Exodo

Capitulo 4:La noche del destructor y el mar dividido

​El Faraón seguía inflexible, pero Dios preparó el golpe definitivo. Moisés advirtió a su pueblo: esa noche, cada familia hebrea debía sacrificar un cordero y marcar los dinteles de sus puertas con su sangre. Sería la señal del pacto.

​A medianoche, un horror indescriptible recorrió Egipto. El Destructor pasó por toda la tierra. En cada casa donde no había sangre en el umbral, el primogénito murió, desde el hijo del Faraón hasta el hijo del prisionero en el calabozo. El lamento que se alzó en Egipto fue un sonido que nadie olvidaría jamás; un grito de dolor absoluto que rompió el silencio de la muerte.

​El Faraón, quebrado por la pérdida de su propio heredero, finalmente convocó a Moisés y a Aarón en medio de la noche. "¡Salgan de aquí!", gritó, roto por la tragedia. "Váyanse ustedes y su pueblo".

​Los israelitas no esperaron. Salieron de Egipto con tal prisa que no pudieron ni dejar leudar el pan. Eran más de dos millones de personas, una columna de libertad que avanzaba hacia el este. Pero, poco después, el Faraón se arrepintió. Su orgullo y su ira se transformaron en un deseo de venganza: preparó sus carros de guerra y a todo su ejército para perseguirlos.

​Cuando los israelitas llegaron a la orilla del Mar Rojo, quedaron atrapados. Frente a ellos, el inmenso mar; detrás, el estruendo de los carros egipcios aproximándose. El pánico se apoderó del pueblo.

​Moisés, viendo la desesperación de su gente, extendió su mano sobre el mar tal como Dios le ordenó. Un viento recio comenzó a soplar toda la noche, dividiendo las aguas. El mar se abrió en dos, dejando un camino de tierra seca en medio de un abismo de agua que se alzaba como muros a ambos lados.

​Israel cruzó a pie firme por el lecho del mar. Cuando el ejército egipcio intentó seguirlos, la confusión los detuvo. Las ruedas de sus carros se trabaron, el pánico los invadió al sentir que la propia tierra se volvía contra ellos. Cuando el último hebreo puso un pie en la orilla opuesta, Moisés volvió a extender su mano.

​Las paredes de agua colapsaron. El mar volvió a su lugar con una furia devastadora, tragándose a los carros, a los caballos y a todo el ejército de Egipto. El silencio regresó al desierto, pero ya no era un silencio de esclavitud, sino el eco de una liberación escrita con la fuerza de lo imposible.




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