Entregué los exámenes a los alumnos mientras algunos celebraban, otros abrían los ojos como platos y algunos otros se encogían de hombros. Era el primer examen que calificaba y estaba más nerviosa que los propios estudiantes. Era la primera prueba de fuego para saber si era buena enseñándoles. Debía decir que estaba muy contenta con la mayoría de los resultados, aunque había algunos estudiantes muy poco aplicados que habían dejado sus hojas en blanco o habían inventado las soluciones.
—Esta nota es injusta, maestra —protestó un estudiante, era uno de los que menos prestaba atención.
—Brandon, las notas fueran dadas según el desempeño de cada uno en el examen —expuse intentando ser autoritaria, no era lo mío, pero no debía permitir que un niño se fuese por encima de mí como maestra—. Si ves un examen de un estudiante que aprobó, notarás todos tus errores.
—Esto no se quedará así —amenazó el niño ofreciéndome una mirada llena de odio y desafío.
Me quedé pasmada al escuchar aquello y ver su rostro. ¿Cómo un niño de diez años podía hacer esas amenazas?
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En la tarde despedí a los niños, limpié el aula y finalmente me senté en mi silla para repasar las próximas clases que tenía planeada, pues debía esperar a que el carruaje de Lord White pasara a recogerme, ya que el señor Albert tenía asuntos que resolver en la mansión. Comprendía perfectamente que no pudiese estar todo el tiempo conmigo, debía acostumbrarme a salir sola, ya llevaba una semana asistiendo a la escuela y el señor Albert tenía asuntos administrativos que atender en las tierras de Lord White.
De repente la puerta se abrió como un vendaval, haciendo que la pobre crujiera. Una mujer de unos veinte o treinta años entró al aula. Sus ojos verdes destilaban odio y altanería, aunque su ropa desgastada no combinaba con su mentón alto.
—¿Es usted la profesora Evangeline? —inquirió la mujer al estar frente a mí.
La misma me miró de arriba a abajo con gesto despectivo.
—Así es —respondí poniéndome en pie— ¿En qué puedo ayud...
—¡¿Cómo se atreve a darle una mala calificación a mi hijo?! —exclamó la mujer dando un golpe en la mesa que me hizo pegar un brinco hacia atrás.
Por un instante no encontré mi voz, mi cuerdas vocales parecían haber sido cortadas.
—Yo... —intenté hablar.
—Escucheme bien, profesorucha —acusó aquella mujer señalándome con su dedo índice—. No es nadie para poner una mala nota a mi hijo. Usted no sabe ni siquiera dar buenas clases. Que sea la primera y última vez que esto sucede —añadió antes de marcharse con toda su dignidad.
«No eres nadie»
Caí en mi silla con esas palabras grabadas en mi mente, no era nadie, nunca lo había sido, ni para mi padre, ni para mi madrastra, ni para el príncipe. Solo era un alma que se parecía una hoja movida por el viento. Mis ojos comenzaron a escoser.
Miré el aula totalmente vacía y de repente perdí el aire, se fue como aquel día en que aquel hombre había apretado mi cuello hasta casi dejarme sin aliento. Me levanté de mi silla con premura, volví a mirar a mi alrededor y salí de allí corriendo en una dirección desconocida para mí.
No sabía a dónde dirigía el sendero por el que corría, solo sabía que me alejaba de la escuela y para mí aquello era suficiente.
De repente un rayo irrumpió en el cielo y el retumbar de un trueno lo siguió. Aquello estremeció mi corazón, me detuve mientras mi cuerpo temblaba y me encogí en el suelo. Otro trueno siguió al primero, está vez más fuerte, más violento, más aterrador.
Las gotas de lluvia no tardaron en golpear mi espalda mientras los truenos y rayos azotaban el cielo. De repente otro ruido interrumpió mi encogimiento, se trataba de caballos. Levanté la cabeza lentamente y miré con horror como un carruaje se dirigía hacia mí. Me quedé paralizada, el carruaje estaba demasiado cerca, no sabía qué hacer, no podría esquivarlo.
Antes de que este me golpeara, el cochero me dedicó una mirada de horror y detuvo los caballos, quienes obedecieron soltando un protesta. Sus patas quedaron a pocos centímetros de mi rostro.
Con el miedo y el alivio mezclados en mi interior me puse en pie para alejarme de los caballos. Mi respiración era agitada como si hubiera corrido miles de millas.
El cochero se bajó de su asiento y se dirigió hacia mí.
—¡¿Se encuentra bien?! —inquirió en medio de la espesa lluvia que nos había rodeado.
—¡Sí! —contesté con un asentimiento de la cabeza.
Gracias a Dios solo había sido un susto.
La puerta del carruaje se entreabrió y una voz femenina preguntó qué sucedía. El cochero se acercó a la puerta y le explicó lo acontecido.
—Oh, por favor, sube —indicó la voz hacia mí, su voz era joven, pero bastante autoritaria.
—No quisiera ensuciar su carruaje —respondí, estaba toda mojada y comenzaba a sentir el frío de la lluvia.
—Tonterías, suba de una vez —exigió la dama nuevamente y ante su exigencia no me pude negar.
Además, me encontraba en medio de la nada, no sabría cómo salir de allí sin ayuda de alguien y dudaba que con aquella lluvia pasase alguna persona, además de ellos.
En el carruaje me encontré con una dama, debía tener mi edad o tal vez menos. Sus cabellos, por la claridad se podían ver que eran rojizos, pero sus ojos no podía distinguirlo.
—Gracias por recogerme —respondí cuando tomé asiento frente a ella—. Mi nombre es R...Evangeline, Evangeline Suans —Aun me costaba olvidar mi antiguo nombre aunque me había repetido ciento de veces frente al espejo que mi nombre era Evangeline.
—Es un placer, Señorita Suans. Mi nombre es Elizabeth Bringley, soy hija de sir Binglay —se presentó la dama. Era obvio que para tener un carruaje como aquel debía ser una hija o esposa de un hombre con una buena renta— ¿Es usted la invitada de Lord White? —añadió la dama y abrí los ojos como platos.
—¿Có... Cómo sabe usted eso? —inquirí corrigiendo mi voz, la cual salió débil.