“La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. El hombre es el propio creador de su cielo y de su infierno y no existen más demonios que los susurros de su propio ego”
—Felicidades, Evan... —Se acerca a mí muy despacio y empieza a aplaudir con una parsimonia que me revuelve el estómago—. Has dejado de lado aquello que te hace débil... Finalmente te has convertido en un hombre.
—¿Qué?... —logré articular, mi voz apenas un susurro cargado de horror e incredulidad.
—¿Sabes? Estaba dudando en que lo fueras a hacer. A diferencia de tus hermanas, siempre has sido muy sentimental y eso te hace débil —soltó él con una naturalidad que me revolvió las entrañas.
¿Qué mierda estaba diciendo? ¿Acaso se refería a la masacre que acababa de ocurrir? ¿Al hecho de que tuve que hundir mi acero en la carne de mi propia sangre?
—¿Por qué no te importa lo que acabo de hacer? ¿Por qué me felicitas? ¡¿Es que acaso no tienes sentimientos?! —le grité desde el suelo. Mis rodillas seguían hundidas en la sangre de mi madre, y mis gritos se mezclaban con el retumbar de los truenos que sacudían la casa.
—Pero qué cosas dices... Es mi familia la que está allí. Claro que me importa, Evan... —James caminó un paso más, y la luz de un relámpago iluminó la sonrisa de su rostro, una expresión que hacía que el viento se llevara sus palabras como cenizas—. Claro que me importan. Las amo. Pero en estos momentos ya están muertas... y ahora me importan un comino.
Abrí los ojos, asombrado por la frialdad de sus palabras. Sentí un vacío en el estómago al preguntarme con qué clase de monstruo había vivido bajo el mismo techo durante diecisiete años. No era un hombre, era un vacío andante.
—¿De qué hablas, papá? ¡Era tu esposa! ¡Eran tus hijas! ¡¿Cómo mierda puedes decir que no te importa?! —Mi voz se quebró, pero no de tristeza, sino de un asco profundo.
La sonrisa socarrona en su rostro creció aún más. En sus ojos, que antes creía humanos, ahora solo podía ver una locura líquida, una oscuridad que lo devoraba por dentro.
—¡Ellas no me importan! Soy un hueso duro de roer, no moriré tan fácilmente. ¡Puedo tener cuantas mujeres se me den las ganas y tener tantos hijos como yo quiera! —exclamó, extendiendo los brazos como si estuviera dando un discurso de victoria.
Se echó a reír a carcajadas, una risa de psicópata que resonó contra las paredes manchadas de sangre.
Con cada segundo de su risa, el peso de mi tristeza empezó a transmutar. El llanto se detuvo.
El dolor por mi madre se guardó en un rincón frío de mi mente, y en su lugar, un enojo volcánico empezó a subirme por la garganta.
—¡Esta es una de las mejores ideas que he tenido en mi vida! ¡Sí! Este es solo el comienzo —James se paseaba entre los cuerpos, poseído por su faceta de científico loco. Empezó a susurrar cosas para sí mismo, cálculos y teorías macabras, mientras yo mantenía la mirada clavada en el suelo, luchando una batalla interna por no perder la cabeza.
—¡Oye! ¿Me estás escuchando? Hijo, es de mala educación no responder cuando tu padre te hace una pregunta —dijo, y soltó otra carcajada que cortó el aire como un látigo.
Sentí mis propias garras traspasar la carne de mis palmas, la sangre caliente goteaba de mis puños cerrados. Mis colmillos crecieron hasta lastimarme el labio inferior.
—¿Eh? ¿Estás molesto, Evan? —rio él, disfrutando de mi agonía.
"Molesto" le quedaba corto a lo que sentía en este momento. Era una combustión interna, un odio que trascendía lo humano.
—Deberías agradecerme... —continuó, regodeándose en su locura—. ¡Yo he sacado tu máximo potencial! ¡Yo te hice matar a tu familia solo para hacerte fuerte! ¡Yo corrompí a tu mejor amigo y lo hice caer en la oscuridad! Yo te convertí en un ase...
No lo dejé terminar. No podía permitir que esa boca siguiera profanando el aire.
Con un estallido de velocidad que hizo crujir el suelo bajo mis pies, me lancé hacia él. Estrellé mi puño en su rostro con la misma rabia de hace siete años, pero multiplicada por el poder de un soberano.
El impacto sonó como un trueno dentro de la casa y lo mandé a volar, atravesando la pared de madera y lanzándolo lejos, hacia el jardín empapado por la lluvia.
Mi respiración era entrecortada, un jadeo animal que buscaba oxígeno entre tanto humo y muerte. La rabia me carcomía las entrañas y sentía que mi sangre ardía como lava fundida recorriéndome las venas.
Maté a mi propia familia por un capricho suyo... Maté a las únicas personas que me amaban y me entendían por un experimento enfermo.
Y para colmo, mientras yo buscaba alianzas para proteger a los demás, él se había aprovechado de la lealtad de Maylo para destruirlo también.
—¡Levántate! —rugí, saltando por el agujero de la pared hacia la tormenta—. ¡Levántate y pelea, maldito cobarde! ¡Porque juro que hoy no quedará nada de ti para enterrar!
James estaba tirado entre el lodo, pero se incorporó lentamente, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios. En lugar de miedo, sus ojos brillaban con una excitación enfermiza.
—Eso es, Evan... —susurró entre dientes—. Muéstrame al monstruo que creé.
—¡Vaya! Eso dolió. Supongo que ya te encontraste con Maylo, ¿viste a esa sombra que lloraba? —soltó James, soltando una carcajada mientras se limpiaba el lodo de la cara.
Mis oídos pitaron.
¿Maylo era esa sombra?
¿Ese ser que lloraba lágrimas de brea era mi mejor amigo?
La rabia, que ya era incontrolable, se convirtió en un motor de destrucción puro. Me lancé sobre él como un rayo. No le di tiempo a reaccionar, ni a defenderse, ni a respirar.
Mis puños impactaron en su rostro, en su estómago, en sus costillas.
Una y otra vez. El sonido de los huesos rompiéndose se mezclaba con el de la lluvia golpeando el suelo. Continué golpeándolo repetidamente, descargando cada gramo de mi miseria sobre su cuerpo, hasta que me detuve, jadeando.
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Editado: 24.01.2026