Expediente Biblico

CAPÍTULO I.

En busca del rostro de Dios

¡QUIERO VERTE!

​Corría el mes de diciembre cuando nació este deseo inmenso en mi corazón. Quizás mi manera de clamar fue demasiado intensa; considerando la situación, más que un clamor, era una exigencia hacia Dios. Estaba harta de suponer que Él siempre estaba conmigo cuando la realidad era otra: me sentía a años luz de Su presencia. Y no era Él quien se había alejado; era yo quien se distanciaba cada vez más.

​Un día, cansada de vivir en inconformidad, decidí buscar ayuda en la iglesia. Comencé a estudiar la Palabra bajo la guía de una hermana llamada Arelis. Sin embargo, a medida que profundizábamos, mi espíritu se fue enfriando. Empecé a asistir de forma esporádica y, ante sus ruegos de puntualidad, yo siempre tenía la excusa perfecta: "el trabajo".

​Me aterraba la naturalidad con la que mentía; las palabras salían de mi boca sin pensar, como si otra persona dentro de mí planificara cada engaño. Aun así, intentaba no faltar al culto dominical. Asistía religiosamente, pero todo se tornó lúgubre el día que reconocí haber tocado fondo.

​Ese domingo, con la conciencia cargada por lo que había hecho durante la semana con mis "amigos", asistí a la congregación. El pastor Pepe dirigió el culto. Hacía tiempo que no le escuchaba predicar y siempre me había impactado cómo sus palabras escarmentaban mi mente, siempre bajo esa conducta apacible de un buen padre. El tema fue: "El odre nuevo, el odre viejo y el cultivar la tierra".

​Me sentí profundamente incómoda. Sentía que cada palabra me rompía, como si el mensaje fuera un dardo directo hacia mí. "¿Se habrá ensañado el pastor conmigo?", me preguntaba. Era absurdo, apenas me conocía. "¿Cómo podría saber lo que hago? ¿Acaso me vigila?".

​Al finalizar, salí huyendo. El corazón me ardía; sentía una mirada constante, una sensación intensa que me sofocaba. Corrí mientras lloraba, dándome golpes de pecho y pidiendo perdón a los cuatro vientos en plena vía pública. Al llegar a mi cuarto, ya más calmada, intenté perder el tiempo como de costumbre: redes sociales y banalidades. Pero de pronto, el dolor en el pecho regresó. El recuerdo de la prédica me azotó como un látigo.

​Entré en una crisis de desesperación. Lloré, gemí y me revolqué en el suelo sintiendo un enojo irracional contra Dios. Sentía que esa "otra parte de mí" se resistía a la verdad. Finalmente, tirando de mis cabellos, gruñí entre dientes:

¡Basta! ¡Quiero verte!

​Deseaba con ansias verle. Le supliqué una respuesta, y esa misma noche me fue concedida.

​Estaba acostada boca abajo cuando una poderosa presencia inundó la habitación. Era una mezcla divina de paz y temor. Una luz intensa, que parecía atravesar la ventana, se reflejó en la pared. Mi cuerpo quedó tieso, no podía mover ni un dedo. Entonces, escuché una voz que no conocía, pero que mi corazón reconoció de inmediato.

​—¡Señor! —exclamé perpleja.

Ven a verme —me dijo Él.

​Hice un esfuerzo sobrehumano por voltearme, pero era como si el colchón estuviera pegado a mi cuerpo. La voz insistió con autoridad:

¿Quieres verme? Ven a verme.

​El aire me faltaba por la ansiedad.

¡Señor, lo intento, pero no puedo! —respondí desesperada.

No puedes verme. Y no podrás... es mejor que endereces tus pasos desde ahora, si quieres verme.

​Su voz sonaba firme, llena de una razón indiscutible. La luz se desplazó hacia la cocina y yo exclamé:

¡No! ¡No te vayas, te lo suplico!

​Desde la distancia, antes de que la luz se disipara y mi cuerpo recuperara el movimiento, sentenció:

Cuarenta semanas para fundar la nueva iglesia.

​Me quedé sola, lamentando mi impureza. Él tenía razón: en ese estado, yo no podía verle.




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