Miré la carta una vez más, mientras los estudiantes realizaban un ejercicio. De vez en cuando daba una vuelta por el salón para ver sus progresos, aunque mi mente seguía en el pedazo de papel que Albert me había entregado en la mañana de parte de Lord White.
Había creído que era una carta cómo la anterior, tal vez preguntándome por mis progresos o quizás para comunicarme algún compromiso, no obstante, nada de lo anterior había sido válido.
"Señorita Suans:
Espero que se encuentre bien y con mucha salud. Le escribo está corta misiva para comunicarle que dentro de una semana los príncipes ofrecerán una fiesta de disfraces y sería un placer para mí, que me acompañase. No se preocupe por nada, ya he velado por su seguridad si decide aceptar"
¿Por qué me quería de acompañante? Apenas si sabía mi nombre. Además, ¿por qué tenía que ir a Londres? Ya suficiente era tener que esconderme en Suffold, como para pasearme frente a la casa de mi madrastra, había huido por razones obvias. ¿Acaso Lord White no era consciente del riesgo al que me exponía?
Saqué una hoja de mi gaveta para dirigirle una misiva a Lord White.
—Profesora —llamó un estudiante antes que pudiera tomar la pluma.
Me puse en pie enseguida para atender a mi alumna, ya escribiría la carta.
En la tarde el carruaje llegó por mí, pues le había pedido a Albert que retomara sus funciones en las tierras de Lord White, ya había pasado un mes desde mi llegada y tenía que comenzar a ser independiente. Aunque, con algo de recelo, él aceptó, no obstante, de vez en cuando, el cochero llegaba una o dos horas antes de la salida, debido a la última huida por mi parte.
Una vez en casa, hui hacia mí habitación, en los últimos dos días había huido de Albert. ¿Por qué? Porque no podía mirarlo sin que los recuerdos del baile volvieran a mi mente. Si no hubiera detenido aquello, nos hubiéramos besado y no quería que eso sucediese, no sin definir nuestros sentimientos claramente, no sin un compromiso entre ambos.
Habíamos estado a punto de cruzar una frontera y no sabía cómo comportarme.
Solo nos veíamos en las cenas y apenas hablábamos.
—Anne, ¿sabes si el señor Albert tiene alguna prometida? —inquirí a mi doncella, mientras ella me preparaba para la cena.
Últimamente la estaba dejando ayudarme, cosa que parecía hacerla muy feliz.
—Creo que no, señorita —respondió ella mientras cerraba el vestido a mi espalda.
Aquello dejaba mucho en qué pensar, había demasiadas cosas que no conocía de Albert, tendría que averiguar más acerca de él, aún no sabía cómo, pero lo haría.
Cuando estuve lista, bajé a cenar y como los dos días anteriores, fue silenciosa. De vez en cuando esperaba que él dijera algo, pero nada, solo el sonido de cubiertos y pasos.
—Albert —llamé finalmente. Por alguna extraña razón, un acuerdo que habíamos firmado de manera silenciosa después del baile, ahora nos tuteábamos—. He decidido declinar la invitación de Lord White —añadí cuando sus ojos me buscaron.
Su mirada se centró en el plato de comida nuevamente y pensé que no respondería. También volví mis ojos a mi plato.
—¿Por qué? —inquirió Albert y volví a levantar la mirada hacia él.
—¿Por qué? —repetí. No porque yo necesitara sopesar la respuesta, sino, para que él se diese cuenta de lo que aquello significaba—. Porque es peligroso, porque mi madrastra podría descubrirme.
«Porque veré al príncipe. Porque no me interesa para nada Lord White», aquello último lo pensé, pero no me atreví a decirlo.
—Evangeline, Lord White tomó todas las medidas pertinentes. Además, se trata de un baile de disfraces, nadie podrá reconocerte —replicó él con una calma pasmosa.
No obstante, por más medida que se tomaran, yo no estaba segura. Suffold era mi refugio y volver a Londres, era regresar al calvario.
—¿Por qué quieres que vaya? —pregunté sin dar crédito a sus intenciones de convencerme.
Las intenciones de Albert eran demasiado confusas para mí. Primero decía protegerme y ahora quería lanzarme a los lobos. A un baile al que no tenía ningún sentido asistir.
—Porque has convertido Suffold en tu jaula y necesito que vueles libre.
¿Jaula? ¿Libre? Yo era una persona libre. El príncipe había comprado mi libertad. Podía ir a cualquier lugar, sin embargo...
—No voy a ir, Albert, no lo deseo —respondí con el corazón en la garganta, al tiempo que me ponía en pie para marcharme a mi habitación seguida de Anne.
Albert me llamó, pero, como siempre, hui, porque necesitaba estar sola.
—Señorita, creo que debería hacer caso al señor Albert —dijo Anne mientras desataba el vestido en mi espalda.
Al escuchar aquello me separé de ella para poder girarme en su dirección y verla a los ojos. Su mirada era de desconcierto.
—¿Alguna vez te has preguntado de dónde salieron las marcas en mi espalda? —inquirí y ella bajó la mirada al suelo. Imaginaba que significaba que sí—. Fueron hechas por la persona de la que huyo.
—Señorita...
—Yo fui una criada, Anne —susurré mientras sus ojos me observaban con una mezcla de asombro y tristeza—. Huyo de quienes intentaron quitarme mi bondad y mis sueños, pero como no lo lograron, quieren matarme. Es por ello que no puedo hacer caso a Albert.
Anne me miró con los ojos empañados en lágrimas. Esperaba que ahora comprendiera la magnitud de mis decisiones y miedos.
—Márchate, por favor —pedí dándome la vuelta para sentarme frente al escritorio que tenía en la habitación.
—Pero su vestido...
—Quiero estar sola —pedí sin mirarla.
La habitación se llenó de silencio y después oí el sonido de la puerta al cerrarse.
Tomé una hoja del cajón, mojé la pluma con tinta y comencé a escribir:
«Lord White»
Solo garabateé esas dos palabras antes de que mi mano se quedara quieta, sin saber qué hacer. Estaba claro, debía rechazar la invitación, pero a la vez, las dudas se agolpaban en mi mente. ¿Realmente había hecho que aquel lugar se convirtiera en mi jaula? ¿Podría enfrentarme a mi madrastra?