Pregunté al día siguiente a los vecinos por si alguno sabía algo de Sylkie, y afirmaban que la habían castigado sin salir en una temporada. Eso me tranquilizó en parte, porque al menos no estaba muerta.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en ella, pero también en que cada día era uno menos para que el portal se abriera. Nadie sabía el estado del portal; por más que preguntara, ningún vecino ni trabajador tenía noticias del avance. No recibía información ni un solo día.
Normalmente le preguntaba al minero de la habitación de al lado para enterarme sobre más cosas que sucedían en la ciudad, por si alguna de ellas estuviera relacionada con el portal. Sin embargo, divagábamos y siempre terminaba él hablándome de las bondades del gobierno cuando me asomaba a la ventana.
—Nos alimentan si estamos hambrientos, nos curan si estamos enfermos y nos ayudan a encontrar el amor. ¿No es suficiente?
Estaba tan cegado que preferí no llevarle la contraria por miedo a su reacción. Me apoyé en el alfeizar de la ventana descansando los brazos.
—Está bien así —dije e intenté llevar la conversación por otro sitio—: Por cierto, ¿tienes familia?
—No. El gobierno me asigno una mujer, pero murió.
—Puedes encontrar a alguien todavía.
—No, todas están asignadas ya. Lo hacen por generación desde el nacimiento. Nadie queda sin pareja. Lo más probable es que a ti te asignen a tu compañera.
Todos mis músculos se tensaron en ese instante, no pude mantener la postura relajada.
—Es mi hermana —habló mi propia perplejidad, porque yo tenía voz.
—¿Y cómo crees que existe una pareja para cada persona si no?
Me entraron náuseas. Cerré la ventana sin despedirme. Quería escapar de ese lugar, necesitaba que el portal estuviera acabado ya.
Estuve toda la noche andando de un lugar a otro del cuarto mientras me mordía las uñas frenéticamente. Y cuando pensaba que no podía ir a peor, Kaguya lo había escuchado todo cuando creía que estaba dormida.
No comentó absolutamente nada. Estuvo toda la noche en silencio, mirando por la ventana y tratando de asimilar lo sucedido. Prefería dejarla en paz, que pensara sin intromisiones. Además, yo tampoco tenía ganas de hablar del tema.
Por la mañana pasaron por debajo de la puerta unos cuantos folletos de la utopía del gobernador donde mostraba los beneficios de sus leyes con la imagen de una familia de sonrisa resplandeciente y donde hasta el niño más pequeño sostenía una herramienta de trabajo. Kaguya al verlo tiró todos por el retrete hasta que se atascó y se inundó todo el suelo.
—Kaguya, basta. Por favor.
—Hoy no voy a trabajar.
Salió por la puerta dejando un rastro de huellas de agua a lo largo del pasillo. La seguí, decidido a convencerla de que regresara. A mitad del camino nos topamos con un par de guardias que nos escudriñaron de arriba abajo. No dijeron palabra: simplemente tomaron a Kaguya del brazo y la arrastraron con violencia.
Ella forcejeaba y me pidió ayuda. Mis pies, convertidos en los de una estatua de plomo, se negaban a moverse. Con esfuerzo logré despegarme del suelo y empujar a uno de los guardias, liberándola por un instante. Pero el otro me atrapó por la espalda, y el que había caído al suelo se levantó para volver a forcejear con Kaguya.
Me sentía débil, incapaz de hacer nada. Nos arrastraron hasta un imponente castillo de torres blancas. Tanto por fuera como por dentro, el lujo se exhibía en letras mayúsculas: muebles dorados, columnas talladas a mano, cortinas y alfombras de terciopelo. Nada parecía escapar al derroche.
El gobernador nos recibió con una severidad pétrea en el rostro. A su lado estaba Sylkie, con las manos entrelazadas sobre los volantes de su vestido y el cabello cayendo en cascada por su espalda. Me dedicó una sonrisa, y yo le devolví la mía. Entonces, el gobernador se interpuso entre ella y yo, negando con la cabeza con una lentitud pasmosa.
—No esperaba que encima de que os he acogido como si fuerais un par más en nuestra ciudad os rebeléis de esta manera.
—¿Nos escuchó? —preguntamos Kaguya y yo al unísono.
—Por la seguridad de nuestra ciudad mantenemos a todos bajo vigilancia. Esta es la ciudad más segura, más limpia, más prospera de todo Solamena gracias a mí. No puedo permitir que nadie destruya todo lo que he construido a base de sacrificio y dedicación.
—Nosotros solo queremos proseguir nuestro viaje. Déjenos irnos cuando el portal esté terminado, trabajaremos todo lo posible hasta ese día si hace falta.
—El portal fue arreglado hace una semana —contestó el gobernador con total tranquilidad.
—¿Y no nos avisó? —pregunté indignado.
—No, porque pido que contribuyáis al crecimiento de la ciudad antes de seguir vuestro viaje.
Kaguya se abalanzó amenazante, la detuve a tiempo de que le propinará un golpe. Sylkie abandonó su posición para ponerse delante de su padre. En un principio creí que lo hacía para protegerlo, pero me equivocaba. En su lugar se detuvo a razonar con él.
—Padre, no funciona así, su especie no es como la nuestra. Entre hermanos son…estériles. Pueden contribuir de otra manera como luchando contra los Insurgentes. Ellos son los únicos que saben dónde se ocultan.