Expediente Biblico

CAPITULO II.

Mensaje de un ángel de Dios en sueñosCUARENTA SEMANAS PARA UNA NUEVA IGLESIA

¿Cuarenta semanas... a qué equivale ese tiempo?

​Tras las palabras del Señor, me sumergí en una profunda reflexión. Al principio, creí que se refería a un cambio interno que debía ocurrir en mí durante ese lapso. Convencida de que el ayuno era la llave para desentrañar el mensaje, inicié uno que se prolongó por siete semanas. El pastor siempre enfatizaba que nosotros somos la Iglesia de Cristo, pues nuestro cuerpo es templo y morada del Espíritu Santo; por ello, me obsesioné con la idea de un cambio radical a través del sacrificio y la abstención.

​Hice algo que nunca antes había practicado con tal devoción: leer. Leía la Biblia una y otra vez, suplicando a Dios que me diera entendimiento porque sabía que sola no podía. La respuesta fue instantánea. Al leer, era como si una película se proyectara ante mis ojos; todo llegaba como un destello imborrable. Comencé a comprender misterios que antes me resultaban ajenos en los cultos, y registraba cada aprendizaje con cuidado.

​Sin embargo, la pregunta seguía martillando mi mente: «Cuarenta semanas para la nueva iglesia». ¿No era muy poco tiempo? ¿Qué significaba realmente?

​Investigando en las Escrituras, llegué a las setenta semanas de Daniel. Pensé: «A Daniel le dieron una profecía de setenta semanas, pero a mí Jesús me habla de cuarenta». En mi inquietud, busqué la respuesta más simple: acudí a un buscador y escribí «cuarenta semanas». La respuesta me dejó sin aliento:

Cuarenta semanas es el tiempo exacto de un embarazo.

​¡Claro! Cuarenta semanas para fundar la nueva iglesia. Fundar es crear, concebir, dar a luz. De inmediato, mi búsqueda me llevó al encuentro entre Jesús y Nicodemo sobre la necesidad de volver a nacer.

​En Juan 3:3, el Señor dice: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios»; y en Juan 3:5 añade: «El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios».

​Entendí entonces que Dios no solo quería que creyera; quería que yo naciera de nuevo. Comprendí que el bautismo en agua y en espíritu era el paso indispensable para alcanzar la promesa de ver Su rostro.

​La alegría recorrió cada fibra de mi ser. En ese estado de plenitud, comencé a dibujar de manera casi inconsciente. Dibujé y dibujé hasta que, al recobrar la noción del tiempo, me quedé estupefacta ante lo que había plasmado en el papel. Aunque en ese momento me sentía confundida por el diseño, una voz interior me aseguraba que venía de Dios.

(Nota: El dibujo mencionado se encuentra disponible en la edición de Amazon).

​Desde ese día, emprendí con una determinación inquebrantable el camino para forjar mi fe.




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