antes de llegar al suelo.

Sus ojos, de un rojo claro poco común, casi color vino diluido en agua, reflejaban el resplandor de las llamas de la chimenea cada vez que se giraba hacia el fuego, un detalle que Adrian decía que lo había hipnotizado la primera noche que la vio, mucho antes de que sus vidas se entrelazaran de la forma en que ahora estaban entrelazadas: por un pacto de sangre tan antiguo como su propio apellido, el que había hecho que la sangre vampírica de Elena y la Sangre Pura de los Blackwood se fundieran en una sola cuando se casaron, dándole a ella también el peso y los dones de esa herencia. Era alta y delgada, de una elegancia que no necesitaba esfuerzo, con el cabello negro y largo recogido esa noche en una trenza suelta que le caía sobre un hombro, unos mechones sueltos enmarcándole el rostro pálido, casi de porcelana, con esa palidez fría propia de su sangre. Se movía con una gracia silenciosa, cada paso medido, casi felino, herencia de siglos de cazar en la oscuridad, aunque en ese momento, con la cuchara en la mano y el delantal manchado de harina, no parecía más que una madre joven preparando la cena.

Dentro de la cabaña hacía calor.

La leña crepitaba en la chimenea y una olla descansaba sobre el fuego.

Elena removió la sopa lentamente.

Una vez.

Dos veces.

Luego probó un poco con la cuchara y frunció el ceño.

—Le falta sal.

La cuchara quedó suspendida en el aire.

Elena tomó el pequeño frasco que estaba junto a la olla y, sin siquiera tocarlo, hizo que una pizca de sal volara hasta caer dentro.

—Mucho mejor.

La cuchara volvió a moverse sola.

Desde la habitación contigua llegó un pequeño sonido.

Elena sonrió.

—Ya sé.

Dejó la cuchara sobre la mesa y caminó hacia la cuna.

Evan estaba despierto.

No lloraba.

Solo movía las manos debajo de la manta, mirando hacia el techo con aquellos ojos demasiado grandes para una criatura tan pequeña.

Elena se inclinó sobre él.

—¿Otra vez despierto?

El bebé hizo un sonido suave.

—Tu padre diría que ya estás empezando a parecerte a mí.

Elena le acomodó la manta.

—Pero yo creo que tienes sus ojos.

Evan cerró los dedos alrededor de uno de los suyos.

Elena se quedó así unos segundos.

Simplemente mirándolo.

No había magia.

No había guerras.

No había enemigos.

Solo aquella pequeña mano sujetando su dedo.

Y por un instante, Elena permitió que su mente olvidara todo lo demás.

—Te prometo que nadie va a encontrarte —susurró.

Evan la miró sin entender.

Elena sonrió.

—Aunque algún día vas a odiar esta promesa cuando seas adolescente.

Una pequeña risa escapó de sus labios.

Entonces miró hacia la ventana.

La sonrisa desapareció lentamente.

Algo le había parecido extraño.

No sabía qué.

El bosque estaba demasiado quieto.

Elena permaneció observándolo unos segundos.

Después negó con la cabeza.

—Estoy imaginando cosas.

Se alejó de la cuna.

Adrian llevaba veinte minutos caminando.

Era algo que hacía todas las noches.

No porque quisiera.

Porque necesitaba hacerlo.

Era un hombre alto, de hombros anchos y espalda recta, con el porte de quien había pasado años enteros en batallas antes de aprender a caminar despacio otra vez. El cabello, castaño oscuro, casi negro bajo la luz de la luna, le caía un poco largo sobre la frente, siempre despeinado por el viento de la montaña, y una barba de pocos días le cubría una mandíbula marcada, heredada, según decía Elena entre risas, de generaciones enteras de Blackwood tercos. Tenía las manos grandes, ásperas de tanto trabajar la tierra y cortar leña, manos que no parecían las de un guerrero hasta que uno se fijaba en las cicatrices finas que le cruzaban los nudillos, recuerdos de una vida anterior que rara vez mencionaba. Caminaba con la vigilancia silenciosa de quien nunca había dejado de estar en guardia del todo, sin importar cuántos meses de paz llevaran.

La nieve crujía bajo sus botas mientras recorría el perímetro de la cabaña.

Primero el lado norte.

Después los árboles.

Luego el pequeño arroyo que desaparecía entre las montañas.

Finalmente regresaría por el mismo camino.

Siempre igual.

Siempre en silencio.

Adrian levantó una mano.

Una pequeña runa apareció sobre la palma.

Brilló durante un segundo.

La protección seguía allí.

Nunca titilaba. Nunca se debilitaba con el paso de los meses, como advertían los libros que solía pasarles a las runas comunes, tejidas por magos de menor poder. Las suyas resistían intactas noche tras noche, sin necesidad de renovarlas, gracias a la fuerza de su propia magia y al linaje que corría por su sangre, generación tras generación de guardianes de Sangre Pura.

—Bien.

Bajó la mano.

Pero no bajó la guardia todavía. Cerró los ojos un instante y pensó, como cada noche desde que habían llegado a esa cabaña, en la promesa que le había hecho a Elena meses atrás, la noche que decidieron huir para siempre del mundo mágico.

Si alguna vez no quedaba otra salida. Si algún día los encontraban y no había forma de escapar. Adrian sellaría la magia de Evan con runas, con lo último que le quedara de vida si hacía falta. No para destruirla —eso ni él, ni nadie, podría lograrlo, ni lo intentaría jamás— sino para adormecerla, enterrarla bajo runas silenciosas, hasta dejarla tan tenue que ningún rastreador pudiera sentir la firma de un Blackwood de Sangre Pura recién nacido. Sería la única forma de esconderlo de verdad, incluso de sí mismo: un último regalo envenenado, la única manera de comprarle a su hijo tiempo para vivir antes de que la magia volviera a encontrarlo.




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