Evan: La historia

CAPITULO 9

—¡Gente mía! ¡De hoy en adelante el reino de las hadas estará aliado con el reino del Norte! ¡Los años de sufrimiento y guerra han terminado!

Ante sus palabras, todas las hadas hicieron desaparecer sus arcos de energía en un destello de luz. Gritaron de alegría, celebrando con cánticos celestiales mientras se abrazaban entre sí. Ver su felicidad me dio un motivo más para seguir adelante. Un reino más y la paz será definitiva...

—Bien por ahora. Si es posible, quisiera que viniera a mi reino a conocer a la emperatriz del reino del Oeste —ella asintió y se acercó al líder de sus tropas. Le susurró algo que no logré escuchar y las tropas se marcharon en formación perfecta.

Seguido, ella se acercó a mí para marcharnos.

—Bien, creo que lo mejor es caminar desde ya, el camino es un poco largo —dije, empezando a caminar hacia el sendero. Pero ella no me siguió, solo se quedó riendo en su lugar—. Ehhh, ¿vienes?

—No, yo usaré estas —rio con picardía y señaló sus alas.

Y antes de que pudiera protestar o decir algo más, emprendió el vuelo con una agilidad asombrosa, perdiéndose entre las nubes y dejándome a mi suerte en medio del bosque.

—Vaya... a caminar entonces... —refunfuñé pateando una piedra. Me quedé un momento pensativo—. Espera... ¿y si intento teletransportarme?

Sabía que los Kitsune tienen la habilidad de teletransportarse, pero nunca había tenido la oportunidad de practicarlo en serio. Mi madre y mis hermanas siempre habían estado demasiado ocupadas para enseñarme los trucos del oficio.

—Concéntrate... —susurré para mí mismo.

Cerré los ojos con fuerza, canalicé toda mi energía —esa mezcla caótica de ángel, demonio y zorro— e imaginé con cada fibra de mi ser el lugar al que quería llegar, el punto más alto de la cordillera.

Al abrir los ojos, un cosquilleo eléctrico recorrió mi cuerpo y el paisaje cambió en un parpadeo. Me encontré en la punta de la montaña. El lugar era extrañamente parecido al claro desolado donde vivía la bruja Phoebe, pero con una diferencia vital, aquí la naturaleza reinaba en todo su esplendor, vibrando con una vida que parecía darme la bienvenida.

Caminé unos pasos, tratando de reconocer el terreno. El aire aquí arriba era tan delgado que quemaba un poco al respirar, pero la vista era impresionante.

Sin embargo, mi atención se desvió rápidamente hacia algo imposible, tres espadas gigantescas, del tamaño de robles jóvenes, estaban incrustadas en medio de una roca maciza. Eran demasiado grandes para cualquier criatura sobrenatural común, pero demasiado pequeñas para pertenecer a un ogro.

—¿Serán de un Titán?... —murmuré para mí mismo, estirando la mano para tocar el metal frío.

—Bienvenido... —Escuché una voz a mis espaldas y di un salto, girando sobre mis talones.

Delante de mí se encontraba un hombre de pelo negro y largo, recogido de forma sencilla. Vestía un kimono tradicional y llevaba una espada envainada al costado, su postura gritaba que era un maestro espadachín.

—Te demoraste demasiado, Evan.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté, sintiendo un escalofrío. Apreté el mango de mi espada disimuladamente, pero el gesto no sirvió de nada ante sus ojos expertos.

—Mi nombre es Gon. Tranquilo, no te haremos daño —dijo, y me sonrió de una manera tan cálida que, casi sin darme cuenta, solté la tensión de mi mano sobre el arma.

—¿Por qué hablas en plural? —Él rió un poco y señaló un punto detrás de mí.

Volteé y vi a dos hombres más que no estaban allí hace un segundo. A diferencia de Gon, estos portaban armaduras ligeras de combate que brillaban bajo el sol de la altura.

—¿Quiénes son ustedes? —Gon se posicionó al lado de los otros dos y ellos procedieron a quitarse los cascos.

—Nosotros somos los Espadachines de la Montaña. Te hemos estado esperando —dijo el hombre de la derecha—. Mi nombre es Iron.

—Y yo soy Hiro —añadió el de al lado—. Te hemos estado observando, Kim Evan.

Por alguna extraña razón, sus nombres me sonaban de algún lado, como un eco de historias que mi madre solía contar entre susurros, pero no lograba recordarlas con claridad.

—¿Ustedes me trajeron aquí? —Ellos se miraron entre sí y sonrieron. Sospechoso...

—No, Evan... Tú viniste por tu propia cuenta a este lugar —respondió Gon. Yo juraría que mi intención al teletransportarme era aparecer en el templo, no en este pico desolado.

—Yo... ¿qué quieren de mí? —pregunté, sintiéndome vulnerable entre estos tres guerreros que emanaban una presión asombrosa.

—Queremos que te unas a nosotros... —dijo Gon, extendiendo su mano hacia mí.

—¿Para qué quieren que me una a ustedes? No soy un espadachín —repliqué. Iron se dio una palmada en la frente y soltó una carcajada sonora.

—Los Espadachines de la Montaña nos encargamos de proteger a aquellos que no se pueden proteger solos —explicó Iron—. En su mayoría, protegemos a los humanos de los ataques de las criaturas sobrenaturales que siguieron el camino del mal.

Eso sonaba genial, era justo lo que yo quería lograr, pero la duda seguía ahí.

—Como ya les dije, no soy un espadachín. Hace muy poco que empecé a usar la espada.

Hiro suspiró y Gon volvió a reírse. Definitivamente, Gon era el más risueño del grupo.

—No necesitas ningún entrenamiento previo de ese tipo —aclaró Gon—. Al obtener la espada de Kagu, ella te eligió como su nuevo portador. Tu poder ya está ligado al de la hoja. La espada te enseñará, y nosotros te guiaremos.

Tenía sentido. Kagu me había dicho algo similar antes de desaparecer en su forma espiritual. Miré la mano extendida de Gon y luego a los otros dos. Esta era la pieza que faltaba para asegurar que mi reinado no fuera solo de guerra, sino de justicia.

—Yo... acepto —dije sin dudarlo más—. Formaré parte de los Espadachines de la Montaña.

—Nos alegra que hayas aceptado, Evan. Ahora debes irte —dijo Hiro de repente. Su tono ya no era el de un maestro acogedor, sino el de un guerrero en alerta roja.




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