Exorcistas y Caza-Demonios

Acto 1: "Poseído o no"

–Ubicación: Ciudad de Burgos, España.

–Fecha: 15 de Marzo a las 1800hrs. (3 años antesde la Guerra Prometida).


En una tranquila tarde, cuadno las suaves luces del atardecer cubren las calles de Burgos, un taxi se estaciona frente a una casa bastante grande, con aspecto rústico y lujoso, como una mansión de un millonario engreído. Del taxi sale una persona de apariencia formal, tipo de oficina, exceptuando que llevaba consigo un pequeño bolso marrón que le cruzaba el cuerpo, y  una cruz de madera en su cuello, a la misma altura que el nudo de su corbata. Antes de alejarse del taxi gira su vista hacia la ventana de adelante y le agradece al conductor por su hospitalidad, y que pronto le pagaría el favor que le hizo. Después de eso, el taxi sigue su camino en las calles de Burgos, y la persona camina hacia la gran casa.
Cuando estuvo frente a la reja que daba la entrada a la casa, fija su mirada a la cámara de seguridad que lo estaba justo mirándolo, y al notar que tenía integrado un micrófono, dice en voz alta.
—Soy el hombre del que les hablo el Padre Julián.
Después de aquellas palabras, la reja se abre para darle paso a la casa. Avanza con tranquilidad, como si el tiempo estuviera a su favor, pero al estar frente a la puerta de entrada, no toco la puerta para que le abrieran, al menos no antes de guardarse la cruz de madera bajo su camiseta.
No tardaron en abrirle la puerta, del otro lado lo recibe un hombre posiblemente de mediana edad, que usaba un esmoquin negro, dándole la bienvenida con una voz seria.
—Lo estábamos esperando Señor...  Y para serle honesto, no creí que fuera tan puntual.
Y la persona le responde con amabilidad.
—Cuando un hijo le pide ayuda al padre, el padre siempre acude a sus plegarias.
El hombre con esmoquin asiente con la cabeza para darle la razón, luego se hace a un lado para dejarlo entrar a la casa.
La casa era mucho más espaciosa de lo que aparentaba desde afuera, la distancia entre el suelo y el techo era tan grande que haría ver a un jugador profesional de baloncesto como una persona de estatura normal. El techo parecía ser más un museo por las preciosas pinturas que poseía, obviamente hecho por un artista profesional que se inspiró en la antigua época del Barroco. Al avanzar entre los pasillos se lograban a apreciar sofisticados muebles y una decoración, que posiblemente costaran una fortuna. Pero algo parecía no andar bien, la persona alcanzaba a presenciar que en algunas de las habitaciones se veía un tanto espaciosas de lo normal, y las agrupaciones de polvo y suciedad en algunos lugares como en el suelo o en las paredes confirmaban la sospecha de que algo fue removido de su posición original.
Luego de un rato de caminar, el hombre con esmoquin se detiene frente a una especie de sala de espera, y en esa sala se encontraba otra persona, un hombre pelirrojo con anteojos que estaba sentado en un sillón al lado de una chimenea encendida, mientras se disponía a leer un libro con dedicación. El titulo se podía ver claramente desde lejos. "Expresiones de la Locura: El arte de los enfermos mentales" de Hans Prinzhonrn. Puede que sea un título un tanto largo, pero es una obra que cualquier psiquiátrico debía conocer en su carrera. De repente, el hombre con esmoquin interrumpe el silencio diciendo.
—Le ruego que espere aquí mientras busco al Sr. Fénix para verlo.
La persona asiente con una sonrisa y el hombre con esmoquin se retira.
Al comienzo la sala se encontraba invadida por el silencio, hasta que el otro hombre, después de terminar un capitulo, se dispone a apartar la vista del libro mientras limpia sus anteojos con un paño que saca de su bolsillo, y cuando revisa si están bien limpiados se da cuenta de que ya no estaba solo en la sala. Cuando reconoció al recién llegado dijo en tono de sorpresa.
—No creí que España fuera un país tan pequeño, ¿Eres tú, Padre Ronan?
