Exodo

Capitulo 2:La sangre y la huida

Moisés creció entre los lujos y el poder del palacio. Aunque era un príncipe de Egipto, algo en su sangre le gritaba que él no pertenecía a esos muros. A medida que envejecía, el contraste entre su vida y el sufrimiento de su pueblo se volvía una tortura.

​Un día, al salir del palacio, presenció una escena que cambió todo. Un capataz egipcio estaba azotando con brutalidad a un esclavo hebreo, un hombre de su propia raza. La ira, una fuerza que no conocía, se apoderó de él. Miró a ambos lados, asegurándose de que nadie lo viera, y se abalanzó sobre el egipcio. El golpe fue letal. Moisés, con las manos manchadas de la sangre del opresor, enterró el cuerpo en la arena, intentando borrar toda evidencia.

​Pero el secreto no duró. Al día siguiente, intentó mediar en una pelea entre dos hebreos, y uno de ellos le espetó:

​—¿Quién te ha nombrado juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?

​El miedo recorrió el cuerpo de Moisés. La noticia llegó pronto a oídos del faraón, quien, enfurecido, ordenó su búsqueda para ejecutarlo. Moisés huyó hacia el desierto, dejando atrás su vida como príncipe.

​Cruzó tierras áridas y peligrosas hasta llegar a la tierra de Madián. Allí, mientras descansaba cerca de un pozo, vio a siete hermanas que intentaban dar de beber al rebaño de su padre, un sacerdote local. Un grupo de pastores abusivos se acercó para ahuyentarlas y quitarles el lugar, pero Moisés, todavía movido por aquel instinto de justicia, intervino. Defendió a las jóvenes y ayudó a sacar el agua para sus ovejas.

​Agradecido, el padre de las jóvenes, Jetro, lo acogió en su casa. Moisés cambió las sedas del palacio por pieles toscas, el cetro por el cayado de pastor, y el bullicio de Egipto por el silencio sepulcral del desierto. Se casó con Séfora, una de las hijas de Jetro, y tuvo un hijo al que llamó Gersón, diciendo: "Forastero soy en tierra extraña".

​Pasaron cuarenta años. Moisés, ahora un anciano de rostro curtido por el sol y los vientos, creía haber dejado su pasado enterrado bajo la arena. Pero mientras pastoreaba sus rebaños cerca del monte Horeb, una zarza comenzó a arder. El fuego consumía las hojas, pero, por alguna razón, el arbusto no se convertía en cenizas.

​Al acercarse, una voz retumbó desde el centro de la llama, una voz que no venía del aire, sino de lo profundo de la tierra y del cielo al mismo tiempo:

​—"Moisés, Moisés".

​—"Heme aquí" —respondió él, temblando.

​—"No te acerques más. Quítate el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob".

​Moisés ocultó su rostro, temeroso de mirar a Dios. La voz continuó, cargada de una autoridad ineludible:

​—"He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he oído su clamor. He descendido para librarlos. Ven, pues, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel".

​El ciclo se había cerrado. El hombre que había huido de Egipto ahora era llamado para regresar a reclamar la libertad de los suyos.




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