Todo en la habitación me daba vueltas al tiempo que recogía mis pertenencias a toda prisa. Casi no podía visualizar lo que tenía enfrente, pues las lágrimas habían cubierto mis ojos. Mi corazón ardía bajo el peso de una verdad, que había estado oculta frente a mí y que todos sabían desde el instante en que había llegado a aquella casa. Había sido una ciega al no ver lo que frente a mis ojos ocurría.
—Señorita, por favor, no haga esto —suplicó Anne tras de mí mientras recogía lo poco que alguna vez había traído conmigo.
No quería llevarme nada de lo que me había dado Albert, mejor dicho, Lord White.
Tomé mi pequeña maleta, ignorando los pedidos de mi exdoncella para que no me fuera. No pensaba quedarme allí, no más, ese no era el hogar que había creido. Antes de que pudiera llegar hasta la puerta, la misma se abrió y en la misma apareció la señora Wittles, quien primero observó mi maleta para luego dirigir sus ojos hacia mi rostro.
—¿A dónde se dirige? —inquirió la señora Wittles alzando las cejas.
—Me voy, señora Wittles. No voy a seguir viviendo en una mentira —respondí con seriedad mientras mis ojos se clavaban en los suyos.
La señora Wittles llevó su mirada hasta el suelo como si la hubiera golpeado con mis palabras y cuando sus ojos se encontraron nuevamente con los míos, su expresión era apenada, pero a la vez decidida.
—El señor vendrá en unos minutos —informó la señora Wittles al tiempo que daba un paso al frente y colocaba sus manos a cada lado de la puerta—. Me ha pedido que se quede aquí a esperarlo.
Miré a la mujer frente a mí como si mis ojos pudiesen quemar todo a su paso. ¿Cómo se atrevía él a pedirme que lo esperara, que lo escuchará? No había nada que hablar. Después de las mentiras, ya no quedaba nada qué decirnos. ¿Qué importaban sus razones para burlarse de mí? Para nada. Solo quería salir de allí y ya.
—Señora Wittles, pienso irme ahora mismo. Por favor apártese —respondí intentando mantener la calma, aunque mi corazón palpitaba a toda prisa.
—Lo siento, señorita, pero no puedo dejarla pasar —replicó la mujer, dando un paso atrás. A continuación, le dedicó una mirada a Anne, quien con la cabeza gacha se dirigió a la puerta.
—Señora Witles...
Antes de que pudiera reaccionar la señora Witles tomó la puerta y la cerró de un golpe seco que resonó en la habitación. Mis ojos se abrieron de par en par mientras un pitido ensordecía mis sonidos. Corrí hacia la puerta para jalar la manigueta, pero esta no cedió, así que golpeé con furia la puerta. ¡No era suficiente con todo lo que había descubierto, sino que también me había encerrado!
—¡Anne, Señora Witles abran la puerta! —ordené mientras golpeaba con toda mi furia la madera de la puerta.
—Por favor, señorita Evangeline, sea paciente. El señor vendrá en un instante —pidió Anne con la voz algo temblorosa.
Seguidamente oí los pasos alejándose, lo que me hizo golpear la puerta con mayor intensidad.
—¡No se vayan! ¡Sáquenme de aquí! ¡Ya les dije soy Rose! ¡ROSE! —grité, pero nadie me escuchó, nadie volvió.
Apoyé la cabeza sobre la puerta mientras notaba el sabor salado de las lágrimas. ¿Cómo podía haberme engañado por tanto tiempo? ¿Todo era un juego para él? ¿Por qué? ¿Por qué me había mentido?
Me llevé una mano al pecho. Las imágenes de la llegada de su madre se repetían una y otra vez en mi mente como un mal sueño. Me dolía cada fibra del cuerpo como si me hubieran dado una paliza. Todo a mi alrededor me parecía confuso, solo había una cosa que tenía clara: debía salir de allí.
Debía irme antes de que él viniera. No quería verlo ni escucharlo, solo de pensar en aquel hombre todo dolía más.
Aún con el corazón acelerado me giré hacia la habitación y caminé hasta la maleta, dónde había recogido mis pocas pertenencias. Cerré los ojos un instante y una punzada atravesó mi cabeza. ¿Cómo iba a salir de allí? Estaba en una segunda planta a mucha distancia.
Abrí los ojos nuevamente. Miré las sábanas perfectamente organizadas y se me ocurrió una idea alocada. Corrí hacia el baúl de la habitación y comencé a revolverlo para sacar toda sabana que hubiera. Una vez había escuchado de una señorita que para huir con su amado había bajado de su habitación utilizando ropa de cama atada una a la otra. Era una idea que podía llevarme a la muerte o sacarme de Inworth House, pero valía la pena intentarlo.
Me asomé por la ventana para observar con detenimiento la distancia que me separaba del suelo y la caída parecía multiplicarse solo de pensar en bajar. ¿Cómo aquella chica lo había hecho? Mi estómago se revolvía al imaginarme.
Mis ojos se desviaron hacia las sábanas que apenas había comenzado a atar. ¿Realmente era la única solución que tenía para salir de allí? Miré hacia la puerta, por allí no podría salir, era imposible. Así que, solo quedaba aquella alternativa.
Pero antes de comenzar mi labor debía cerrar bien la puerta. Si él la abría... Sacudí la cabeza, él no entraría, no se lo permitiría a aquel mentiroso. A ninguno de los que habitaban en aquella casa.
Así que coloqué un baúl frente a la puerta, el más pesado que había. Me tomó tiempo arrastrarlo hasta allí, pero lo hice justo a tiempo, pues unos minutos después el ruido de pasos envolvió el corredor. Mi corazón se disparó de repente, podía el subido en mis oídos y la sensación de que podría desmayarme en cualquier momento.
Los pasos se detuvieron frente a mi puerta y supe que era él cuando la manilla bajó, pero al empujar la puerta está no cedió. Lo que me permitió respirar levemente hasta que oí el sonido de su voz.
—Evangeline, abre la puerta.
Intentó nuevamente abrir la puerta, pero de nuevo el baúl se lo impidió.
—¡No le abriré nunca la puerta a un mentiroso como usted! —grité, dando un fuerte golpe sobre la puerta, que dejó un fuerte escozor en mi mano— ¡Váyase y llévese sus mentiras consigo!
La voz me traicionó y las últimas palabras salieron ahogas por el dolor que clamaba por salir.