 El recién llegado le regresa la mirada, como cualquier persona lo hace al escuchar que alguien más dice su nombre.
—Ah?... ¿Quién me habla? ¿Dr. Clemont?
—En carne y hueso. –decía mientras se levantaba de su puesto para  estrecharle la mano–. Ha pasado tiempo desde que nos vimos, la última vez fue en el exorcismo de la hija de un contratista en Madrid. A ver ¿Cómo se llamaba la niñita?
—Se llamaba Ángela, eso fue hace 3 años.
–¿3 años? –dijo en tono sorpresivo–.No me acordaba que fuera hace tanto tiempo, y lo creo mucho menos al verte. Usted no ha cambiado en nada, realmente no demuestras los 40 años que tienes encima.
—Tengo 54 años.
— ¿54 años? ¿Acaso los sacerdotes de la iglesia católica tienen una fuente de la juventud o algo así? –Lo decía mientras sonreía.
—No lo creo, porque el Padre Julián tiene 70 años y su rostro parece una papa vieja con peluca de telaraña -dijo el Padre Ronan y ambos rieron a carcajadas-. Pero no le digas eso, es un gran hombre y encima es muy amable para su edad.
—Tienes razón –decía mientras tenía la mirada perdida en el techo–. Y pensar que él fue el que me bautizo cuando era solo un bebé.
— ¿En serio? No lo sabía. Y hablando de bautizos ¿Ya has bautizado a tu hijo?
—Si te refieres a Gabriel, fue bautizado cuando tenía 2 meses, ahora va cumplir 3 años en el mes entrante. Oye ¿No quieres ir a su cumpleaños? Mi hermano y mi esposa estarían muy felices de volver a verte.
—Me alaga tu invitación, enserio estaría más que contento en ir a ver a tu niño por primera vez -dijo con ligero tono de tristeza-. Pero solo Dios sabe cuándo otra oveja del rebaño necesitará mi ayuda, y debo estar siempre dispuesto a salvarlo.
Luego de su respuesta, ambos quedaron en silencio. El Dr. Clemont parecía pensar con cuidado las palabras del Padre Ronan. Cuando parecía que ya estaba listo dice.
—Oye, no es necesario que respondas ahora, puedes decirme si estas desocupado en su día de cumpleaños. ¿Aún tienes mi número, no?
—Sí, aún lo tengo, aunque casi nunca uso mi celular y a veces lo pierdo.
—Eso explica porque nunca contestas los mensajes de nadie –dijo el Dr. Clemont y se pusieron a reír nuevamente.
–Veo que ustedes, caballeros, se llevan muy bien entre sí –dijo una voz que interrumpió la conversación–. Supongo que ya se conocen.
La voz provenía de un sujeto que bajaba una escalera rumbo a la Sala de Espera, con el hombre con esmoquin a sus espaldas.
—Siento mucho la tardanza, tuve que atender unos asuntos que requerían mi presencia. Y espero que mi buen amigo Eliot los haya recibido de la manera que merecen –decía de una manera tan calmada que daba la impresión de que estaba drogado o se encontraba en una especie de estasis–. En fin, saben que soy Adrián Fénix, pero pueden llamarme solo por mi nombre. Primero que nada, quiero darles las gracias por venir en mi ayuda, en especial a usted –decía mientras fijaba su mirada hacia el Padre Ronan–. El Padre Julián me lo ha recomendado por su experiencia y conocimiento sobre estas "situaciones", espero que sus palabras sean ciertas Padre... eh.
—Ronan, mi llamo Ronan Fergus.
—Por supuesto, lo siento, pero no soy muy bueno con respecto a recordar nombres.
—No se preocupe por ello –dijo el Padre Ronan de una manera repentina–. No quiero sonar grosero, pero quisiera que comenzáramos con el tema primordial.
—Sí, por supuesto Padre.
El Sr. Fénix se sentó en una silla de cuero y le pidió a Eliot que les trajera algo para beber. Al preguntarles que querían, de inmediato el Padre y el Dr. Clemont le respondieron al unísono que querían una taza de café. Esperaron a que Eliot les trajera lo pedido para comenzar.
