"Nada de lo que el hombre ha sido, eso o será, lo ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre, sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejara de serlo"
-Mario Vargas Llosa
Desde que partí y me alejé de aquellos que alguna vez consideré mi familia, he estado viajando de ciudad en ciudad. Pero no importa cuánto corra, las sombras me encuentran. A donde voy, el vacío me atormenta y termino destruyendo todo a mi alrededor, como si el caos fuera el único lenguaje que mi cuerpo sabe hablar.
Han pasado milenios. Desde aquel día en que vi a Rachiki deshacerse en cenizas bajo mis manos, las pesadillas se convirtieron en mi única compañía. No puedo dormir bien. En el umbral del sueño, mis padres aparecen, James con su sonrisa de orgullo macabro y mi madre con los ojos vacíos que yo mismo le causé. Siento que las almas de todas aquellas personas que mi padre destruyó están agazapadas entre las sombras de mi habitación, esperando a que baje la guardia para arrastrarme al vacío junto con ellos.
Ya han pasado más de nueve mil años. El tiempo es una tortura para alguien que no puede morir. En este largo invierno de mi existencia, me he convertido finalmente en un Kyubi no Kitsune. Mis nueve colas ondean a mi espalda, pesadas y majestuosas, cargadas con el conocimiento y el dolor de los siglos. Ser un Kyubi tiene sus ventajas, mi poder ahora es inconmensurable, puedo forjar pactos con casi cualquier ser existente y mi magia dobla la realidad a mi antojo. Pero el precio es devastador.
Cuando pierdo el control debido a las pesadillas, la transformación me consume. En todos estos milenios, he arrasado aldeas enteras en estados de trance. Debido a mis huellas de destrucción, los humanos han creado mitos sobre nosotros, los kitsune, algunos dicen que somos protectores, otros que somos demonios engañosos. Ambos tienen razón.
Ahora me encuentro en Japón. Es el único lugar donde mi presencia no se siente como un error absoluto de la naturaleza. Aquí, el aire está impregnado de lo sagrado y lo profano, residen la mayoría de las bestias celestiales, todo tipo de demonios y seres que aún respiran magia. En estas tierras se encuentra la puerta hacia el Mundo Espiritual, un reino al que solo unos pocos pueden acceder.
Me quedé escondido en el corazón del bosque. Con los milenios, me acostumbré tanto a la penumbra de los árboles que el cielo abierto me resultaba casi ofensivo, a donde quiera que voy, busco el refugio de las raíces y el musgo. Casualmente, encontré una cueva de una belleza irreal. Sus paredes están salpicadas de cristales Petralux que emiten un pulso constante de luz azulada, mezclándose con el aroma de las flores silvestres que crecen cerca de la entrada.
Cada vez que miro esos cristales, el recuerdo de mi coronación me golpea como una maza. Veo a Gael, veo a Aluca... siento el peso de la corona que abandoné por miedo a mí mismo.
Pero un día, mientras meditaba para contener a Titán, la neblina del bosque se abrió para dejar paso a una mujer anciana. Al verla, mis sentidos de Kyubi se pusieron alerta, no era humana. Ella también era un Kitsune. Sus ojos, aunque cansados por los siglos, guardaban una chispa de poder que me hizo inclinar la cabeza instintivamente.
Me preguntó, sin preámbulos, si era yo quien portaba esa aura tan oscura que había arrastrado hasta su bosque. Me explicó que tuvo que extender una barrera purificadora alrededor de su hogar, pues mi oscuridad —ese rastro de azufre y muerte que James dejó en mi ADN— estaba impregnando el templo en el que vivía.
Ahora entendía por qué me sentía tan bien estando aquí. No era la cueva, ni los cristales, era su magia, una red de paz que mantenía a raya a mis demonios sin que yo me diera cuenta.
—Me llamo Nozomi —dijo, apoyándose en un bastón de madera de cerezo—. Y he visto a muchos de los nuestros perderse en el vacío, pero tú... tú cargas con el peso de mundos enteros, pequeño zorro.
Me quedé en silencio, avergonzado por haber contaminado su santuario con mi presencia. Sin embargo, ella no mostró ira. Se acercó y, con una mano arrugada pero firme, tocó mi frente.
—No importa lo que haya pasado. El tiempo ha sido cruel contigo, pero el destino no ha terminado de jugar sus cartas. Todo mejorará en el futuro, siempre y cuando dejes de mirar las cenizas que dejas atrás y empieces a mirar el camino que tienes delante.
Sus palabras fueron como agua fresca sobre una quemadura. Por primera vez en nueve mil años, los susurros de Titán se silenciaron por completo.
La mujer me dedicó una última sonrisa, una que cargaba con el peso de siglos de sabiduría y una pizca de alivio. De pronto, entre la oscuridad que siempre me rodeaba, brotó una luz dorada, tan intensa y cálida que me obligó a entrecerrar los ojos.
—¡Nana! —La voz de una niña, clara y vibrante como una campana de plata, cubrió todo el espacio.
Me quedé paralizado. ¿Cómo podía una niña estar en medio de esta negrura? ¿Cómo podía existir algo tan frágil y puro en el radio de mi propia aura corrupta? Lo más desconcertante no era su presencia física, sino la energía que despedía, era un aura de oro puro, sin una sola mancha de odio o dolor. Era lo opuesto a mí.
Nozomi suspiró con suavidad, como si ese llamado fuera la señal que había estado esperando.
—Me tengo que ir —dijo, volviéndose hacia la luz—. Espero que disfrutes tu estancia por aquí, Evan. No me queda mucho tiempo de vida, así que te encargo cuidar de este bosque. Tú tienes la fuerza que a estos árboles les falta.
Su confesión me golpeó el pecho. ¿Cuidar el bosque? ¿Yo, el destructor de aldeas?
—Y si algún día decides salir de aquí —continuó ella con un guiño travieso—, llega al templo. Te va a gustar lo que encontrarás.
Me quedé solo, mirando el lugar donde habían desaparecido. Por primera vez en nueve mil años, no sentí el impulso de huir. Sentí una responsabilidad.
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Editado: 24.01.2026