Viajamos hasta un planeta oscuro donde la luz no alcanzaba la superficie. Nos llevaron sin grilletes solo con la amenaza de matarnos si intentábamos huir de ellos. Mientras que a Yung lo transportaban Litare y Elion en una jaula con ruedas.
Se escuchaba un jaleo insoportable de voces vociferando en diversas lenguas. Activé el casco con visión nocturna y Kaguya hizo lo mismo. Descubrimos ante nosotros que aquel alboroto se trataba de un mercado rebosante de clientela entre las sombras más profundas. Era una amplia red de tenderetes donde se vendían productos de toda clase: órganos extraterrestres que latían en frascos llenos de líquidos conservantes, bestias que se movían con frenesí dentro de jaulas, armas desde las atómicas hasta las de hidrogeno pasando por los brazaletes de antimateria, fotografías y datos robados de otros seres, sicarios ofreciendo sus servicios como si se tratara de comprar una barra de pan. Ante esto último Litare comentó a Elion:
—Yo no me ofrecía tan caro y te podía cumplir 10 objetivos en un día. Estos novatos no llegan ni a 5. Te lo aseguro.
Elion se limitó a asentir con la cabeza dándole la razón. Los miré de reojo y entonces Litare se dio cuenta y soltó la jaula de Yung dejándoselo a Elion para apoyar su brazo sobre mis hombros. Su compañero se detuvo porque no podía tirar de la jaula sin ayuda y todos nos paramos en mitad del mercado.
—El brazalete era tuyo, ¿verdad? —comentó Litare con picardía—. Porque la chica no gasta una talla tan grande de muñeca; tú debes saber lo que es matar a alguien, ¿o no? Tú, ¿a cuántos objetivos llegas?
—Uno —respondí, pensando en el gobernador; y cuando el profesor cruzó fugazmente por mi mente, añadí—: Por ahora.
—¿Ves, Elion? No duda en coger un arma como tú. Tiene ambición. Sería un gran fichaje, si no fuera porque le vamos a vender. Oye, ¿puedo quedármelo, Infamous?
—Si resulta que no vale ni una semilla, sí.
Kaguya gruñó. Se dirigió a Videl con paso firme para increparle.
—Tú nos ayudaste una vez y ahora nos tratas como mercancía.
—Vi las grabaciones —comentó Videl con frialdad—. Las cámaras de seguridad de la tienda grabaron la muerte de mi pareja por encubriros. No puedo regresar sin recordarle a él mirar a través de mi escaparate. Amaba a Impolur, quería lo mejor para él, no eso. Era demasiado bueno y yo también lo fui. Y en el momento en el que me enteré de que Infamous os buscaba me uní a él para ayudarle.
Kaguya enmudeció. Yo tampoco podía creerlo, nos había traicionado por venganza. Nunca se me ocurrió que un modista superficial escondería una faceta de bandolero. Pero tenía razón, fue nuestra culpa que lo mataran. Miré a Sylkie temiendo que algún día sufriera el mismo destino por unirse a nosotros. Cometí un error por dejar que nos acompañara. Ella me devolvió una mirada de preocupación. Al contrario que Mitnick, ya que no aparentaba estarlo en absoluto. Parecía que hubiera pasado por más situaciones delicadas como esta en la que nos encontrábamos.
Nos llevaron frente a un coleccionista. Me llamó mucho la atención que no poseía cara, sino un parasito pegado con un ojo de pupila horizontal y una boca rugosa por la que les hablaba a sus clientes. Estaba rodeado de jaulas con seres similares a babosas escurridizas, pájaros de plumas coloridas o reptiles inquietos.
El coleccionista se fijó primero en Yung; le midió la huella de las patas, el diámetro de la boca, el tamaño de los colmillos, todo para comprobar si estaba sano. Luego, sin darle mayor importancia al anterior, continuó identificando la especie de Sylkie. Apenas le salió un suspiro de decepción. Sin embargo, al ver a Mitnick se echó a reír como si se ahogara.
—Mira como has acabado —dijo señalándole con un dedo alargado—. Eso te pasa por entrometido. A ti te venderé el primero. Y luego a voso…¿Qué son estas cosas, Infamous? —Nos señaló.
—Eso deberías decírmelo tú, para eso te los traje. Quiero un precio.
El coleccionista refunfuñó para sí mismo. Sacó un dispositivo de su bolsillo que me apretó en el cuello; noté una punzada. Lo separó de mí y leyó la pantalla quedándose atónito. Infamous pisoteaba el suelo con impaciencia esperando una resolución.
—¿Y bien?
—Apenas valen nada, te los compro por 10 kejios y ya es mucho.
Infamous le quitó el dispositivo de las manos. El coleccionista intentó que se lo devolviera y como resultado terminó en el suelo de un empujón. Y para colmo Infamous al leer la pantalla se lo acabó devolviendo contra su cabeza.
—¿Qué no son valiosos? ¿Te crees que soy idiota? Me has intentado estafar y eso tiene consecuencias.
El capitán comenzó tirando una jaula al suelo liberando un reptil que huyó reptando a paso ligero. Elion lo siguió dejando libre a unos pájaros. Litare fue mucho más cruel matando a sus crías a puñetazos.
El coleccionista se movía de un lado a otro en el sitio sin decidirse hacia donde dar el primer paso o si huir. Pero cuando Infamous tocó una vitrina que contenía un vial, el coleccionista se interpuso para que no lo rompiera.
—Si destruyes esto todos moriremos. ¡Basta!
Me fijé en la etiqueta, se trataba de un virus: Kiros. Mitnick lo miraba con especial interés como si viera algo en él que yo no.