—Muy bien, ahora quiero que me cuenten todo lo que pasó, si pueden desde el principio. –dijo el Padre Ronan con una actitud de un profesional bajo sus palabras.
—Como guste. –respondió Adrián e inicio a contar–. ¿Usted sabe sobre el caso del homicidio colectivo en las afueras de Burgos?
—Sí. –respondió el Padre Ronan–. Hace 2 semanas se encontraron en un depósito abandonado a 8 víctimas que fueron desmembradas y degolladas, y se halló al posible asesino colgando de una cuerda marrada a su cuello. Lo sé porque el departamento de policía me llamo para verlo debido a que se encontró en la escena un pentagrama satánico.
— ¿En serio? –dijo Adrián sorprendido–. Entonces podre ir al grano del asunto. Mi hijo, Manuel, trabaja como asistente de un reportero que se encargó de cubrir esa noticia, según con lo que me contaron, él fue el que encontró el cuerpo del homicida, lo escucharon gritar y lo encontraron desmallado. Después de encontrarlo inconsciente, su equipo llamo a una ambulancia de inmediato. Pasó un día entero en el hospital, pero ya que aparentaba estar bien, los médicos suponían que Manuel sufrió un ataque de pánico el ver un cadáver por primera vez, lo cual me pareció extraño...
— ¿A qué te refieres con extraño? –preguntó el Padre Ronan.
—Por qué Manuel ya había visto muertos antes, a muy temprana edad, en un accidente de auto que cobro la vida de sus amigos. Pero lo tomo muy bien, y eso que solo tenía 11 años.
—Ya veo, por favor prosiga. –dijo el Padre Ronan.
—Luego de dos días, en un domingo por la mañana fuimos con él a Misa, pero al momento en el que estábamos por entrar a la Iglesia, Manuel me insistía a que el resto y yo entráramos y que él nos esperaría afuera. Al preguntarle el motivo me respondió que no se sentía bien, al no creerle en su escusa le empujaba gentilmente hacia las puertas de la Iglesia hasta que puso un pie dentro. Inmediatamente desprende un grito de dolor tan fuerte que todas las personas al nuestro alrededor lo escucharon, gritaba como si le hubiéramos sumergido el pie en lava hirviendo, y no es broma, inclusive su pie humeaba. Posteriormente del grito, Manuel me toma del brazo y me apartó de él bruscamente. Y por un momento pude ver que en su mirada, sus pupilas estaban desvanecidas, al igual que las de un ciego, después de un parpadeo, recupera sus ojos y regresa a la normalidad inconsciente de lo que ha hecho.
—Entonces después de eso, usted llamo al Dr. Clemont para ver si se trataba de un problema psicológico ¿no? –interrumpió el Padre Ronan con su deducción.
—Exactamente.
–Desde aquí explico yo el resto Adrián. –dijo el Dr. Clemont–. Al día siguiente de lo que pasó en la Iglesia, Adrián me llamó para que viera a ver a Manuel. Y ya que había terminado con mi último paciente recientemente, no tenía problema y le di una cita en mi consultorio con él.
No le puedo decir con exactitud de lo que hablamos en privado por razones de privacidad, pero puedo mencionar mis estudios sobre él.  Al principio de nuestra conversación no mostro señales de demencia, algunos gestos de depresión al mencionarle ciertos temas como cualquiera, pero mientras conversábamos, note unos rasgos parkistas...
—Discúlpame Doctor por mi falta de conocimiento médico –interrumpió Adrián–. ¿Pero qué significa parkistas?
—Es una conjugación del Mal de Parkinson. –respondió el Padre Ronan–. Una enfermedad neuronal que consiste principalmente en trastornos de movimiento.
—Oh, ya entiendo. –dijo Adrián.
