Evan: La historia

CAPITULO 4

Me acerqué a Maylo, quien seguía roncando plácidamente sobre la piedra. Lo sacudí un par de veces, nada. Le palmeé las mejillas con suavidad, pero solo soltó un gruñido y se dio media vuelta.

—Lamentaré esto, pero no me dejas otra opción... —susurré para mí mismo.

Tomé una bocanada de aire, llenando mis pulmones al máximo, y grité su nombre a todo pulmón. El estruendo fue tal que los pájaros de la ladera salieron volando en una desbandada frenética. Maylo, sin embargo, solo parpadeó un par de veces y se desperezó con una tranquilidad exasperante, como si lo hubiera despertado una suave brisa.

—Oh, Evan... ya estás aquí —rio entre dientes mientras se tallaba los ojos—. Joder, me quedé frito. Esto de madrugar definitivamente no es lo mío.

—Para nada —respondí con una sonrisa—. Pero agradezco que hayas hecho el esfuerzo de venir hasta aquí.

—¡Ey! Si mi mejor amigo va a morir, tengo que verlo por última vez, ¿no crees? —bromeó, aunque pude ver un brillo de tristeza en su mirada.

—No me simpatizas, Maylo —le solté, tratando de mantener el rostro serio.

—Sabes que me amas —rio de nuevo. De pronto, hizo aparecer su libreta y el bolígrafo con un hábil juego de manos—. Por cierto, no me respondiste ayer... ¿cuáles son tus flores favoritas?

—Hmmm... no tengo una favorita, pero me gustan las azucenas —dije, restándole importancia.

Maylo levantó la vista de la libreta, me miró de arriba abajo y la hizo desaparecer en el aire con un gesto seco.

—Uff, no. Son carísimas, mi presupuesto no llega a tanto. Así que te llevaré cilantro, ¿o prefieres hierbas silvestres del bosque? —preguntó frunciendo el ceño con fingida preocupación.

A pesar de la tensión que sentía en el pecho, no pude evitar soltar una carcajada. En el fondo, agradecía que fuera un idiota hasta el último segundo, eso hacía que la despedida fuera menos dolorosa.

—A veces eres un imbécil de primera —reímos juntos un momento, hasta que el silencio de la montaña se impuso de nuevo—. Bien, amigo... llegó la hora. Tengo que irme.

—Sí, lo entiendo.

Nos fundimos en un último abrazo, uno que se sintió como un punto y aparte en nuestras vidas. Me separé y comencé a adentrarme en el sendero de la montaña, sintiendo el frío de la madrugada calar en mis huesos. Pero antes de desaparecer entre los árboles, su voz me detuvo una última vez.

—¡Evan! ¡Promete que volverás con vida!

Me giré para verlo. Su mirada estaba cargada de un presentimiento oscuro, una sombra que yo también sentía acechando en el fondo de mi mente. No sabía qué me esperaba al final de este viaje, pero no podía permitir que el miedo me paralizara.

—Nos vemos en unas semanas, Maylo... —le grité de vuelta antes de internarme definitivamente en la espesura.

Me adentré en las fauces de la montaña, dejando atrás la seguridad de mi hogar. Desde que tenía memoria, mis padres me habían prohibido pisar este lugar, hablaban de seres monstruosos y hambrientos que reinaban en la espesura.

Nunca había sentido curiosidad por desafiar esa advertencia, hasta ahora. El nombre de Phoebe De le Jeu actuaba como un imán irresistible que me empujaba hacia lo desconocido.

Horas después, tras una caminata agotadora sorteando raíces y desniveles, encontré un pequeño claro donde descansar. La noche cayó de golpe, espesa y gélida. Los árboles frondosos empezaron a cobrar vida con los sonidos de las criaturas nocturnas, una sinfonía de crujidos y susurros que erizaban la piel.

De pronto, el ambiente cambió. Mis sentidos se agudizaron, mi instinto de Kitsune me gritó que ya no estaba solo. Me puse en guardia justo cuando, como un torbellino de hojas y garras, algo cayó pesadamente frente a mí.

Lo examiné con la mirada mientras él me devolvía una expresión de desprecio absoluto. Jamás había visto algo así, era una criatura desconocida y, por lo tanto, probablemente letal.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? —dijo con una voz ronca que me hizo vibrar el pecho—. Llevo cientos de años recorriendo estas montañas y jamás me había topado con un espécimen como tú.

Tenía casi mi misma estatura, pero su aspecto era salvaje. Poseía largos bigotes, vello espeso en brazos y piernas, orejas puntiagudas y unas uñas que parecían cuchillas curvas. A pesar de su ferocidad, tenía un aire que me recordaba vagamente a una marmota... o a una comadreja de pesadilla.

—¡Eso debería preguntarlo yo! —repliqué, plantando los pies con firmeza para ocultar el temor que empezaba a filtrarse en mis pensamientos.

—Mmm... Yo pregunté primero, pero está bien —respondió, encogiéndose de hombros con una arrogancia natural—. Mi nombre es Rachiki. Soy un Kamaitachi.

—Jamás había escuchado de tu raza —admití. Era la verdad, nadie sabía realmente qué habitaba este bosque, pues los pocos que habían visto algo, nunca regresaron para contarlo—. Y ahora dime... ¿qué eres tú? ¿Qué raza te dio la vida?

—Yo... soy un Kitsune —respondí, irguiendo la espalda con orgullo.

Rachiki abrió los ojos de par en par, sorprendido. Luego, para mi absoluta furia, se echó hacia atrás y estalló en una carcajada estrepitosa que resonó por toda la montaña.

—¿Un Kitsune? —repitió entre risas—. ¡No me jodas, mocoso! ¡Si tú eres un Kitsune, yo soy el Rey de los Titanes!

Me quedé mirándolo con los puños apretados, sintiendo cómo el calor de la rabia empezaba a subir por mi cuello.

—¿Un Kitsune... hombre? ¡JA! —Rachiki soltó una carcajada tan violenta que terminó perdiendo el equilibrio, cayendo al suelo mientras se sujetaba el estómago—. ¡Venga ya, chico! Un poco de seriedad, por favor. Todo el mundo sabe que los Kitsunes son una estirpe de linaje femenino.

—¡Lo digo en serio! —bramé, harto de sus burlas.

Cerré los puños y dejé que mi energía fluyera. Mis ojos estallaron en un verde incandescente que iluminó la penumbra del claro, y dos esferas de fuego fatuo, azuladas y vibrantes, se materializaron sobre mis palmas. Rachiki dejó de reír al instante. Se incorporó lentamente, con una mirada en la que la burla había sido reemplazada por una curiosidad casi científica.




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