Nos guiamos con el mapa hasta dar con el plano correcto. Llegamos a una gran esfera de metal que con sus múltiples anillos abarcaba una estrella en su centro. Yung abrió otra grieta para descender en la propia superficie de uno de los anillos.
Al otro lado nos posamos encima de un edificio de cristal y acero. Me bajé de Yung y me asomé al borde. Veía puntos moviéndose de aquí para allá. Supuse que eran los habitantes, pero no les podía reconocer bien desde aquella altura. Kaguya y Sylkie desmontaron también y bajamos por la puerta de la azotea metidos en el ascensor de carga. Yung entró al mismo agachado y se mantuvo tumbado para no golpearse con el techo. Nosotros tuvimos que subirnos sobre él, ya que no quedaba libre ni un pie del suelo. Me fijé en el medidor del peso y, de milagro, estábamos rozando el máximo. Incluso para ser un ascensor de carga, no contemplaba subir una bestia interdimensional de 1 tonelada.
Oculté mi arma como un adorno en mi brazo. Era obvio que no era buena idea que me vieran armado y deshacerme del arma sería ridículo, no podría defenderme en caso de peligro.
En el lento descenso nos quedamos dormidos y nos despertó la campana del ascensor al llegar al hall de la entrada. Salimos primero Kaguya, Sylkie y yo, bajando de Yung; luego, este salió arrastrándose para no chocar con la cabeza. En el hall, decenas de seres gritaron al ver al casladia salir del ascensor. Se asustaron tanto que soltaron algunas de sus plumas. Un guardia abrió su pico para pedirnos que sacáramos a nuestra mascota, ya que estaba prohibido entrar dentro de los edificios con animales. Aproveché para preguntarle donde podríamos encontrar información sobre un planeta. Me preguntó el nombre del planeta, respondí que la Tierra y nos indicó que era el edificio T de la calle Planeta, en el siguiente distrito. Y enseguida nos echó con esa información hacia fuera, empujándonos con sus delgados brazos emplumados.
En la calle, que por cierto era muy ancha entre edificios, la mayoría recorrían su camino deprisa, sin detenerse ni un segundo, leyendo papeles o cargando columnas de ellos. Uno se chocó con nosotros por no mirar al frente y se le cayeron todos los documentos. Estiró su largo cuello hacia nosotros y nos dirigió una mueca de irritación. Le ayudamos a recoger, la textura de las hojas era sintética, similar al plástico, y al colocar la última hoja sobre el montón, el desconocido se marchó corriendo aún más deprisa.
Quisimos preguntar en qué dirección se llegaba al siguiente distrito, pero nadie se paraba ni un segundo a escuchar. Nadie parecía tener tiempo. Tuvimos que guiarnos por la señalización de las calles; tenía la sensación de haberme metido dentro del índice de un diccionario.
Andando me di cuenta de cómo las calles estaban construidas como una cuadricula con esquinas de 90 grados aparentemente exactos y que todos los edificios eran idénticos, salvo por la letra o el número. Sylkie estaba empalideciendo.
—¿No habíamos pasado por aquí ya? —preguntó Sylkie deteniéndose en seco.
—No —respondí—. Este es el edificio B y el siguiente es el O…No sé qué alfabeto tienen aquí, pero encontraremos la T en cualquier momento.
—Me sorprende que todavía puedas mantenerte concentrado —contestó Kaguya—. Yo me estoy mareando.
—Bueno, descansaremos un poco.
Encontramos un cubo al lado del edificio V, por las ventanas se veía a la gente descansando tomando sus tazas de lo que fuera que bebieran allí. Por lo que supuse que allí podríamos descansar. Uno de nosotros debía quedarse cuidando de Yung fuera para que no volvieran a echarnos. Kaguya se ofreció voluntaria, sin embargo, cuando vio que daba un pie hacia la puerta con Sylkie me detuvo.
—Es mejor si vamos tú y yo. Sylkie puede quedarse con Yung.
—Te has ofrecido tú, Kaguya, no te eches atrás.
Kaguya frunció el ceño y se sentó de brazos cruzados en el borde de las escaleras del bar.
Sylkie y yo nos metimos dentro y preguntamos por el precio de las bebidas y la comida. Me rugía la tripa. El dueño se apoyó en la barra y nos señaló el cartel encima suyo. Una bebida azucarada 2 telemies, una bebida salada 3 telemies. Por otra parte, un bocadillo eran 15 telemies. Sin embargo, no teníamos telemies así que pregunté si podíamos pagarle de otro modo. El dueño negó con la cabeza.
Me fijé en que allí dentro parecía habitual que todos llevasen un pequeño ordenador cuántico como una pulsera y miraban la pantalla proyectada con las pupilas dilatadas, como si absorbieran cada bit cuántico por los ojos. Me dio la idea de que quizá encontraríamos la información más rápido si dispusiéramos de uno. Pero también costaba telemies que te prestarán uno. Por lo que estábamos en las mismas, sin nada.
Uno de los clientes se levantó de la mesa indignado. El dueño nos ignoró a nosotros para ponerse delante suya y evitar que se fuera.
—¿Qué sucedió? ¿ El té no estaba bueno?
—No, aquí los programadores atacan siempre, ¿ha visto mi ordenador? —dijo enseñándole la pantalla con la imagen de una máscara que no podía ver bien por las interferencias constantes—. No he venido para que me roben mis datos. Dejaré una reseña negativa. Adiós.
El dueño persiguió al cliente hasta la puerta tratando de convencerle de quedarse, pero se marchó raudo sin escuchar ni una palabra entonces el dueño nos miró a nosotros con fiereza.