Los días pasaron rápidamente y cuando tomé conciencia, ya había pasado una semana. El señor Albert había ido mejorando progresivamente; en algunos momentos había tenido fiebre, pero nada tan grave como el primer día.
Había regresado a la escuela porque el señor Albert me había obligado, alegando que ya se encontraba mejor y no necesitaba cuidados. En realidad, volver a enfrentarme a los alumnos era algo que temía, pero que tarde o temprano tenía que hacer. Gracias a Dios, después de mi regreso no habían existido más ataques de madres furiosas por las notas de sus hijos.
Llegué en la tarde a Inworth House después de un exhaustivo día de clases. Subí las escaleras en dirección a la habitación del señor Albert, pero antes llegar allí, el señor Wittles me detuvo.
—No se encuentra aquí, está en el invernadero —informó.
Agradecí la información y me di la vuelta casi al instante hecha una furia. ¿Cómo se le ocurría escaparse hacia el invernadero? Aún estaba convaleciente. No llegaba ni a una semana de su recuperación.
Al salir al exterior, me dirigí hacia la parte trasera de la casa, dónde se encontraba el invernadero según había visto desde la ventana de las habitaciones que tenían vista a aquel lugar. Se trataba de un pequeño edificio de hierro y cristal.
Al entrar allí me quedé quieta observando mi alrededor. El verde inundaba cada espacio allí donde miraba, aunque también había alguna que otra flor que con su color variaba la tonalidad del ambiente. En el centro de todo aquello se encontraba el señor Albert examinando una flor y tomando nota en una libreta.
Sus ojos se levantaron hacia mí y se quedó mirándome por un momento dejándome sin aliento. Me miraba diferente al resto de las caballeros que alguna vez lo habían hecho, incluso que el príncipe. Sin poder soportar la intensidad de su mirada bajé la mía hacia el suelo. Desde su confesión no podía mirarlo a los ojos, al menos no demasiado tiempo. Había intentado sacar las esperanzas de mi corazón y sus palabras de mi mente, pero me despertaba en las noches escuchando su voz.
—Buenas tardes, señorita Evangeline —saludó Albert dejando lo que hacía para acercarse hacia mí.
—Buenas tardes, señor Albert —dije mientras mi miraba estaba fija en un botón de su camisa— ¿Qué hace fuera de la cama? —inquirí con tono un poco autoritario.
—Ya me siento perfectamente bien —respondió dando una vuelta sobre sí mismo—, además, mi invernadero me necesitaba. Llevan demasiado tiempo abandonado —añadió señalando el lugar verde.
Me atreví a mirar a mi alrededor para ver el pequeño bosque verde que se alzaba ante mí. Había pensado que el jardín era la parte más hermosa de Inworth House, pero su invernadero no se quedaba para nada atrás con especies que nunca antes en mi vida había visto.
—No sabía que se dedicaba a la jardinería. —Llevaba varias semanas en aquella casa, pero jamás había oído ni siquiera insinuaciones de aquella afición.
Tal vez si me hubiera arriesgado a pasear por los jardines antes, lo habría descubierto.
—Lo hago en mis tiempos libres. Me ayuda a respirar cuando el trabajo es agobiante —respondió con un tono calmado mientras pasaba la vista por el invernadero— ¿Quieres verlo? —añadió extendiendo su mano hacia mí.
Levanté la mirada hacia él de forma fugaz antes de bajar nuevamente mis ojos hacia su mano. ¿Debía tomar su mano después de lo que había escuchado? ¿Sería correcto?
—Me encantaría —susurré dando un paso hacia adelante, sin embargo, no tomé su mano, no creía prudente hacerlo.
Después de unos segundos el señor Albert bajó su mano y simplemente se hizo a un lado para que yo me pudiera adentrar más en el invernadero.
En el mismo había plantas que no conocía de nada, sin embargo, también había lirios, tulipanes, orquídeas y rosas. Una variedad infinita de rosas. Me detuve a contemplar su belleza.
—¿Te gustan las rosas? —inquirió el señor Albert a mi lado.
—Sí, son mis flores favoritas, aunque a veces me pregunto si no estaría influenciada por mi nombre.
De repente llegó a mi un olor dulce y fragante, tan delicioso como el de un perfume muy caro.
—¿Qué tipo de rosa es? —pregunté al señor Albert mientras tocaba una de las rosas.
Era diferente a muchas otras. Mientras otras rosas solo eran capaces de mostrar sus capullos casi cerrados por completo, aquella se abría sin miedo alguno mostrando todo su esplendor y fragancia.
—Es la rosa damascena. Es conocía por tener una fragancia bastante potente —explicó el señor Albert inclinándose al tiempo que cerraba los ojos para olerla.
Me quedé quieta observándolo mientras hacía aquello y tragué saliva, porque se veía demasiado apuesto. Los ojos de Albert se abrieron nuevamente y su mirada se fijó en mí atrapándome de repente como si estuviera hipnotizada.
—Cuando veo estás flores no puedo evitar pensar en ti —añadió mirándome con gran intensidad y no pude evitar desviar la mía mientras sentía arder mis mejillas.
Mi corazón latía bajo mi pecho de tal forma, que parecía querer romper mi pecho. Esperé a que añadiera algo más, una explicación, pero nada llegó. Abrí los labios dispuesta a preguntar, pero un sonido me interrumpió.
Al darme la vuelta me encontré con la señora Wittles junto a Anne.
—Disculpen la interrupción, pero no es bueno que pasen tanto tiempo solos —dijo la señora Wittles con una mirada un tanto severa. A veces olvidaba que a los ojos de las personas en Inworth House era una señorita y por tanto debía cuidar mi reputación—. También venía decirles que ha llegado una invitación de la señorita Bringley —añadió entregándome un sobre.
—Gracias —susurré mientras miraba el sobre entre mis manos.
A continuación, hizo una pequeña reverencia y se marchó dejando a Anne a nuestro cuidado. Me giré hacia el señor Albert con el sobre en mano, él también lo miraba con curiosidad. No perdí más tiempo y lo abrí. Dentro de este había una tarjeta de un color beige con ornamento plateados y una letra cursiva. En el interior de la misma se invitaba a un baile en la casa de la señorita Bringley.