Expediente Biblico

PREFACIO

Entrando en materia. Jamás consideré llegar tan lejos con Dios. Siempre pensé que mi antigua rutina de vida —marcada por los vicios, las malas palabras y un sinfín de actos erróneos— sería el oprobio que me impediría cruzar ese muro inquebrantable que me separaba de ser Su hija. Pero no fue así: Él me salvó. Puso en mis manos un esfero para servirle como sofer, aun cuando no me sentía digna de nada. En estas líneas, relataré lo que viví y lo que vi a su lado; espero seguir siendo testigo de Sus maravillas junto a Jesús de Nazaret, mi primer amor.

​Recuerdo que era una temporada de mucha actividad. Las ventas aumentaban y el trabajo en Lima, Perú, era absorbente. Tenía una suerte fenomenal; las oportunidades abundaban gracias a una oración que, entre lágrimas, le hice a Dios sentada en una plaza, recién llegada al país. Solo llevaba mis maletas y veinte soles en el bolsillo. Dios me escuchó y jamás me desamparó; al contrario, abrió una puerta tras otra.

​En aquel tiempo, aunque la escasez de empleo era extrema y los sueldos para los extranjeros eran degradantes, para mí fue distinto. No viví mal; incluso pude permitirme residir en Surco, una de las zonas más exclusivas de Lima. Desde aquella oración, nunca me faltó nada. Sin embargo, entre la distracción del trabajo y las malas amistades, me aparté de mi primer amor, lo cual terminó afectando mi relación de pareja y mi matrimonio.

​Tras el desajuste de mi vida, caí en una profunda depresión. Lloraba y gemía amargamente, sintiéndome confundida y perdida. Fue entonces cuando conocí a un grupo de personas que, con generosidad, me invitaron a una iglesia cristiana bautista. Comencé a asistir, aunque sin muchas ganas... hasta que un día, finalmente, toqué fondo.




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