Experimento Rojo peligro (placeres caníbales 1)

El túnel de agua

EL TUNÉL DE AGUA

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Me sentí como si estuviera a punto de desenvolver el regalo más atroz y aterrador de la faz de la tierra. Obligada por las circunstancias a abrirlo y tomarlo entre mis manos para experimentar de él pese a lo mucho que no quería. Conocer lo que era todo ese misterio que se resguardaba en su interior, y que bien sabía que terminaría atormentándome más de lo que ya estaba.

Mis piernas no pararon de moverse, de acercarse cada vez más a ese interminable corredizo.

Cuando la alarma sonó y la voz computarizada anunció la apertura de la puerta 13. Mi corazón amenazó con salir huyendo. Estaba atónita. Creí que ese monstruo estaría ahí, del otro lado. Creí, que la puerta en realidad no se abriría, que solo se desbloquearía, y también pensé que podía volver a bloquearse. Pero nada de eso sucedió.

Primero, no estaba el mensaje que salía siempre que la voz femenina alertaba un intruso. Segundo, la puerta se abrió y no sabíamos cómo cerrarla. Y tercero, ese experimento deforme no estaba ahí.

Y además, la neblina no era neblina, ni mucho menos humo, era gas. Mientras más nos adentrábamos al corredizo, mucho fue cambiando, empezando por el techo que varios metros atrás era todo plano y en este momento estaba lleno de tuberías y un par de ellas estaban rotas. Por ellas escapaba todo el gas.

Su olor era desagradable y en veces irritaba la garganta hasta hacerme toser, pero era respirable y con el tiempo, tal vez, me acostumbraría a él. La cosa era que no se sabía que tan toxico era, o sí solamente era un simple gas. Por lo tanto, mantenía el cuello de mi suéter haciendo presión contra mi boca y nariz.

Otro problema era lo mucho que el gas ocultaba el otro lado del pasillo, así ni siquiera podía saber que era lo que se esperaba del otro lado. Por otro lado, también estaba la iluminación que cada vez era menos, oscurecía un poco más nuestro entorno, y no dejaba de parpadear.

Miré a Rojo 09. Él de vez en cuando cerraba sus parpados enrojecidos unos segundos y movía su cabeza a los lados con agilidad. El misterio era saber qué tanto estaba mirando a través del gas.

Me mantenía con la atemorizante curiosidad en todo momento, ya que yo caminaba a ciegas, y él tenía la capacidad de mirar las temperaturas de un cuerpo. Un don que seguramente para quienes trabajaron aquí sería algo normal, pero para alguien como yo que no recordaba lo que hacía en ese lugar, era un nuevo descubrimiento. Perturbador. Desconcertante.

Todavía no me acostumbraba a nada de él. Pero era útil. Sin él, seguramente no sobreviviría por mucho tiempo.

— ¿Hay otro experimento? —mi voz se escuchó ahogada a causa de la tela en mi boca. Lo miré fijamente, su escandaloso perfil y ese cabello alborotado.

—No— respondió, y quedé ensimismada al ver como su manzana de adán se marcó cuando habló. Abrió sus orbes rasgados y los entornó a mí, atrapándome con las manos en la masa de que lo había estado contemplando este tiempo—. No hay peligro.

Pestañeé, quise golpearme la cara cuando me di el tiempo de volver a reparar en todo su aspecto. No lo estaba haciendo con malas intenciones, sino que todavía no podía creer que fuera creado con un físico como ese.

—Menos mal— suspiré y asentí débilmente, tomando la seguridad de sus palabras para luego, darme cuenta, que él me estaba mirando de la misma manera en que lo hice.

Apresurar mis pasos en grandes zancadas sobre el corredizo. Él dio alcancé con la mirada entornada en mí. Traté de ignorarlo, porque mirarnos no era lo más impórtate aquí, sino sobrevivir. Pero era inevitable que cada parte de mi ignorara esa rasgada mirada que estiraba mis nervios, uno tras otros hasta hacerlos añicos.

— ¿Sigue sin haber nada? —Mi lengua estuvo a punto de trabarse y agradecí que no fuera así. También agradecí que por fin retirara sus ojos de encima de mí, para que todo mi cuerpo se relajara.

—Sí.

Conforme nos adentrábamos cada vez más, fui notando que el volumen del gas disminuía. Disminuía tan progresivamente que llegó un momento en que mis pies se endurecieron.

Pestañeé para aclarar el panorama sombrío, apenas claro. Habíamos llegado a un lugar más espacioso y rocoso. Parecía que recorríamos una enorme imitación de cueva, y a nuestro alrededor, se extendían cientos de pasadizos, contando el que acabábamos de salir.

Miré debajo de mis pies cuando toqué algo delgado y duró. Me llevé una gran sorpresa cuando encontré que estaba pisando nada más y nada menos que unas vías de tren. ¿Por qué había algo así aquí? Seguramente para transportar materiales pesados o… ¿personas? Las seguí, era curioso que cada par de vías se separaran de cada entrada de los corredizos. Y en la entrada de uno de todos ellos, me llamó mucho la atención un tipo de carro metálico sin techo y puertas. Solo tenía piso, asientos y llantas conectadas a las vías.




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