“Sabrás que el universo mismo es un camino, muchos caminos para las almas viajeras”
Cuando el tormento de la sangre de ángel y de demonio finalmente me dio tregua, perdí el sentido. No supe cuánto tiempo estuve en la oscuridad, pero cuando abrí los ojos, el cielo yermo de la montaña había sido reemplazado por un techo de vigas de madera tallada y el aroma a incienso.
Me encontraba en una habitación pequeña, austera pero elegante, que recordaba a las celdas de un templo. Ya no sentía que mis pulmones fueran a estallar, y al mirarme las manos, comprobé con un alivio amargo que las venas negras y las marcas rúnicas habían desaparecido.
Sin embargo, la calma fue efímera. Un escalofrío me recorrió la nuca cuando me percaté de que no estaba solo, un hombre me observaba desde la esquina más oscura de la estancia, inmóvil como una estatua.
—¿Quién eres? —pregunté, incorporándome con cautela.
Él no respondió. Sus ojos permanecían fijos en mí, carentes de cualquier emoción humana. Su silencio me puso los pelos de punta.
—¿Qué hago aquí? —insistí, elevando la voz.
La falta de respuesta empezó a alimentar mi paranoia. Sentí cómo el pulso se me aceleraba y un calor familiar empezó a subir por mis brazos, mis garras brotaron instintivamente.
La incertidumbre estaba activando la sangre que corría por mis venas, y justo cuando sentía que el control se me escapaba y me disponía a abalanzarme sobre aquel tipo, el sonido de la puerta abriéndose me obligó a frenar.
—Joven zorro... veo que finalmente has regresado del mundo de los sueños. Me alegra que sigas con vida —dijo un hombre de piel morena y barba canosa, cuya presencia irradiaba una calma que contrastaba con la frialdad del otro sujeto.
—¿Dónde estoy? —pregunté, bajando de la cama con movimientos bruscos, mezclando la confusión con la rudeza defensiva que me caracterizaba.
—Te encuentras en el Templo Lingyin —respondió él con un tono pausado—. Nuestros guardias te encontraron en el umbral de la entrada principal. Al principio, temimos lo peor, no parecías tener signos vitales. Sin embargo, el médico real aseguró que tu chispa seguía encendida. Te trajimos aquí para que pudieras recuperarte bajo nuestra protección.
Me quedé helado. ¿Médico real? ¿Qué tan lejos me había llevado el efecto de la sangre?
—Mi nombre es Rice —continuó el hombre con una leve inclinación de cabeza—. Soy el consejero personal del Rey. Y tú tienes mucho que explicarnos sobre cómo un Kitsune termina al borde de la muerte con una energía tan... inusual.
—¿Cómo se llama su rey? —pregunté, rompiendo el silencio sepulcral de la habitación.
En cuanto pronuncié la palabra "rey", el hombre que me había estado vigilando desde la esquina comenzó a temblar de forma visible. No era un simple gesto de respeto, era miedo puro, una reacción visceral que me indicó de inmediato que algo andaba muy mal en este lugar.
—El... el Rey Gao —respondió Rice, y pude notar un sutil quiebre en su voz—. Él está ansioso por conocerlo, joven zorro.
—Me llamo Evan. No "joven zorro" —le corregí, clavando mi mirada en él.
—Disculpe, joven Evan —dijo él, recuperando una sonrisa cálida que ahora me parecía una máscara—. Si ya se siente mejor, por favor, acompáñeme. Su Majestad lo espera.
—Está bien —fue lo único que solté.
Salí de la habitación flanqueado por Rice y seguido de cerca por el hombre silencioso, que caminaba como si esperara un golpe en cualquier momento.
Avanzamos por los pasillos del templo, las paredes de piedra tallada eran imponentes y hermosas, pero la atmósfera era pesada, cargada de una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
Nadie decía una palabra.
Finalmente, llegamos a la estancia principal. Mis sentidos se pusieron en alerta máxima cuando lo vi. El Rey Gao no era un monarca refinado de los que aparecen en los cuentos, era un coloso de casi dos metros de altura, una montaña de músculo puro envuelta en sedas reales.
Una cicatriz profunda le cruzaba el ojo izquierdo, dándole el aspecto de un guerrero que había sobrevivido a mil batallas. Esa era una señal de peligro que mi instinto no pasó por alto.
—¿Así que tú eres el joven que encontraron muerto en la puerta de mi templo? —tronó su voz, resonando contra los pilares. Me inspeccionó de arriba abajo con una cautela depredadora.
Yo no bajé la mirada. Lo medí con la misma intensidad, sintiendo la energía de la sangre de ángel y demonio vibrar bajo mi piel.
—Así es... —respondí secamente.
La expresión de Gao cambió en un parpadeo. La calma desapareció, reemplazada por una mueca de absoluta frustración.
—¿Así es como te diriges a tu rey, mocoso? —rugió, y el aire en la sala pareció volverse más denso.
—Usted no es mi rey —repliqué. Mi voz salió más fría y cortante de lo habitual, cargada de una seguridad nueva que me recorrió el pecho—. Por lo tanto, no le debo ningún respeto.
Gao me miró con un odio flamígero. Se levantó de su trono con una lentitud amenazante, revelando su verdadera escala.
—Ven... te enseñaré mi templo —dijo Gao con una condescendencia que me revolvió el estómago.
Puso su enorme y pesada mano sobre mi cabeza, como si fuera una mascota. Mi reacción fue instintiva, le aparté el brazo de un golpe seco, ganándome una mirada fugaz de pura furia que él logró contener.
Caminamos de nuevo por los pasillos hasta desembocar en un patio inmenso. Era un espectáculo abrumador, miles de personas entrenaban bajo el sol, otras realizaban labores extenuantes y un pequeño grupo apenas lograba comer algo en las esquinas. Había algo profundamente perturbador en la disciplina de aquel lugar.
—¿Conoces a la tribu Han? —preguntó Gao, observando con orgullo a los guerreros que practicaban formas de combate.
—He escuchado hablar de ellos —respondí, analizando la situación.
Los Han eran la etnia más numerosa y poderosa del mundo conocido. Se decía que eran los elegidos del Dios Dragón, quien les otorgó el dominio sobre el fuego elemental.
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Editado: 24.01.2026