Evan: La historia

CAPITULO 2

Tamaky, mi hermana mayor, bajó las escaleras a toda prisa, alertada por el estruendo que había sacudido los cimientos de la casa. Al llegar a la planta baja, se quedó paralizada ante el desastre. La pared lateral había desaparecido y, de no ser por las robustas vigas de las esquinas que aún resistían con esfuerzo, el techo se nos habría caído encima.

Se acercó a nosotros con la respiración entrecortada, buscando desesperadamente una explicación lógica para aquella carnicería arquitectónica.

—¿Pero qué ha pasado aquí? —exclamó Tamaky, alarmada, mientras sujetaba a mi madre por los hombros—. Mamá, ¿has sido tú?

—Yo no he sido... —susurró mi madre sin apartar la vista del suelo. Su rostro era un enigma imposible de descifrar, no sabía si lo que veía en ella era enfado, decepción profunda o un miedo genuino que nunca antes le había visto.

Tamaky la miró atónita y luego dirigió su atención hacia mí.

Me recorrió de pies a cabeza con la mirada hasta que sus ojos se clavaron en mi mano derecha, cuyos nudillos estaban manchados con la sangre de nuestro padre.

—¿Evan? ¿Has sido tú? —preguntó con voz trémula. Yo no pude más que agachar la cabeza y asentar en silencio—. ¡No debiste hacerlo! ¡Pídele perdón a James ahora mismo! —gritó mientras me sacudía con brusquedad.

Yo seguía mudo. Mi sangre se sentía como lava recorriendo mis venas, tenía la sensación de que, si abría la boca para articular una sola palabra, terminaría estallando de nuevo.

—¡Déjalo!

Ambos abrimos los ojos de par en par, asombrados por aquella voz. Al girarnos, vimos a papá. Caminaba a duras penas, apoyándose con pesadez en el hombro de Nanami, que lo ayudaba a avanzar entre los escombros. Las lágrimas empezaron a nublar mi vista al ver el estado de su rostro, la culpa me golpeó con la misma fuerza con la que yo lo había golpeado a él.

—Yo... yo no quise hacerlo, papá. Lo juro, yo... —mi voz se quebró y dejé de hablar al sentir su mano sobre mi cabeza.

Esperaba un golpe, un empujón o un gesto de desprecio, pero su tacto era distinto. No era la caricia gélida y obligada de otras veces, esta vez se sentía cálida, casi protectora. Más lágrimas desbordaron mis ojos mientras levantaba la vista para encontrar la suya.

Él me sonreía, una expresión extraña que solo sirvió para que el remordimiento me estrujara el pecho.

—Continúa así, hijo... —dijo con una serenidad que me dejó atónito.

¿Acaso no estaba furioso? ¿Cómo era posible que celebrara aquel ataque?

—Y no te preocupes por esto —añadió, señalando con un gesto descuidado las heridas de su cara—. En unas horas mi rostro habrá sanado.

—¿No estás molesto conmigo? —pregunté en un susurro, sintiéndome todavía abrumado por la culpa y el asombro.

—Oh, claro que estoy molesto —respondió él, recuperando esa severidad que lo caracterizaba. Me miró fijamente a los ojos mientras señalaba con autoridad hacia el segundo piso—. Por eso mismo, ahora subirás a tu habitación y estudiarás el doble de tiempo que antes. Tienes que compensar esa nota mediocre y demostrar que ese poder no es un simple accidente.

—Está bien, padre —asentí de inmediato. Me limpié el rastro de las lágrimas con la manga de la camisa y subí las escaleras corriendo, refugiándome en la soledad de mi cuarto.

Una vez allí, cerré la puerta y me quedé mirando mis manos. Me temblaban, pero ya no era de miedo.

¿De dónde había salido toda esa fuerza?

Jamás en mis diez años de vida había experimentado algo semejante. Y, aunque una parte de mí se sentía morir de vergüenza por haber lastimado a mi padre, otra parte, mucho más profunda y oscura, susurraba la verdad, se había sentido malditamente bien. Se había sentido como si, por un segundo, yo fuera el dueño del mundo.

Quería volver a sentirlo. Quería más. Quería saber hasta dónde podía llegar este poder que latía bajo mi piel.

Abajo, el silencio fue roto por la voz de James, que ya recuperaba su tono de mando habitual mientras se limpiaba un hilo de sangre de la comisura de los labios.

—Muy bien, Tamaky, cariño... ¿podrías encargarte de arreglar el desastre que ha causado tu hermano? —pidió James, dedicándole a su hija mayor una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos.

Tamaky se limitó a asentir con un breve y seco "está bien".

No parecía muy convencida, pero sabía que no era momento de discutir. Se acercó al enorme boquete y, extendiendo las manos, dejó que su magia fluyera. Poco a poco, los restos de madera y piedra comenzaron a levitar, uniéndose de nuevo para sellar la herida en la estructura de la casa, como si intentara ocultar lo que acababa de ocurrir, aunque todos supiéramos que, a partir de hoy, nada volvería a ser igual en esta familia.

James

Aquel puñetazo me dolió más de lo que estoy dispuesto a admitir. No fue solo la fuerza bruta del impacto, fue la vibración de una energía errática que no debería pertenecer a un niño de su edad.

Supongo que aquel doctor, después de todo, no mentía cuando me dio aquella advertencia hace diez años, mientras el mocoso apenas lanzaba su primer llanto.

«Si decide acabar con él, asegúrese de que esté muerto del todo o habrá cavado su propia tumba».

Ese mocoso...

Jamás he podido mirarlo y ver algo bueno en él.

No se parece a nadie en esta familia. Lo único que ha heredado de mí son esos ojos verdes, pero el resto de su ser es una aberración, un fenómeno que rompe todas las leyes de nuestra estirpe. Me repugna el simple hecho de que comparta mi techo, pero la lógica siempre ha podido más que mi desprecio.

Era de esperar, supongo. Mi linaje es un laberinto de secretos que él no comprende. Tamaky, afortunadamente, no tuvo ese problema, ella fluyó de manera natural, como un río siguiendo su cauce.

Si bien pasó por mi mente la idea de vender a Evan a los demonios cuando era apenas un bebé, comprendí pronto que las consecuencias habrían sido peores. Él es una pieza demasiado valiosa para desperdiciarla en un mercado de esclavos barato. Es un arma que todavía necesita ser afilada.




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