Al día siguiente me levanté muy temprano. Apenas si había dormido dos horas mientras mi mente procesaba demasiada información e intentaba decodificarla. Lord White, Albert, mi madrastra, todo jugaba en mi contra.
Miré por la ventana, la cual daba hacia los jardines de la casa. Recuerdos de hacía unos meses atrás regresaron a mi mente.
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El baile de máscara del príncipe sería en pocas horas. No podía dejar de pensar cómo sería. Imaginaba que sería majestuoso. Nunca había estado en un baile, pero mi institutriz siempre me había explicado cómo eran y los comportamientos que debía tener una dama en ellos. Papá me había prometido que algún día él mismo asistiría conmigo, pero el reflejo de mi mirada en el espejo que limpiaba, me dejaba en claro que aquella promesa nunca se cumpliría.
—Rose —llamó mi madrastra con voz autoritaria.
—¿Si, señora? —dije al girarme hacia ella con una pequeña sonrisa fingida.
En el pasado había dedicado muchas sonrisas sinceras, pero Lady Benwood se había encargado de acabar con ellas. Había querido que aquella mujer fuera mi madre, pero, para ella solo era una plaga que debía ser eliminada.
—Ya nos vamos al baile —informó ella cruzando sus brazos frente a su regazo—. Cuando regrese a la una, quiero que todo esté en orden —añadió mirándome de manera intimidante.
—Sí, milady —. Sabía perfectamente que sería castigada cual esclava si no cumplía con lo que ella pedía.
Muchos me habían preguntado por qué no salía de aquella casa y buscaba un nuevo trabajo. La realidad era que había vivido tanto tiempo bajo aquel caparazón, que tenía miedo a lo que encontraría fuera.
Finalmente, vi como el carruaje de mi madrastra se alejaba de la casa y en mi corazón quedaba un sentimiento, que me gritaba que yo también debía estar en ese carruaje. Sin embargo, estaba en una habitación, puliendo zapatos y organizando ropa, de las que eran mi madrastra y hermanastras.
Volví a mis quehaceres, pues tenía que terminar demasiadas cosas, antes de que regresaran del baile.
—Señorita Rose —llamó el señor Penwort entrando en la habitación—. Prepárese.
—¿Para qué? —inquirí frunciendo el ceño.
—Para ir al baile —anunció el antiguo mayordomo de mi padre.
Me quedé sin respiración de solo pensarlo. Yo en un baile en el palacio. Danzar un vals con un caballero y que este me amara.
Ojalá ese sueño fuera real, pero mi realidad no era aquella.
—Es imposible, señor Penwort —respondí con la cabeza. Yo no tenía vestido, chaperona, invitación, ni máscara.
—No lo es, cariño —respondió el señor Penwort con una amable sonrisa—. Hace algunos días saqué un viejo vestido de tu madre, está casi sin usar e incluso conseguí guantes. Meryen me ayudó con una máscara y alquilé un carruaje.
Mientras aquel hombre me contaba todo lo que había hecho por mí las lágrimas salieron de mis ojos. Él siempre me había tratado con el cariño de un padre, pero aquello superaba todo lo que alguna vez podría haber esperado.
—Gracias por la oportunidad —susurré casi en un sollozo—, pero tengo mucho trabajo qué hacer —dije señalando la habitación.
—Ya hablé con los otros. Te ayudaremos —añadió aquel hombre y me lancé a sus brazos mientras la euforia me consumía.
—Gracias, gracias, gracias.
—Te lo mereces, mi niña.
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Aquella vez había arriesgado mucho y había pasado una noche de en sueño. Había sido una intrusa, pero me había sentido como una más. Sin embargo, ahora era una invitada, pero me parecía que no era mi lugar. Tenía miedo.
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Durante el día me mantuve en mi habitación tratando de ignorar a Albert, quién tocó varias veces a mi puerta, pero no abrí.
Llegado el mediodía, Anne insistió en hacer una rutina de embellecimiento, lo cual me parecía innecesario. No obstante, no había más que hacer en la casa, más, si evitaba a Albert y comenzaba a aburrirme. Así que, accedí a un baño relajante y un tratamiento para el rostro, que nunca antes había visto. Aquello me hizo recordar a mis hermanastras cuando se sometían a todo tipo de tratamiento para estar más bellas. Ambas eran mujeres hermosas, pero mi madrastra insistía en hacer tratamientos de belleza, sin darse cuenta, que lo que espantaba los pretendientes no era su aspecto sino sus modales.
Cuando terminó la sesión de embellecimiento, Anne me ayudó con el vestido. Aún me parecía que era demasiado pomposo y llamaría demasiado la atención. Finalmente, para el pelo, me hizo un recogido alto con algunas perlas.
—Está hermosa —dijo Anne complacida con mi aspecto.
—¿Crees que alguien me reconocerá? —inquirí.
Anne negó con la cabeza, parecía muy convencida.
—Dudo mucho que con esa máscara la reconozcan —respondió Anne señalando la máscara que descansaba sobre el tocador.
Era una máscara que llegaba desde el inicio de mi cabello hasta la nariz. Tenía una textura parecida a las plumas de pavo real con un color verde con toques azules. Esperaba que realmente fuera suficiente para engañar a mi madrastra.
Después de un rato, cuando el sol casi había desaparecido en el cielo, Anne me avisó que el carruaje esperaba abajo. Tomé la máscara del tocador y me dirigí hacia el salón principal, donde me esperaba Albert, quien al verme se quedó sin habla.
—Estás... Estás hermosa —tartamudeó Albert. Parecía haberse quedado petrificado, porque no apartaba su mirada de mí. Mi piel se erizó cuando nuestros ojos se encontraron.
—Gracias —respondí intentando parecer indiferente, aún estaba enojada con él.
—Te acompañaré afuera... Ahí está el carruaje —añadió parpadeando varias veces.
Seguí a Albert hasta la salida de la servidumbre, donde esperaba el carruaje. Lord White me recibiría en el palacio y en el camino me acompañaría Anne, quien haría de chaperona.