Entonces sobrepasó nuestras cabezas un colosal ser azulado que se desplazaba en vertical, impulsado por su cola. Lo reconocí casi al instante: era el casladia de Infamous Dagger. Todos los xiriontes que chocaban con él se desintegraban al momento y muchos intentaban escapar alejándose lo más rápido posible de aquella masa.
Mitnick nos pidió silencio con tan solo un gesto de su dedo sobre su boca. Nos ocultamos debajo de un cumulo de fotones para no llamar su atención. Cuando aquello se alejó Mitnick fue el primero en comentar.
—Esos bandidos deben estar buscando algo de valor por aquí. No debemos molestarlos. Será mejor que sigamos lejos de ellos.
Fue así que nos adentramos todavía más en el plano cuántico con muchísima cautela.
A medida que íbamos avanzando el vacío se llenaba de ramificaciones luminosas de colores que repasaban toda la gama del arcoíris y que a veces explotaban en figuras extravagantes. Los xiriontes serpenteaban en grupos numerosos y formaban figuras de seres mucho más grandes que ellos. Cuando tocaban una esfera se consumía en sus cuerpos y desvanecía como el humo. Me parecía un espectáculo precioso a la vez que terrorífico, pues imaginar que yo pudiera ser una de sus presas era el peor de los resultados.
Más adelante nos adentramos en un espacio blanquecino salpicado de cubos oscuros formando cristales. Mitnick nos avisó encarecidamente de que no los tocáramos ya que podían desintegrarnos. Se trataba de errores de código, por supuesto, los cristales no eran sus verdaderas formas, pero allí dentro nuestros sentidos los interpretaban como un mineral oscuro y pulido que emitía un sonido chirriante.
Luego comprobamos que el molesto sonido no venía de los errores, sino de un ser de un tamaño inmenso que nadaba debajo de nosotros; comparándonos con él nosotros éramos insectos. Las texturas de su cuerpo eran diferentes por cada zona del mismo: su cabeza era lisa y brillante, sus aletas aterciopeladas y su piel era retales cosidos unos a otros de imágenes borrosas, ruido blanco, grabaciones mudas que se repetían una y otra vez. En conjunto era una amalgama que nadaba con una lentitud pasmosa, pero constante.
Al darme cuenta de que carecía de ojos y que en su lugar había dos agujeros negros infinitos, me produjo una sensación de picor en el estómago que me intranquilizaba.
Sylkie se abrazó a mí sin dejar de mirar al titan. Yo le acariciaba el cabello para tranquilizarla, su pecho latía muy rápido y noté que tenía al menos cuatro corazones bombeando al mismo tiempo.
Mitnick nos indicó con otro gesto que le siguiéramos y nos guió hasta detrás de un error sin llegar a tocarlo. En cuanto el chirrido se alejó salimos de nuestro escondite.
—Es un xirionte reina —comentó él—, de ella nacen todas las crías que nos topamos. Ella podría dejarnos secos en un instante si nos encuentra y generar más crías con nuestros restos. Debemos avanzar con cuidado.
Se podía escuchar cada coletazo de la reina retumbar. Y de repente una voz de auxilio, nos fijamos en el costado del titán de dónde provenía la voz y las imágenes de una hembra sollozando. Mitnick se quedó ensimismado.
—¿Mamá? —preguntó acercándose.
Yo le tomé del brazo para detenerlo. Pero no podía frenarlo, era como si la reina lo atrajese con su propia gravedad. Kaguya y Sylkie tiraron a su vez de mí para tratar de pararlo.
Entonces se empezó a oír otra grabación, con una canción de voz femenina que atrajo a Sylkie esa vez. Ella nos soltó y se aproximó a la reina. No podía soltar a Mitnick o nos quedaríamos sin guía, sin la información de la Tierra. Le pedí a Kaguya que la salvase. Pero ella prefirió ignorarme. Arrugué el frente más frustrado que enfadado con ella. No podía dejar que Sylkie muriera. Dejé a Mitnick en manos de mi hermana y esta le empujaba hacia atrás para que no pudiera avanzar más.
Yo abracé a Sylkie tratando de impedir que la siguiese atrayendo. Le cubrí los oídos con la esperanza de que dejara de escuchar la voz. Muchos xiriontes también se veían atraídos por la canción.
Kaguya y yo nos miramos, sino escogíamos a quien proteger, Sylkie o Mitnick, podíamos acabar perdiendo a ambos y estaba seguro de que ella no iba a ceder y yo tampoco.
La reina se volteó con lentitud clavando su vacía mirada sobre nosotros. No tenía voces para reproducir, no tenía imágenes para convencernos, no tenía nada para tentarnos. No había nada del pasado ni del presente que pudiera ser usado. Me entristeció pensar que no había nada de nosotros, como si fuéramos fantasmas y no tuviéramos presencia alguna. Pero tampoco podía lamentarme demasiado, era una ventaja en esos momentos.
Nosotros no podíamos ir demasiado deprisa cargando con nuestros compañeros. Poco a poco la reina nos alcanzaba, tenía la ventaja de su tamaño incluso moviéndose con sosiego.
Cuando le tocó un error, la reina sufrió una pequeña desintegración donde la rozó, pero no la detuvo. Se me ocurrió que con un mayor número de cristales podíamos hacerla más daño.
Nos metimos entre ellos esquivándolos. Uno de ellos desintegró la grabación que mantenía ensimismado a Mitnick y despertó como de un sueño profundo. Me ayudó a llevar a Sylkie para que no se acercara a la reina. La voz que le atraía aumentó de volumen, pero estaba distorsionada. Apenas entendía la letra de la canción salvo como un sonido grave.