—¡Es un niño! ¡Eso es imposible! —exclamó James, cuya voz retumbaba en las paredes de la habitación mientras caminaba de un lado a otro con gestos erráticos—. Los kitsune hemos existido durante milenios y jamás se había visto algo semejante. Está alterando el orden natural de las cosas, ¡esta criatura es un fenómeno!
Hacía apenas unos minutos que su tercer hijo había llegado al mundo, pero en lugar de alegría, el aire estaba cargado de una confusión eléctrica.
—¡James, no te atrevas a llamarlo así! —le interrumpió su esposa, alzando la voz con una mezcla de indignación y cansancio maternal—. Puede que tengas razón sobre lo inaudito de su naturaleza, pero es nuestro hijo. Lleva nuestra sangre, es parte de nosotros.
En ese momento, el doctor entró en la estancia con una parsimonia que contrastaba con el caos emocional de la pareja. Se ajustó los guantes y miró al recién nacido antes de dirigirse al padre con una advertencia gélida.
—Si me permite un consejo, no se deshaga de él. Existe una probabilidad muy alta de que, al cumplir los cinco años, su poder supere al de ambos. Si decide abandonarlo o terminar con su vida, asegúrese de que no quede ni rastro de él, porque de lo contrario, solo habrá cavado su propia tumba.
James se detuvo en seco. Analizó las palabras del médico, dejando que el silencio se apoderara del cuarto por unos instantes. La incertidumbre en su mirada fue sustituida lentamente por una chispa de ambición.
—En ese caso, lo conservaremos —respondió finalmente, aunque su voz aún guardaba un rastro de duda—. Esta criatura, un ser jamás visto, será alguien grande y poderoso. Entrenarás duro, pequeño, y te convertirás en el mejor kitsune que haya pisado esta tierra. Bienvenido al mundo, Evan.
Diez años habían pasado desde aquella noche de incertidumbre.
—¡Nanami, date prisa o llegaremos tarde! —grité desde el rellano de la segunda planta. Mi voz retumbó por toda la casa, aunque sabía de sobra que mis prisas rara vez surtían efecto en ella.
—Cálmate, Evan. Eres un desesperado, la escuela no va a salir corriendo —respondió ella con desparpajo mientras bajaba los escalones con una lentitud casi ensayada.
—No importa, ya sabes que odio la impuntualidad —repliqué. Nanami se limitó a poner los ojos en blanco ante mi comentario, pero terminó por abrir la puerta principal. Salimos al exterior y yo me apresuré a seguirle el ritmo.
El trayecto a la escuela siempre era un espectáculo para la vista, aunque ya estuviéramos acostumbrados.
Chahan no era una institución cualquiera, se alzaba majestuosa en mitad del mundo espiritual, un reino vibrante y oculto, protegido de las miradas curiosas de los humanos. Caminar por estas calles significaba cruzarse con criaturas que desafiaban la lógica de cualquier libro de texto.
Nanami, que ya tiene quince años, se movía con la confianza de quien conoce cada rincón del campus. A veces me preguntaba si mi otra hermana, Tamaky, habría sido tan relajada como ella a sus quince años, o si el peso de nuestra linaje le afectaba de otra forma.
—Bien, me voy a mi clase. ¡Nos vemos a la salida! —me despedí agitando la mano mientras emprendía una breve carrera hacia mi pabellón. Nanami ni siquiera se giró, simplemente se reunió con su grupo de amigos, ignorándome con esa superioridad que solo los hermanos mayores saben fingir.
Me detuve un momento para recuperar el aliento antes de entrar. Mi nombre es Evan y acabo de cumplir los diez años. Estudiar en Chahan es un reto constante, especialmente cuando eres "el diferente". En este lugar, ser un kitsune varón ya es algo que atrae miradas de sospecha o curiosidad, pero mis rasgos lo hacían todo más complicado.
La mayoría de los de mi especie lucen cabellos con tonos cálidos y vibrantes. En mi casa, por ejemplo, mi madre y Nanami poseen ese rubio brillante con reflejos anaranjados que parece fuego bajo el sol.
Yo, en cambio, soy un enigma visual, cabello platinado.
Asumo que es otra diferencia por nacer hombre siendo Kitsune. Aunque sé que mi padre es una criatura sobrenatural poderosa, su verdadera herencia sigue siendo un misterio para mí, un vacío en mi identidad que mi propio reflejo me recuerda cada mañana.
Por suerte, cuento con unos pocos amigos que han aprendido a mirar más allá de mi extraña apariencia y no me juzgan por romper el molde de lo que debería ser un kitsune.
—¡Ey, Maylo! —exclamé al divisarlo entre la multitud de estudiantes que abarrotaban el pasillo.
Él se giró con un gesto que me pareció de fastidio, pero no le di importancia y me acerqué con mi entusiasmo habitual.
—¿Cómo estás? —pregunté, intentando estrecharlo en un abrazo fraternal.
Maylo, sin embargo, se tensó y me apartó con un movimiento breve, casi imperceptible.
—Ehh, bien... ¿y tú? —respondió. Su voz sonaba distante y en su rostro se leía una incomodidad que no supe interpretar.
—¿Te pasa algo? —insistí, empezando a preocuparme.
Él evitó mi mirada y comenzó a observar a su alrededor con nerviosismo, marcando una distancia física entre nosotros. Me resultó extraño, Maylo es un Elfo de las llanuras de Yenovan y nos conocemos desde que tenemos memoria. Siempre lo he considerado mi mejor amigo, alguien en quien confiar ciegamente.
—No, para nada —dijo de pronto, soltando una risa que sonó forzada—. Oye, hoy tenemos el examen de Magología. ¿Qué te parece si te sientas a mi lado y me pasas algunas respuestas? —añadió, alzando las cejas con un gesto que pretendía ser divertido.
—Eso no está bien, Maylo. Deberías haber estudiado —le recriminé, sintiendo una pequeña punzada de molestia.
Él chasqueó la lengua y me dedicó una mirada cargada de desprecio.
—Ash, no me ayudes entonces. Menudo amigo resultaste ser —soltó con frialdad antes de darse la vuelta y empezar a caminar.
Me quedé congelado un segundo. Por alguna razón, la culpa se me instaló en el pecho como una piedra pesada. La idea de quedarme solo, de perder la única conexión que sentía en esos pasillos, me aterrorizó.
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Editado: 24.01.2026