Evan: La historia

CAPITULO 7

"La vida es muy rápida, hace que la gente pase del cielo al infierno en cuestión de segundos"

~Paulo Coelho

Me encuentro en la alcoba real, sentado sobre unos cojines de seda, jugando a las cartas con Gael. Ya le he ganado cinco partidas seguidas y el tipo insiste en seguir, con una terquedad que raya en lo absurdo. Sus deseos de ganar, aunque sea una sola vez, no le permiten dar un paso atrás.

En cierta parte, me recuerda mucho a Maylo y a mí, él siempre me ganaba en todos los juegos y, a pesar de mis frustraciones, yo seguía jugando hasta que lograba arrebatarle una victoria. Cuando lo conseguía, él dejaba de jugar y lo festejaba como si fuera el logro más grande de su vida.

—Estoy empezando a creer que has estado haciendo trampa en toda la bendita partida, Evan —masculló Gael sin apartar la vista de sus cartas. Las observaba detenidamente, buscando una combinación milagrosa que pudiera bajarme los humos de una vez por todas.

—Primero que todo, yo nunca he hecho trampa en un juego —respondí con una sonrisa ladeada—. Entiendo que soy un Kitsune y que, por definición, se espera que sea un embaucador, pero yo soy un caso aparte.

Así era. Los de mi especie son conocidos por ser tramposos y por disfrutar molestando a todo el mundo, pero como ya he dicho muchas veces, yo no encajo en sus moldes. Ser un timador no está ligado a mi naturaleza.

—En segundo lugar —continué, lanzando una carta triunfal sobre la mesa—, no es mi culpa ser tan malditamente bueno y que tú seas un mal perdedor, Gael.

Él me miró con una mezcla de indignación y gracia. Le saqué la lengua de forma infantil y él, sin poder evitarlo, me regresó el gesto.

—¡Venga ya! —exclamó, arrojando sus cartas al ver que le había vuelto a ganar—. Pero ten cuidado, majestad. Que no se te suba el ego a la cabeza, ¿eh? Tal vez termines perdiéndolo todo debido a él.

Y así fue... Sus palabras, que en ese momento parecieron una simple broma entre amigos, se clavaron en el futuro como una profecía de la que no podría escapar.

Phoebe tenía razón, me dejé llevar por mi ego y terminé condenado. Maldito de por vida. Pero ahora que lo pienso, si mi destino es destruir todo a mi paso, ¿por qué no he matado a un solo habitante de la tribu Han? ¿Por qué mi sed de sangre parece calmarse cuando estoy con ellos?

—Cierra la boca y continúa jugando —le dije a Gael, cortando el hilo de mis pensamientos—. Tengo cosas que hacer y tú pareces no querer rendirte de una vez por todas. Ya ríndete y deja de lastimar a tu dignidad.

Jugaba con las cartas en mi mano con una indiferencia casi insultante, a diferencia de él, que seguía mirando sus naipes como si en ellos estuviera escrito el secreto de la inmortalidad.

—¡Lo logré! —gritó de repente, dando un brinco de felicidad.

Lo miré con la cara de pendejo que tenía en ese momento. Se veía ridículo, pero su entusiasmo era contagioso.

—Jeje, ¡prepárate para perder, Kim Evan! ¡Es tu fin! —exclamó con aire triunfal.

Se levantó de la silla con un movimiento dramático y tiró sus cartas sobre la mesa, revelando una impecable Escalera de Dioses. Era, técnicamente, la mejor jugada que un mortal podía aspirar a tener. Pero yo no soy un mortal común. Con un movimiento lento y cínico, dejé caer mis cartas sobre las suyas.

—Gané —sentencié.

Gael se quedó petrificado, mirando mi Escalera de Titanes, la única combinación capaz de aplastar a los Dioses. Le saqué la lengua mientras él procesaba que su "victoria segura" se había esfumado en un segundo.

—Mejor suerte para la próxima, Gael —me burlé con una carcajada—. Bien, si ya terminamos, me tengo que ir. Los asuntos reales no se resuelven solos.

Él me miró confundido, probablemente preguntándose cómo era posible que tuviera tanta suerte o tanta frialdad.

Yo lo ignoré, borrando la sonrisa de mi rostro mientras empezaba a recoger las cartas. El juego había terminado, y la corona en mi cabeza volvía a pesar como si estuviera hecha de plomo.

—¿Asuntos reales? El rey no se encarga de eso —soltó Gael. Dejé las cartas de lado y lo miré con el ceño fruncido, totalmente descolocado.

—¿A qué te refieres? El rey siempre se encarga de los asuntos reales —le repliqué—. Se supone que es quien toma las decisiones que harán que su pueblo siga en pie o caiga.

Él se echó a reír con una naturalidad que me irritó, así que le propiné un golpe en el hombro para que se pusiera serio.

—De hecho, aquí no es necesario eso —explicó, frotándose el brazo—. La tribu Han, a pesar de haber sido sumisa ante un rey como Gao, es muy responsable y sabe cuidarse sola. Por lo cual, Rise es quien se encarga de todo eso. Y por "todo eso" me refiero al comercio y a dar algunas órdenes administrativas.

No sé qué me dejó más descolocado, si lo que acababa de decir o la tranquilidad con la que admitía que yo era básicamente un adorno. Joder, y yo que pensé que iba a terminar matándome la cabeza tomando decisiones diplomáticas o estrategias de guerra.

—Vale... ¿entonces qué se supone que haré si no tengo que hacer papeleo y todas esas cosas que hace un rey? —pregunté, esperando que la respuesta fuera "entrenar para luchar" o algo similar.

—Nada —respondió Gael encogiéndose de hombros.

Lo miré asombrado y él volvió a estallar en carcajadas al ver mi cara.

—¡Venga ya! ¿De qué te ríes? No quiero terminar como un rey flojo que solo sabe comer, dormir y joder.

Nos quedamos mirando el uno al otro por un segundo y ambos terminamos riendo a carcajadas al imaginarme a mí mismo convertido en un monarca gordo y perezoso, rodeado de lujos y sin mover un dedo. Pero la risa se me pasó rápido. La inactividad siempre ha sido mi peor enemiga.

—Bien, tú quédate aquí si quieres, pero yo iré a explorar un rato —sentencié, levantándome—. No puedo estar encerrado entre estas cuatro paredes por siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.