Expediente Biblico

CAPÍTULO V.

La visión y las dos luces

«Aun cuando el enemigo se empeñe en dañarlo todo, persiste en el camino del Señor».

​El relato que compartiré a continuación no fue algo común. Sé que muchos dirán que es «mentira» o producto de la imaginación, pero les aseguro que fue real. Ocurrió poco antes de marcharme como misionera, un evento fantástico que marcó mi vida, la de un hermano y la de toda la iglesia.

​Todo comenzó tras una clase en la que sentí el fuerte deseo de hablar sobre la «idolatría y el egocentrismo». Consulté con una pastora para asegurarme de que este sentir venía de Dios. Ella fue clara:

«Uno debe obedecer a la voz de Dios».

​Con esa confirmación, busqué al hermano más joven del grupo, quien poseía un don especial de sabiduría, para que me ayudara con los textos bíblicos. También sumamos a otro hermano con dotes de liderazgo. Todo marchaba bien hasta que nos reunimos con el equipo completo. Lo que debió ser un momento de edificación se convirtió en caos.

​Fui acusada de soberbia y de inventar que Dios me hablaba. Las dudas me asaltaron y caí en la trampa de la contienda. El salón se llenó de gritos y ofensas; pronto, los chismes corrieron por toda la comunidad pastoral. Me sentí morir. El joven sabio se retiró en silencio, y yo me quedé con un peso opresivo en el alma. Había fallado dos veces: al dudar de Dios y al pelear con mis hermanos.

El encuentro en la oscuridad

​Buscando refugio, bajé al salón de culto. Estaba a oscuras; solo quería postrarme ante el altar y llorar mi impotencia. Al llegar, vi una silueta en el suelo y escuché un sollozo estruendoso. Era el joven que me había ayudado. Con el corazón turbado, intenté disculparme, pero él, sin levantar la vista, respondió:

«No es a mí a quien debes pedir perdón. Es a Dios».

​Sus palabras me atravesaron. Me postré al lado opuesto del altar. Lloré con el lamento de Pedro; me dolía el cerebro de tanta angustia, pero me dolía más el alma. De pronto, el joven se alzó y, como si leyera mis pensamientos, me preguntó:

«¿Por qué dudaste de Él? Si fue Él quien te pidió que lo hicieras».

​Me quedé maravillada. Dios me contestaba a través de él. Pedí perdón y un reposo inexplicable inundó mi pecho. Allí, en la distancia de aquel salón oscuro, empezamos a cantar juntos «La niña de tus ojos».

La visión del arrebatamiento

​Mientras cantábamos, sentí que mi cuerpo se desvanecía, pero no por dolor, sino por una presencia superior. Sentí como si mi frente fuera abierta suavemente y una brisa sutil entrara en mis pensamientos. El dolor de cabeza desapareció y, de pronto, mis ojos proyectaron una visión:

​Todo estaba oscuro. Yo volaba cerca de las nubes, pero no había luz en los edificios ni lumbreras en el cielo. De repente, el firmamento se abrió como un rollo antiguo y brotó una luz intensa. En medio de ella, vi la silueta de un hombre con los brazos extendidos. ¡Era Jesús!

​Con un gesto de Su mano, dio una orden. Al instante, cientos de estrellas relucientes —que representaban almas— salieron de la tierra y ascendieron hacia Él. Yo subí con ellas. Al llegar al espacio, vi una terrible tormenta de meteoritos encendidos que descendían hacia la Tierra, rompiendo sus capas y pintando el cielo de rojo hasta que el humo lo cubrió todo.

​Cuando la visión terminó, sentí que aquella brisa salía de mi frente y esta se cerraba. Al abrir los ojos, vi dos luces blancas y relucientes en el rincón izquierdo del púlpito. Eran figuras humanas con túnicas resplandecientes que ascendieron rápidamente.

​Grité de asombro y noté que mi hermano estaba de rodillas, mirando el mismo rincón.

«¿Tú también viste eso?» —me preguntó aturdido.

«¡Sí!» —respondí con vigor.

El llamado confirmado

​Años después, estando ya en Ecuador, Dios me dio un sueño que completó aquella experiencia. En el sueño, esas dos luces eran ángeles con bastones de oro. El primero llamó a mi hermano y le dijo que era un escogido para ser Profeta, para hablar lo que Dios le ordenara. El segundo ángel me llamó a mí y me dijo que yo sería una Escriba, encargada de plasmar las revelaciones del Señor.

Uno predicará y la otra escribirá. Ambos recibimos cañas de oro macizo.

​Desde entonces, me he dedicado a escribir. No obligo a nadie a creer; solo testifico lo que el Espíritu me permitió vivir. No soy nadie sin Él, soy tan humana como cualquiera, pero mi pluma le pertenece.

¡Gloria al Señor Jesucristo!




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