Evangeline

Capítulo 12

Estar de regreso en Suffold se sentía diferente. El cielo parecía ser más azul o tal vez las nubes eran más blancas. Las flores tenían colores más vivaces y fragancias exquisitas. Incluso el viento parecía renovado.

Respiré el aire puro que entraba al carruaje mientras mi corazón no podía calmarse, parecía dar brincos dentro de mi pecho. El calor de un cuerpo cercano me recordaba el por qué.

Mi vista se apartó del camino para encontrarse con el hombre a mi lado, el causante de que los colores hubieran cambiado. Albert me dedicó una sonrisa cuando nuestras miradas se encontraron, una que correspondí mientras mi alma se gozaba por estar a su lado. Nuestras manos unidas eran el símbolo de esa felicidad completa.

El carruaje se detuvo en Inworth House, dónde el señor Wittles junto a su esposa nos esperaban. Albert bajó del carruaje y después de ayudar a bajar a Anne, su mano se inclinó hacia mí, como en ocasiones anteriores. Esta vez no dudé y la tomé con fuerza para bajar.

Cuando estuve fuera del coche, me sujeté al brazo de mi prometido y nos dirigimos hacia los señores Wittles.

—¿Qué tal fue el viaje, señorita Evangeline? —inquirió el señor Wittles cuando llegamos hasta ellos.

—Fue más fructífero de lo que esperaba —respondí con una sonrisa tímida mientras apretaba el brazo de Albert— ¡Nos hemos comprometido! —anuncié con un gritillo ahogado.

Los señores Wittles se miraron entre ellos. Yo también había tenido que repetirlo varias veces la noche anterior para creer que todo lo sucedido no era producto de mi imaginación. Finalmente, el mayordomo y su esposa se abalanzaron sobre nosotros para abrazarnos y felicitarnos. Me parecía que casi podía ver las lágrimas en el rostro de la señora Wittles y el brillo del orgullo en los ojos del mayordomo. Imaginaba que conocían hacía mucho tiempo a Albert.

—Como celebración, mañana los criados podrán tener el día libre —anunció Albert cuando la pareja terminó con los abrazos—. Además, queremos realizar un almuerzo con nuestros empleados.

—¡Hurra! —exclamó Anne haciendo que todos dirigiéramos nuestra mirada hacia ella, quien al verse con toda la atención se sonrojó.

Le había sugerido a Albert que realizaríamos un pequeño festín para los empleados. Mientras trabajaba en la casa de mi madrastra vi el esfuerzo de los empleados, pero nunca habían sido remunerados por todo su trabajo y lealtad. Ya que no había podido hacer nada por los que me habían servido en mi niñez, quería darles aquel regalo a las personas que en el último tiempo se habían dedicado a servirme y estar en los momentos de mayor dificultad.

—No era necesario —dijo la señora Wittles, aunque podía ver en sus ojos un pequeño brillo.

Finalmente entramos en la casa y subí a mi habitación acompañada de Albert, que parecía no querer dejarme.

—Nos vemos más tarde, mi amada prometida —susurró cuando estuvimos frente a mi puerta. A continuación, besó el dorso de mi mano y por ese instante olvidé cómo se respiraba.

—Hasta más tarde, prometido —Saboreé la última palabra, aún no podía creer que fuera posible.

Entré en mi habitación ante la atenta mirada de Albert y una vez sola, no pude evitar dar una vuelta y otra hasta que golpeé la cama. Mi corazón saltaba de alegría, no había sido así nunca antes, ni siquiera cuando había ido al baile o cuando el príncipe me había anunciado mi libertad. Después de que mi padre muriera, la vida había perdido los colores y ahora todo había cobrado un nuevo matiz, tan diferente al anterior. Tenía miedo de caer por un vacío, era imposible que tanta felicidad se acumulara a mi alrededor.

Después de descansar un tiempo, me dispuse a organizar todo para el día siguiente. Tal vez debíamos contratar unos músicos y alguien que nos ayudara en la cocina, no permitiría que ninguna de las cocineras trabajara durante su día libre.

—Ya me he encargado de todo —dijo Albert cuando le planteé todo lo que era necesario. Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro—. No tienes de que preocuparte. Contraté varios cocineros y los músicos vendrán mañana.

Me quedé en silencio un instante. En dos horas, él había conseguido todo lo que necesitaba, y ni siquiera le había dicho lo que era necesario. Por eso administraba las tierras de Lord White y era su ayuda de cámara, era muy, pero muy eficiente.

—Pero... Y el dinero...

—No te preocupes, amor mío, lo pagué yo. Tú solo debes disfrutar —Mi mirada se desvió hacia el suelo cuando escuché sus palabras amorosas y sentí como mi rostro ardía.

¿Podría acostumbrarme al amor? Era demasiado extraño.

Albert, colocó su mano bajo mi mentón para alzar mi rostro y dejar un beso en mi mejilla. Antes de abrazarme contra él. Oculté mi rostro en su cuello, mientras me permitía respirar en paz. El mundo parecía callar en aquel apartado lugar cuando nuestras almas se fundían y no creía poder pedir más allá que mi corazón latiendo a toda prisa por Albert.

******
Al día siguiente, todo el salón estaba organizado para los sirvientes. Los que habían deseado partir para ver a sus familiares lo habían hecho, mientras que un pequeño puñado se había quedado.

Sentarme a la mesa con todos ellos fue un gran privilegio. El salón estaba lleno de risas y susurros. Nunca había tenido algo parecido; en la mesa de mi padre siempre había habitado el silencio mientras que en la de los sirvientes no era del todo aceptada. Nunca había pertenecido a ninguno de los bandos, sin embargo, Suffold me había proporcionado un hogar en dónde podía ser libre.

Después de la cena fuimos al salón de baile, era bastante amplio para los pocos que éramos, sin embargo, no habíamos tenido tiempo para organizar otra sala.

—¿Me concedería esta pieza? —inquirió Gregory cuando la primera canción comenzó a sonar.

—Claro, cariño —respondí con una sonrisa al pequeño, quien casi dio un brinco de felicidad.

Antes de dirigirme al centro del salón, le dediqué una mirada a Albert, quien simplemente me guiñó el ojo.




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