Exohumano

Capítulo 21. Pura cuántica.

Kaguya me animó a que le preguntara por el paradero de la Tierra, por el contrario, Sylkie me pidió que no lo hiciera, que no era seguro hablarle más, pues era un delincuente y podía meternos en problemas. Yo no lo pensé mucho. Era nuestra oportunidad de encontrar la Tierra y, además, sin saberlo él, me ayudó a escapar del laboratorio con sus lecciones sobre programación de nanorrobots.

—Necesitamos tu ayuda, Mitnick.

Sylkie me quitó de las manos el ordenador cuántico y lo tiró al suelo pisoteándolo para asegurarse de que no volvería a encenderse. Kaguya y yo nos llevamos las manos a la cabeza.

—¡Era nuestra oportunidad! —exclamamos al unísono.

—Es un delincuente, mira lo que le ha hecho a este pobre —Sylkie señaló al bailarín sin ropa que terminó desmayado con una sonrisa—. Le ha robado toda su información personal y ahora está en las drogas. Tenemos que ser sensatos. No se le puede pedir ayuda a cualquiera.

—Estoy desesperado, no me queda otra opción para encontrar la Tierra.

—Ella no quiere que la encontremos —comentó Kaguya—, nos quiere sabotear.

—Yo no quiero hacer eso.

Me interpuse entre las dos para evitar discusiones.

—Kaguya, basta de decir tonterías. Y tú no le hagas caso, Sylkie, ella quiere llamar la atención.

—Claro, la opinión que vale es la de Sylkie no la mía.

—He dicho que lo dejes.

Kaguya se cruzó de brazos. Yung le lamió la cara, pero ella ni se inmutó, continuaba pese a todo con el ceño fruncido.

De los pedazos del ordenador cuántico emergió una figura oscura que tomó forma humanoide. Cuando se aclaró mostró su verdadero rostro; era Mitnick. Su sonrisa, gracias a su boca ladeada, era una media luna menguante. Levantó sus cuatro brazos al cielo y exclamó:

—¡Tachán! Magia. Ustedes me han invocado.

Yung aplastó sus orejas hacia atrás y le gruñó. Kaguya lo acarició para que se calmara.

—Ni siquiera te hemos mencionado —dijo ella con sequedad.

—Si yo rompí el aparato —comentó Sylkie anonadada.

—Le diste flojo. En fin, escuché que estaban peleándose por mí.

—No —respondieron ellas coordinadas.

—Si voy a recibir este rechazo, les diré a otros cómo encontrar las coordenadas de la Tierra. Si me disculpáis...

—¡Espera! —exclamé, pero él ya hacía ademán de irse.

Me abalancé sobre él y le tomé del cuello de su chaqueta.

—Ni se te ocurra irte sin decírmelo.

Mitnick observó mi brazalete y se sobresaltó.

—No hace falta alterarse. Tranquilo. Hablemos en el plano cuántico.

—¿Qué es eso del plano cuántico? —pregunté soltándole.

—De donde acabo de venir. No es un plano tradicional en el que puedas meterte con esa bestia mal oliente que tienes de compañero —Yung volvió a gruñirle, Mitnick le sacó la lengua y continuó ignorándolo—: Se necesita algo más específico: un dispositivo conectado a la red cuántica y un láser que descomponga la materia y la recomponga en qubits cuánticos. En mi caso, tengo un anillo que une ambos requisitos. Como la magia, un visto y no visto.

—No he entendido nada —dijo Kaguya—. ¿De qué cubo habláis?

—No, se llama qubit —aclaré despacio—. Es un sistema que puede estar en más de un estado a la vez, y que se altera cuando lo mides. Eso explicado de forma simple, pero si nos vamos a la mecánica cuántica…

—No hace falta, ya lo entendí. Seguid con lo vuestro.

Sylkie se limitaba a asentir como si entendiera todo, aunque no me quedaba claro si era así o solo fingía para evitar alargar la conversación. Fuera como fuese volví a poner toda mi atención en Mitnick.

—El plano cuántico guarda toda la información del universo en qubits, incluida la de la Tierra. Puedo llevaros hasta lo que más deseáis.

—¿A cambio de qué?

—Porque me produce cosquillitas alejar a los Deus sus criaturas más preciadas.

Esa respuesta no era muy convincente —por no decir estúpida— y probablemente ni siquiera fuera cierta. Me volteé para ver a Sylkie que tenía los hombros caídos y el semblante serio, podía saber lo que estaba pensando “no confíes”. Pero estaba tan cerca de descubrir el paradero de la Tierra que fingí no saber leer su preocupación y acepté la ayuda de Mitnick. Kaguya asintió ansiosa por encontrar la Tierra. Sylkie suspiró resignada.

Mitnick levantó la mano en la que tenía el anillo que mencionó antes y manifestó un rayo verdoso que nos escaneó enteros, incluido a Yung y nos descompuso en pequeñas partículas. Todo mi cuerpo se desintegraba, aunque aún podía percibirlo como si estuviera ahí, pero sin llegar a ser mío. No dolía nada, casi todos mis sentidos estaban adormecidos. Cuando fue el turno de mis ojos se volvió todo oscuro y justo después, salpicando el vacío, fotones de luz que parecían luciérnagas revoloteando. También algunas vetas doradas y plateadas se dibujaban veloces en el permanente lienzo negro como estrellas fugaces. No había un suelo donde apoyarnos; el arriba y abajo eran relativos. No podía decir si realmente estábamos boca abajo o boca arriba.




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