Exohumano

Capítulo 19. Uroboros.

A la mañana siguiente nos reunieron con un grupo reducido de soldados, los suficientes para atacar sin alertar a los Insurgentes. Kaguya se negó a participar; la cogí de los hombros, estaba helada y sudando al mismo tiempo. Me apartó de un empujón y salió corriendo.

Tenía intención de seguirla, pero no pude porque los soldados me retuvieron. Mientras uno de los dos les guiase hasta los Insurgentes, les daba igual que el otro no viniera. Me preguntaron si sabía usar armas; asentí y me entregaron un brazalete para defenderme en caso de que los Insurgentes nos atacaran. Me sudaban las manos.

Usé mi mapa para situarme dentro del plano en el que nos encontrábamos y amplié hasta dar con Solamena y, más concretamente, con las montañas de Kaudra, donde sabía que se esconderían. Guié al escuadrón hacia las afueras. Cuanto antes encontráramos a los Insurgentes, antes me iría del lugar y antes me olvidaría de todo, o al menos lo intentaría.

Era un pensamiento egoísta, pero muchos hubieran hecho lo mismo en mi lugar. Salvo Kaguya: era demasiado inocente para entender por qué lo hacía. Los Insurgentes eran unos ladrones y secuestradores; no hacía nada malo delatándolos.

Atravesando olas de polvo y olores secos, llegamos hasta donde se suponía que se habían refugiado los Insurgentes, pero no encontramos más que huellas y restos de hogueras. Los soldados siguieron el rastro de las mismas y fui detrás de ellos como uno más. Me fijé mejor en que había algunas con forma de garra; me recordaban a las de Yung y estaba seguro de que no se encontraría solo.

Kaguya debía haberse adelantado, pero desconocía cómo sabía llegar hasta ellos, a no ser que hubiera consultado el mapa en algún descuido mío. Y estaba seguro, por su carácter pasional, de que había alertado a los Insurgentes y los estaría guiando hasta otro lugar. No quería que los soldados hicieran daño a Kaguya por ayudarlos, así que me puse delante del escuadrón para intentar detenerlos.

—Ya deben estar muy lejos. Volvamos, otro día lo intentaremos.

—Lejos o no, no podrán escapar —dijo uno de los soldados con firmeza.

Me apartó tan fácil como lo haría con una mota de polvo en su ropa.

Unas horas después alcanzamos a los Insurgentes acompañados de Kaguya al borde de una ladera. Esta saltó con Yung por encima de estos y se interpuso entre ellos y los soldados. El escuadrón apuntó a Kaguya. Yo, a su vez, me puse en medio para protegerla a ella.

—Kaguya, no merece la pena arriesgarte tanto.

—Quiero que acabe la guerra, que todos vivan en paz.

—No funciona así. Las guerras no terminan con buena voluntad. Apártate.

—¿Por qué no pueden entenderse entre todos?

De pronto el Julen III de los Insurgentes empujó a Kaguya contra mí cayéndonos al suelo de golpe. Él montó sobre Yung para escapar y este último se levantó a dos patas tirándole contra el suelo de espaldas. Julen III se quedó mirando a su pueblo con incredulidad sentado en la arena. Ninguno de sus seguidores se movió para ayudarle. Estaban incrédulos, parecía que se habían dado cuenta de que les iba abandonar a su suerte.

—Maldita panda de cobardes. Sin mí no seríais nada —gritó y repitió varias veces. En lugar de levantarse se arrodilló frente a los soldados y continuó vociferando—: Ellos son inservibles, matadlos a ellos, a mí perdonarme la vida. No volveré a robar ni secuestrar ni asesinar. Esos días acabaron para mí. ¿Sí? Perdonarme la vida.

Se me removieron las entrañas al escucharle. El soldado que iba a la cabeza del escuadrón apuntó a la cabeza del rey y le disparó, desintegrándolo por completo.

Los niños gritaron tapándose los ojos, los bebés empezaron a llorar por el fuerte ruido. Kaguya y yo olvidamos cómo pestañear. Los soldados continuaron disparando a los Insurgentes.

Pero no podía verlo más. Tapé los ojos a Kaguya y cerré los míos. Solo escuchaba la carga impactar en los cuerpos como bombas estallando. Podía notar cómo Kaguya se sobresaltaba con cada disparo.

No abrí los ojos hasta que el silencio saturó la atmósfera. Los abrí despacio. Delante nuestra ya no había nadie, absolutamente nadie, menos que el polvo.

Los soldados celebraron la victoria con gran entusiasmo. Partieron a darle la noticia al gobernador. Me miré el brazalete y lo activé, apuntando hacia sus espaldas, teniendo en mente los llantos de los niños inocentes. Kaguya bajó mi brazo con cuidado, consiguiendo que retrocediera. Ella negó con la cabeza; tenía razón, no podía dejarme llevar o podríamos ser los siguientes.

En realidad, todo fue mi culpa, todas esas muertes innecesarias. Tenía tantas ganas de escapar de Solamena que había condenado a otros por salvarme. No pensé que sucedería aquello y menos en las mentes inocentes que se verían castigadas. Había caído en lo mismo que Kaguya: simplificar la guerra. No solo existían líderes y seguidores, sino también vidas indiferentes a cualquier bando.

Incluso se me ocurrió apuntarme a mí mismo con el arma, pero Yung me lamió la cara, borrando de mi mente esa idea. Lo abracé por el cuello y me deshice en lágrimas.

En cuanto el gobernador se enteró de las noticias de sus soldados, convocó una fiesta en la mayor plaza de la ciudad. Fue decorada para la ocasión con luces de colores y cintas; por primera vez la ciudad se llenó de color por orden del gobernador. Acudieron vecinos de todas las comunas, era un día festivo. Sin embargo, nadie dirigía la palabra a nadie: era un rotundo silencio entre desconocidos.




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