El aire en el colegio Eagle’s Junior High School no se sentía como aire. Era denso, cargado de un olor a polvo viejo, cera para pisos y algo más... algo que recordaba a carne quemada. Desperté tumbado en el suelo frío de un pasillo mal iluminado. Mi cabeza palpitaba con fuerza, como si me hubieran golpeado justo antes de caer en este lugar.
Me puse en pie, mareado, y lo primero que noté fue el silencio. Un silencio absoluto, interrumpido solo por el sonido de mi propia respiración agitada. Intenté abrir la puerta principal del edificio, pero estaba sellada con candados que parecían haber sido soldados hace décadas. No había ventanas abiertas; todo el lugar parecía una tumba diseñada para que nadie saliera.
De repente, un sonido rompió la calma. Tac... tac... tac...
Eran pasos pesados, arrastrados, acercándose desde el piso superior. Me escondí tras una columna mientras el sonido se hacía más fuerte. Entonces la vi. Una figura alta, vestida con un hábito negro manchado y desgastado, recorría el pasillo. Su rostro era una máscara de horror: piel pálida, ojos inyectados en sangre que brillaban en la oscuridad y una sonrisa perpetua, retorcida y cruel que no tenía nada de humana. Llevaba un martillo oxidado que arrastraba por el suelo, produciendo un chirrido metálico que me helaba la sangre.
La "Monja" se detuvo justo a unos metros de mi escondite. Olfateó el aire, emitiendo un gruñido gutural que me puso los pelos de punta. Sabía que estaba allí, o al menos lo intuía.
Cuando se alejó hacia el comedor, salí de mi escondite, temblando, y vi algo brillante sobre una mesa cercana: una llave pequeña y una nota escrita con una caligrafía temblorosa que decía: "No hagas ruido. Ella escucha todo".
Entendí que este no era un colegio normal. Era una jaula, y yo era la presa. El juego de supervivencia acababa de comenzar.