Evangeline

Capítulo 7

El trayecto en el carruaje fue bastante silencioso. La más ilusionada por aquel baile era Anne. Me recordaba a mí cuando había ido al baile por el cumpleaños del príncipe.

«Te mereces ir», había dicho el señor Penwort aquella noche y con ello me convenció.

Solo había querido ver cómo era un baile y había terminado bailando con el príncipe y siendo buscada por todo el reino.

Tantas cosas habían pasado desde entonces y ahora estaba de nuevo en camino hacia un baile. Una nueva invitación para ser una enmascarada, pero esta vez era distinto, porque no llevaba una máscara física.

Al llegar a la mansión el sonido de los violines me inundó. Las lámparas iluminaban la entrada de la casa, dónde varios invitados conversaban y otros entraban. El carruaje se detuvo frente a la casa, y un instante después, el paje abrió la puerta.

El señor Albert se bajó del coche y a continuación tendió su mano hacia el coche. Tomé aire en mis pulmones antes de colocar mi mano enguantada sobre la suya. A pesar de la tela, mi corazón dio tres vueltas mientras su mano apretaba la mía. Sus ojos se encontraron con los míos cuando mis pies estuvieron sobre tierra. Estaba hipnotizada en su mirada, parecía que todo lo demás desaparecía.

Separé mi mano con brusquedad cuando vi a Anne asomarse en la puerta y di un paso atrás rompiendo todo contacto. ¿Por qué me sentía de aquel modo? Hacía apenas muy poco había abandonado al príncipe. ¿Entonces por qué mis emociones se triplicaban cuando el señor Albert estaba a mi lado? Definitivamente estaba loca.

Cuando Anne hubo bajado, nos dirigimos hacia el interior de la casa, esta vez no miré en ningún momento al señor Albert, era mejor así. La mansión de la familia Bringley era bastante grande, aunque no tanto como Inworth House. Los candelabros iluminaban las paredes de un color amarillo claro mientras el suelo era cubierto por una alfombra roja.

Cuando llegamos al salón principal, fuimos recibidos por la señorita Bringley y una pareja de unos treinta o cuarenta años, que imaginé, eran los propietarios de la casa.

—Señorita Suans, señor Albert, que alegría verlos —dijo la señorita Bringley haciendo una reverencia que correspondí—. Permítame presentarle a mis padres, señorita —añadió señalando a la pareja a la que hice una reverencia.

—Es un placer, señor y señora Bringley —respondí.

La señora Bringley correspondió a la reverencia para examinarme de arriba a abajo.

—Así que es usted la dama que se hospeda en casa de Lord White —dijo con un tono de total desaprobación—. No debería quedarse en la casa de un soltero, señorita, o su reputación podría mancharse.

Sabía que la protección de Lord White podía atraer las miradas sobre mí, pero al no estar él presente nunca creí que le molestase a alguien mi presencia.

—Señora Bringley —intervino el señor Albert, que hasta el momento había estado callado—. Puedo asegurarle que la señorita Suans está a salvo, el resto de la servidumbre puede corroborarlo.

—Eso espero, señor Albert, por el bien de la dama —advirtió la señora Bringley, aunque no entendía su preocupación por mí.

Por lo general la aristocracia no se preocupaba porque una mujer estuviese solo acompañada por el servicio. Los criados eran invisibles para ellos.

—Señorita Suans, ¿me acompañaría? —inquirió la señorita Bringley colgándose de mi brazo mientras me empujaba hacia el salón atestado de personas—. Quiero presentarle algunas damas.

Miré el salón mientras las paredes parecían ensancharse y las risas hacerse eco por todo el salón. Había demasiadas personas. Pasé rápidamente mi mirada por cada rincón del lugar en busca del rostro de mi madrastra, pero no había nadie. Aun así, no podía respirar tranquilamente, debía estar de guardia.

Mi piel escocía con cada vez que pasábamos junto a algún invitado.

—No te preocupes por mi madre. Ella teme que se manche el nombre del Edward, ya que, si eso sucede, sus planes de casarme con él no serían efectivas —dijo la señorita Bringley. Me tomó un momento darme cuenta que se refería a Lord White, Lord Edward White.

Tenía mucho sentido que la señora Bringley quisiera casar a su hija con mi protector, después de todo, era un hombre con una cuantiosa fortuna. Si aquello llegaba a suceder tendría que irme de Inworth House y no sabía a dónde iría. Suponía que tendría que buscar un trabajo de sirvienta, tal vez Lord White me dejara quedarme de esa forma.

—¿Está interesada en casarse con él?

—Para nada —respondió la señorita Bringley negando con la cabeza—. Edward y Albert son como hermanos para mí. Siempre venían a pasar el tiempo conmigo, no podría verlos como prospectos para pareja.

Continuamos caminando por el salón y finalmente me permití darle un vistazo. Varias lámparas doradas colgaban del techo y las flores de todos los colores adornaban el salón.

Cuando mi mirada volvió a fijarse a dónde íbamos, me alarmé.

—Señorita Bringley —comencé a decir al ver cómo me arrastraba a un grupo de chicas que no paraban de mirarme por curiosidad.

—Llámame, Lizzy, todos los hacen —interrumpió ella con una sonrisa mientras me seguía arrastrando hacia allí.

—Lizzy, yo...

Antes de poder siquiera protestar, me encontré con aquel grupo de damas. Lizzy se apresuró a hacer una reverencia como saludo y presentarme.

—He oído que se queda en Inworth House —comentó una de las damas, Lady Correntine, si no recordaba mal.

Se trataba de una chicas con cabellos oscuros, cejas gruesas y mirada divertida.

—Así es —respondí como un asentimiento de la cabeza.

—¿Cómo es Lord White? —inquirió mientras todas esperaban con la curiosidad ardiendo en sus ojos.

Era extraño que nadie lo conociera siendo él tan cercano al príncipe. Busqué al señor Albert entre la multitud y lo encontré hablando con el señor Bringley. Tendría que preguntarle la causa en cuanto me fuera posible.




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