Evangeline

Capítulo 5

Me levanté un poco más tarde de lo habitual, debido a que el señor Albert se había pasado media tarde-noche asegurándose que estuviera bien, incluso había llamado al doctor para que me revisara. También me había demorado en dormirme porque aún estaba alterada por lo que había sudedido. Miré mi habitación desde mi cama mientras el sol mañanero se filtraba por la ventana, era muy extraño que Anne no hubiese llegado aún.

Cómo si mis pensamientos la hubieran llamado, la puerta se abrió y la figura de Anne se coló en la estancia lentamente. Su mirada se posó en mí con asombro, aunque este fue sustituido rápidamente por angustia.

—¿Qué sucede, Anne? —inquirí con rapidez.

Anne guardó un minuto de silencio por un segundo, que me pareció eterno, antes de responder. Mi corazón se agitó dentro de mi pecho, ansioso por saber la noticia.

—Se trata del señor Albert —confesó mi doncella y la expectación fue sustituida por la angustia—, él... se encuentra muy mal.

—¿Qué le sucede? —inquirí levantándome de la cama a toda prisa.

—Tiene mucha fiebre. Solo habla incoherencias —respondió Anne.

Aquello era mi culpa. Me había comportado como una niña asustada y por mi arrebato del día anterior se había preocupado por mí. Aún recordaba lo mojado que había regresado, con la ropa y el cabello chorreantes.

No esperé más, no había tiempo, me coloqué un abrigo sobre la ropa de dormir y salí corriendo junto a Anne, que me guiaba. Recorrimos el camino por varios corredores a los que no presté nada de atención hasta finalmente llegar a una de las habitaciones del ala oeste de la casa, era una zona en la que nunca antes había estado.

Toqué a la puerta enseguida y el señor Wittles abrió, en su rostro también había una gran preocupación. Al verme su mirada se dirigió al suelo, aunque tenía el abrigo bien abrochado y mi ropa no era para nada reveladora.

—¿Puedo pasar? —inquirí y el señor Wittles se hizo a un lado.

Al entrar en la habitación me encontré con el señor Albert tendido en la cama con su frente perlada por sudor, incluso partes de su camisa estaban pegadas a su cuerpo, principalmente en los brazos. Además, balbuceaba palabras que no tenía coherencia ni conexión.

Verlo así fue como un disparo muy doloroso. Aquello era mi culpa. No era lo suficientemente buena, ni valiente, ni capaz de nada. Lo mejor hubiera sido que nunca hubiera aceptado la ayuda de Lord White. A donde quiera que iba solo proporcionaba problemas.

—Lo encontramos en el salón desmayado —dijo el señor Wittles mientras yo me acercaba a la cama del señor Albert para tocar su frente que estaba muy caliente y él temblaba—. Creímos pertinente traerlo a una de las habitaciones de invitados y no a su habitación en el ático.

—Hizo muy bien, señor Wittles —respondí dirigiéndole una mirada—. Por favor necesito su ayuda para varias diligencias.

—Lo que necesite, señorita —respondió de forma servicial.

Miré nuevamente al señor Albert que había dicho una nueva palabra incoherente, antes de dirigirme nuevamente a su ayudante que esperaba por mis instrucciones.

—Por favor, pide al cochero que vaya por el médico, y si es posible, que alguien vaya a la escuela, envíelo para que le informe al director las causas de mi ausencia hoy. —Me asombré de mis propias órdenes, que tenían tanta firmeza, porque mi interior no poseía esa fortaleza. El señor Wittles asintió antes de salir de la habitación a toda prisa—. Anne, necesito que traigas una cubeta con agua fría —añadí hacia ella que aún aguardaba en la puerta.

Asintió y también se marchó.

Cuando me quedé a solas con él, tomé una silla para sentarme a su lado. Lucía tan indefenso y parecía incómodo. Sin poder evitarlo tomé su mano, estaba bastante sudada, pero no me importó. El desasosiego me invadió al pensar que algo malo le pudiera suceder. Había visto personas morir por fiebres demasiado altas, mi padre había muerto así, no quería que le sucediera lo mismo al señor Albert.

Mientras esperaba por Anne comencé a orar con toda la fe que tenía, el Señor me ayudaría.

Quería que el señor Albert se levantara de aquella cama sano y me obligara a salir de la casa. No importaba lo mandón que fuera a veces.

—Rose —susurró el señor Albert sus ojos aún estaban cerrados, pero su mano presionó la mía. Mi corazón se aceleró—. No tienes por qué seguir aferrándote a tu antiguo nombre...Ahora eres...Evangeline...mi Evangeline.

Mi garganta se secó por completo cuando escuché las últimas palabras. ¿Se podían tomar por ciertas las palabras de una persona delirante? ¿Acaso yo podía ser amada por alguien?

No me había planteado dicha pregunta desde hacía mucho tiempo, sin embargo, su declaración...

«No, no puede ser», me recordé.

¿Quién podría quererme? Nadie. No obstante, mi mano no pudo soltar la del señor Albert y la suya apretó la mía mientras aún decía algunas cosas sin sentido.

El ruido de la puerta un minuto después hizo que soltara de forma abrupta la mano del señor Albert.

Anne entró en la habitación acompañada de la señora Wittles.

—Señorita Suans —saludó la señora Wittles mientras ambas se acercaban.

Anne cargaba la cubeta que le había pedido. La cual colocó cerca de la cama.

—Debería ir a cambiar antes que llegue el doctor —sugirió la señora Wittles.

—Pero...

—No se preocupe cuidaré de él —añadió dirigiendo su mirada al señor Albert.

Yo también le miré, no quería dejarlo solo en aquella condición tan susceptible, sin embargo, la señora tenía razón, debía adecentarme para recibir al doctor.

—Por favor, ponga compresas en...

—Señorita Suans, a vestirse ahora —ordenó la señora Wittles mirándome como una madre a su hija, pero ese gesto en vez de causarme algún temor, me llenó de calidez—. Yo sé cómo cuidar a un enfermo.

Ante tanta insistencia, no me quedó otro remedio que volver a mi habitación para alistarme. Me coloqué un vestido sencillo y permití que Anne me peinara. Ella realizó un recogido en la parte superior, aunque dejó un mechón suelto el cual dio algunas vueltas hasta que el resultado le satisfizo.




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