—Muy bien, como les decía. –prosiguió el Dr. Clemont–. El primer síntoma parkista que note fue el  ligero temblor en su mano izquierda, aparentemente su hijo no lo notaba, ya que me hablaba conmigo como si nada. Luego de unos minutos, el síntoma se hizo aún más presente, flexionando y estirando dedo por dedo, del pulgar al meñique, hasta que empezó a abrir y cerrar la mano con lentitud. Temía que se presentara el tercer síntoma, la descoordinación y la falta de equilibrio al caminar. Pero lo que paso fue algo mucho peor. Al momento de que le pregunte si acaso recordara sobre su "encuentro" con el homicida, me preguntó de que estaba hablando, y lo dijo de una manera tan convincente, que pareciera que no tuviera ni la más mínima idea de lo que estaba preguntándole. Repentinamente, su mano agarro una pluma de mi escritorio e intento perforar mi mano con ella. Por gracia de Dios, reaccione a tiempo para que la pluma se quedara enterrada en mi escritorio. Personalmente me sorprendió, yo no fui el único, sino también Manuel –después de esa últimas palabras, el Padre Ronan y Adrián lo miraron extrañado–. Se los explico de inmediato. En todo este tiempo que estábamos hablando, Manuel solo me miraba a mí, en ningún momento desvió la mirada y mucho menos hacia mi escritorio. Luego de concluir con la cita, me dedique a analizar los apuntes que tome entre la charla. Al principio, supuse que padecía de un trastorno de personalidad, como esquizofrenia pero no mostraba signos más explícitos. Luego considere la opción de la paranoia, sin embargo descarte esa teoría debido a que no mostraba delirios o algo por el estilo. A decir verdad, aunque había adquirido bastante información en la primera sesión, no eran lo suficiente para sacar una conclusión. 
—Bueno, luego de un tiempo después de la cita, en menos de una semana, le llamé en las primeras horas de la madrugada por teléfono –continuó esta vez Adrían–. Le dije que Manuel estaba rasgando y destrozando las pinturas, y le pedí que viniera lo más rápido posible. Le abrí al momento en que llegó y le guíe a donde estaba Manuel. Se encontraba en el estudio de Eloísa, desgarrando los cuadros con sus uñas desangradas, escribiendo palabra por palabra, una y otra vez la misma frase. "En el Infierno, las celdas están marcadas con sus nombres", sin mencionar que decía a si mismo entre susurros "No te resistas, no tiene caso pelear, tu cuerpo ya me pertenece..."
—Luego intenté hacer contacto físico con él –continuó el Dr. Clemont–. Pero al apoyar mi mano en su hombro, su cabeza dio un giro, dándome la oportunidad de estar frente a frente y ver lo mismo que Adrián vio en la entrada de la Iglesia. Sus ojos estaban ofuscados, las pupilas desvanecidas, el iris distorsionados y sin color, las venas alrededor de sus parpados marcadas, y una mirada repleta de odio, que literalmente estaba segado por la ira. En esos segundos en donde fijaba su mirada hacia mí, Manuel me agarro del rostro y me levanto con tal fuerza que solo necesitó una mano. Al instante me lanzó hacia el escritorio de la habitación, el impacto me dejo dolorido y desequilibrado, pero eso no evito que reaccionara y esquivara su embestida, Manuel choco contra el mismo escritorio y lo partió en dos. Dios sabe si no lo hubiera esquivado, estaría muerto desde entonces. Manuel se incorporó como si nada y corrió rumbo hacia a mí y no tuve más alternativa que salir del estudio. Al salir, automáticamente cerré la puerta del estudio, sin importarme que le haya cerrado la puerta en su cara, pero para variar, Manuel comenzó a chocar contra la puerta una y otra vez junto con unos toscos y horribles gruñidos. No podía resistir mucho, así que les grite a Adrián y a Eliot que me echaran una mano. Fue muy difícil mantenerlo al margen, no sé si era por el cansancio de la noche, o por los moretones, pero se sentía que le dábamos pelea a un oso.
—Después de eso, Manuel se detuvo, posiblemente por cansancio, pero la insertidumbre apestaba en el aire,  aprovechamos de tomar un descanso, fui directo a consolar a Eloísa, que se notaba muy angustiada. Mientras el Dr. se tomaba su tiempo para reincorporar el aliento, le pedío a Eliot a que me trajera un vaso de agua y que lo mantuviera cerca, luego nos advierte que volvería a entrar al estudio y yo me puse detrás de él junto con el vaso mientras Eliot llevaba a Eloísa a nuestra habitación.
