—Pss —dijo alguien haciéndome saltar ante aquel ruido.
Miré la dirección del sonido y me llevé las manos al pecho mientras soltaba el aire que había contenido, solo era un niño. Debía ser el hijo de alguna sirvienta. Parecía tener unos seis o siete años, tenía cabellos castaños claros y unos ojos cafés llenos de profundidad, que me miraban con inmensa curiosidad.
—Señorita, ¿también vino a esconderse de su mamá? —inquirió con aquella voz infantil.
—Sí, pero no se lo digas a nadie —respondí con una sonrisa triste.
El niño me observó por un instante en silencio, parecía estar analizándome.
—Está bien, no le diré a nadie —respondió con un asentimiento de la cabeza—. A cambio, me ayudará con mis tareas —añadió con una mirada llena de astucia.
Me quedé sin palabras, me dejaba asombrada la forma de negociar de aquel niño. Podía haber esperado muchas respuestas suyas, pero nunca esa. No había pensado que quisiera hacer un trato al confesarme ante él.
—Te ayudaré, pero dejo en claro que no lo hago por la amenaza —cedí con tono serio, pero con un deje de broma, aunque el niño pareció tomarse mis palabras en serio, porque su rostro se volvió una máscara de seriedad al tiempo que asentía con solemnidad.
El niño (que se llamaba Gregory), y yo, nos sentamos en el suelo de esa habitación, en la zona dónde mejor llegaba la luz. Las tareas no eran tan difíciles, pero según Gregory, su profesor no tenía paciencia para explicarles más de una vez el contenido y las dudas se iban acumulando. Él se encontraba en aquella habitación debido a que su madre estaba enojada porque no había hecho sus tareas, aunque no lo culpaba, sin un maestro que les pudiese enseñar correctamente era imposible aprender.
Cuando terminamos, el Sol llevaba un rato afuera, aunque aún era bastante temprano. Me preguntaba si Anne se asustaría al no encontrarme en la habitación, me había entretenido tanto que había olvidado por completo lo temprano que asistía a mi habitación.
Salí de la estancia junto al pequeño que, después de darme las gracias con una enorme sonrisa, se marchó en busca de su madre. Yo tomé la dirección contraria para dirigirme hacia el comedor, estaba bastante hambrienta.
Por el camino encontré al señor Albert, quien al verme se acercó a mí a toda prisa y al estar frente a mí me examinó de arriba a abajo con una mirada llena de preocupación.
—¿Está bien? —inquirió con un tono entre el alivio y la desesperación.
¿Realmente estaba preocupado por mí? Su mirada parecía llena de aquel sentimiento y yo quería que verdaderamente fuese así, mi corazón anhelaba la preocupación de alguien.
«Nunca nadie se preocupará por ti, cara de cenizas», dijo una vez una de mis hermanastras.
Tenía razón, no debía hacerme ilusiones, todos los que me cuidaban ahora lo hacían por compasión. Desde el príncipe hasta Albert, todos solo sentían compasión por la pobre huérfana que lo había perdido todo, pero nadie podría preocuparse genuinamente por mí.
—Sí, estoy perfectamente bien, señor Albert —respondí con un asentimiento de la cabeza—. Me levanté temprano y quise dar un paseo.
—Podía haber avisado —contestó el señor Albert, parecía que el alivio daba paso al enojo—. Estaba muy preocupado por usted. Pensé que le había pasado algo.
Mi corazón quería bailar con aquella regañina, podía notar como comenzaba a hincharse de felicidad. Él quería creer que realmente era algo más allá de su deber, pero mi mente sabía que no, no era posible.
—Tranquilo, no le diré nada a Lord White —respondí para tranquilizarlo.
—¡Me importa bien poco si se lo dice o no! ¡Lo que me interesa es que esté a salvo! —exclamó dejándome sorprendida.
Mi corazón latió a toda prisa al escuchar esas palabras, nunca las habría esperado. Le daban un tanto de esperanza a mi ya dañado corazón y era peligroso, no debía ilusionarme.
—Perdoneme si me exalté —respondió con más calma en su voz, aunque en su expresión aún quedaban vestigios de su anterior alteración—. Vayamos a desayunar —añadió ofreciéndome su brazo, el cual tomé.
Comenzamos la marcha hacia el comedor en silencio, aún no podía creer lo que había pasado hacía apenas unos instantes. La actitud del señor Albert, su preocupación hacia mí, todo aquello era genuino y por alguna razón eso me hacía feliz. Quería sonreír e incluso me atreví a mostrar una sonrisa comedida.
«¡Alguien se preocupaba por mí!», no podía casi creerlo.
—¿Qué la tiene tan sonriente? —inquirió Albert mirándome con curiosidad. Por instinto dejé de sonreír.
—Nada —respondí rápidamente mientras negaba con la cabeza una y otra vez.
Está vez quien sonrió fue el señor Albert: —. Pues espero que ese "nada" te haga sonreír más a menudo. Tienes una sonrisa hermosa.
«No sonrías, no sonrías, no sonrías», sonreír ante lo que acababa de decir sería muy vergonzoso. Posiblemente le estaría confesando el motivo de mi sonrisa y aún así mis labios se elevaron mientras observaba el suelo, porque no podría mirarlo a los ojos.
Al llegar al comedor, ya se encontraba el desayuno listo. Uno de los sirvientes abrió una silla para mí, mientras otro lo hacía para Albert. Me preguntaba como se sentirían los criados al servir a Albert, que era solo un rango mayor que ellos. Examiné sus rostros en busca de algún gesto que indicara sus sentimientos, pero a simple vista no parecía molestarles, y esperaba que así fuera. No quería discriminar a nadie, pero el señor Albert me daba mucha seguridad y a su lado estaba protegida. Tal vez cuando Lord White regresara a su hogar las cosas cambiarían, pero mientras estuviera lejos, me gustaba comer con él a mi lado.
—Señorita, permítame —dijo una sirvienta acercándose a mí para servir el té.
Junto a ella apareció Gregory con una bandeja de galletas. Al verme abrió los ojos como plato e inclinó la cabeza hacia adelante mientras sus mejillas se tornaban rojas.