La piedra a tus pies
«Solo Dios puede perdonar y librarnos de nuestras cargas y pecados».
Recuerdo haber cometido cientos de errores; algunos permanecen en mi memoria y otros se han desvanecido. Pero lo cierto es que, a pesar de todo, Dios me amó tanto que se despojó de Su gloria para salvarme hace dos mil años. ¡Cuán grande es Su amor y qué infinita Su misericordia! Y lo más hermoso es que no solo lo hizo por mí, sino que también lo hizo por ti.
Si sientes que llevas una vida «deshuesada» y sin aliento, yo no podré entenderte como Él lo hace. Créeme: tan solo date la oportunidad de abrirle la puerta de tu vida. ¿Cómo? Es sencillo: postrándote y clamando a Su nombre con un arrepentimiento genuino. Él escudriña nuestros corazones, como nos enseña el libro de Génesis 4:6-7:
«Entonces el Señor le dijo: “¿Por qué te enojas y pones tan mala cara? Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él”».
Ante Él nada se esconde. Te invito a buscarlo; Él no puede negarse ante un corazón contrito y humillado. Solo así vivirás la experiencia que llenará cada rincón de tu existencia. No debemos abandonar ni sustituir a nuestro Primer Amor, ni mucho menos «abortar» nuestra relación con Él a través de las ofensas.
El valor que el enemigo te oculta
Si tu vida es un caos y crees que naciste para sufrir, déjame decirte que te has dejado envolver por las mentiras del adversario. Él desea que te deprimas y te pierdas del sendero de la Verdad. ¿Sabes por qué se ensaña contigo? Porque eres valioso a los ojos de Dios. Eres una joya preciosa. Él te ama apasionadamente y espera con paciencia a que le hables; guarda cada una de tus lágrimas y te ofrece una promesa de amor a cambio de nada. Él es el Caballero que toca a la puerta esperando que le digas: «Señor, pasa y quédate conmigo».
«Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano... porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová» (Isaías 55:6-8).
El sacrificio por la Obra
Por esa fe, abandoné mi departamento y mi empleo. El día que en el culto preguntaron: «El que desee seguir al Señor como misionero, puede levantarse», yo lo hice. No imaginaba que seguirle implicaría dejarlo todo, pero por amor a Él, lo hice. Recogí mis maletas, dejé la estabilidad de mi trabajo —donde ya me habían fijado por mi buen desempeño— y devolví mi uniforme. Me gané el repudio de algunos, pero nada de eso importaba. Sabía que, mientras estuve con ellos, hice lo malo ante Dios.
Deseaba cambiar con todas mis fuerzas, sin importar las consecuencias. Recordaba la visión de las «cuarenta semanas» y sabía que la obediencia era el único camino a la salvación.
La visión de los pies heridos
Hubo una hora de adoración, ya siendo parte del grupo de misioneros, donde mi alma finalmente halló reposo. Estaba arrodillada, desesperada por mis cargas, sintiendo que mi conciencia estaba hecha jirones. Lloraba amargamente, como lo hizo el apóstol Pedro, con el rostro bañado en lágrimas.
En ese instante, el Dios de Gloria se manifestó ante mí en una visión.
Me vi a mí misma postrada en un lugar extraordinario. El piso era de un blanco tan puro y reluciente que parecía un espejo; en él se reflejaba mi rostro y, de reojo, percibía unas cortinas blancas. Frente a mí, en el suelo, había una piedra de tierra, de esas que se desmoronan al apretarlas. Yo la miraba y lloraba con amargura.
De pronto, escuché unos pasos armónicos que se acercaban. Intenté levantar la mirada, pero mi cuerpo estaba inmóvil. A través del reflejo del piso, vi una luz potente y refulgente. Solo alcancé a ver unos pies que calzaban sandalias de cuero antiguas; ambos empeines tenían marcas de perforaciones. Entonces, una mano hermosa, con dedos perfectos y falanges llenas de gracia, se extendió para tomar la piedra. La mano también tenía la marca de los clavos. Era Jesús.
Él tomó la piedra de mi pecado y me dijo:
—«Eres libre de tu pecado; anda, ve y no vuelvas a pecar».
Intenté ver Su rostro una vez más, pero me fue imposible. Solo vi Su espalda mientras se alejaba en el reflejo del piso. Instantáneamente, desperté en el culto. La adoración estaba terminando, pero mi vida acababa de empezar de nuevo. Nadie podía borrar mi sonrisa ni mi nuevo semblante. Mi carga se había ido.