—En cuando Eliot regreso, abrí la puerta con lentitud, aunque no estaba el clásico chirrido de las puertas, el silencio era más abrumador. El estudio a plena vista se encontraba vacío, bueno, sin mencionar el desastre que provocó, me fue muy difícil dar el primer paso dentro, ya que aún con las luces, no podía ver en donde estaba, pero podía sentir que él me estaba observando, como si fuera una especie de depredador asechando a su presa en las sombras. Intente buscarlo con la mirada pero no estaba en ninguna esquina, hasta que se me ocurrió levantar la cabeza con el deseo de no encontrarlo ahí. Pero colgado de cabeza en un candelabro, se podía ver a Manuel intentando contener su risa entre sus dientes. Sin aviso, Manuel se suelta del candelabro, dejando caer su cuerpo sobre mí dejándome con la espalda en el suelo, no me dio ni un respiro e inicio a estrangularme sin piedad con sus heladas manos. Con lo que me quedaba de aliento le dije a Adrián que usara el agua. Adrián no tardó en reaccionar, llamo la atención de Manuel y le arrojó el agua a su rostro. Manuel se quedó perplejo, dejo de estrangularme y después de un parpadeo suyo sus ojos regresaron a la normalidad. Fue increíble el cambio de una mirada asesina a una repleta de miedo, preguntando qué había pasado mientras se miraba sus manos temblorosas. Y Adrián no pensó en el riesgo y si acerco a abrasarlo y a decirle que todo estaba bien. Posteriormente de dejar la habitación de Manuel sin cosas para que no las rompiera, regrese a mi casa a dormir, llegue más o menos como a las 3 de la mañana.
— ¿Y qué paso después de que el Dr. Clemont se marchara, Adrián? -pregunto el Padre Ronan.
—Bueno, desde entonces no hubo otro alboroto como ese, pero eso fue porque mi hijo anduvo de insomnio por dos noches -respondió Adrián-. No podíamos soportar verlo sufrir, así que fuimos a la Iglesia para pedirle ayuda al Señor, y sí que nos ayudó. El Padre Julián alcanzá a escuchar nuestras plegarias y nos dijo que conocía a un sacerdote licenciado en exorcizar, presumía que tenía una racha intachable, también decía que era el mejor que conocía, quizás el mejor de toda Europa. Al principio nos aterraba la idea de que nuestro hijo fuera víctima del Diablo, pero si así es la situación y si era la única alternativa para ayudarlo, aceptamos su ayuda. Y ahora estamos aquí, reunidos para salvar a mi hijo de que, o quien, o de lo que sea que lo está atormentando.
— ¿Con esto es suficiente información Padre Ronan? –pregunto el Dr. Clemont–. ¿O necesita más detalles?
—No, con eso está muy bien –responde el Padre Ronan–. Pero tengo una duda, ¿Acaso le contaron a Manuel sobre la Posibilidad de que estaba "poseído"?
—No, ya que no hemos tenido oportunidad de hablar con él –respondió Adrián–. ¿Por qué?
—Ay qué bueno escuchar eso -dijo el Padre Ronan junto con un suspiro de alivio-. Y en cuanto a tu pregunta. La brecha para distinguir a un poseído de un demente es muy delicada, si acaso le insinuaras a tu hijo que tienen la sospecha de que él tenga un ser maligno en su interior, y si en realidad su problema es psiquiátrico, el subconsciente dañado desarrollarían síntomas para que dar la fantasía de que realmente está siendo poseído por un demonio. Por eso les pedimos a los amigos y los familiares del afligido que guardaran silencio para protegerlo de sí mismo y para poder salvarlo.
—Entiendo –dijo Adrián–. Lo que no entiendo es que como alguien como usted sabe tanto sobre la psicología.
—En mis años como exorcista he tomado experiencia de mis compañeros terapeutas que era casi imposible no aprender un par de cosas. –dijo el Padre Ronan.
—Eso explica porque ustedes dos se llevan muy bien –dijo Adrián–. Volviendo al tema, ¿Qué haremos para averiguar si Manuel esta poseído o es un problema psicológico?
—De eso me encargo –dijo el Padre Ronan y le pidió a Eliot que trajera un vaso de agua. Cuando Eliot regreso con el agua y se lo entrego al Padre Ronan, luego el Padre abrió su bolso marrón y de él saco un frasco de agua bendita–. El agua bendita no posee sabor, olor o textura que lo diferencie de la normal, debido a que sus efectos no son físicos, sino espirituales, y solo los ángeles, los demonios y algunas personas especiales lo notarían. Así que a Manuel le ofreceremos esta agua para que lo beba, si se lo tomara sin ningún percance, significaría que no estaba poseído desde el principio, pero si se negaba hasta el punto de perder los estribos, sería la señal de que nos estamos enfrentando algo peor.
Al momento de que todos entendieron el plan, Eliot se fue a buscar a Manuel para presentárselo al Padre Ronan. Manuel se veía devastado, con ojeras bajos su mirada cansada y una tez pálida por piel. Le dificultaba mantenerse de pie y constantemente se apoyaba en las paredes o en Eliot mientras avanzaba lentamente hasta que se sentó.
El Padre Ronan hace el primer contacto preguntando le cómo ha estado. Manuel demostraba un gran esfuerzo en mover los labios para hablar, pero las únicas palabras que alcanzaron  a salir fueron: "cansado... débil... helado... asustado". Después de que el Padre Ronan lo escuchara, le ofreció el vaso y Manuel acepto con la cabeza, y extiende su mano para tomarla, pero cuando estaba a centímetros del vaso, su mano se detuvo rígidamente.  Luego de unos movimientos temblorosos, comenzó a lanzar quejidos y gemidos de esfuerzo por retomar el control de su brazo, hasta el punto de forzarla con la otra mano. Por un rato la mano no cambiaba su posición, prácticamente estaba paralizada, así que dio por vencido y decidió tomarla con la mano izquierda. Al momento de levantar el vaso y de estar a punto de beberla, su otra mano se movió repentinamente y lanzo el vaso por los aires, impidiéndole que la bebiera. Pero a pesar de eso, el agua cayó sobre Manuel, haciendo que diera un salto de dolor junto con un grito distorsionado y demoniaco, el grito era tan fuerte que nadie escucho en que momento el vaso se estrelló contra el suelo.
Manuel mira hacia abajo mientras se agarra la cabeza con fuerza, como si estuviera a punto de explotar, pero lo que más escalofríos les ponían era como el agua bendita se escurría por su cuerpo de arriba abajo haciendo que su piel humeaba como si un metal al rojo vivo lo templaran en hielo. Mientras más se esparcía, más vaho salía, y más gritos de dolor soltaba. Ninguno se podría imaginar un dolor tan grande que no te permitiría mantenerte de pie. Por desgracia, ese dolor inimaginable lo estaba sintiendo.
A Adrián le partía el corazón al ver a su único hijo sufrir de esta manera, y como todo padre, fue a ayudarlo, cometiendo un error que casi le cuesta la vida.  Al instante de que Adrián apoyo su mano en el hombro de Manuel, su mano dio un movimiento casi imperceptible directo al cuello de su padre y sin haber apartado la mirada del suelo.
Poco a poco se levantaba del suelo, mientras lo sostenía sin estrangularlo pero con firmeza, los gritos que daba con todo el aliento fueron cesados, dejando pasar una respiración profunda y pesada. Posteriormente, levanta la cabeza, dejando ver sus ojos, esos mismos ojos que vieron Adrián y el Dr. Clemont, ojos que aseguraban la sospecha, en ese momento el quién estaba frente a ellos no era Manuel, sino un ser con sed de sangre y destrucción insaciable. Un demonio.



Cerberuz Duwall (J.S.)

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En el texto hay: lenguaje adulto, religion, escenas fuertes

Editado: 27.08.2018

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