Experimento Rojo peligro (placeres caníbales 1)

Su dulce caricia

SU DULCE CARICIA

*.*.*

Rojo no dijo con palabras que se pondría peor, pero bastó esa mirada tensa clavada sobre mí para darme cuenta de que algo terrible estaba a punto de acontecer.

Y sí. Ocurrió.              

El terror recorrió el interior de la habitación en un crujir de madera y un golpe hueco contra el suelo. Había sido tan horripilante que sentía como mis entrañas eran rasgadas con brutalidad. Mis huesos saltaron debajo de mi piel cuando escuché como empezaba a ser destruidas la habitación. Pero el verdadero terror no era saber que ya estaban en la habitación, sino saber cuántos de esos monstruos nos habían encontrado ya.

No era uno. No lo era. Esos sonidos reptiles eran diferentes, pertenecían a dos experimentos. Quizás tres.

Me aparté, y con el cuerpo hecho gelatina por los espasmos miré aterrada hacia la puerta y luego la mirada sobria de Rojo clavada en alguna parte de la habitación.

Sabía lo que ocurriría, no hacía falta que él me lo dijera para saber lo que haría. Saldría, mataría, y quién sabe que más acontecería.

Lo peor.

Rojo se inclinó sobre mí, y sin dejar esa mirada tensa buscó mi oído rápidamente.

—No salgas hasta que te diga— me pidió. Y tan solo se levantó de golpe, un golpe contra la puerta, me detuvo el aliento.

En shock, con una guerra interna por detenerlo o por ocultarme detrás de la tina, lo vi irse en dirección a esa puerta que crujía conforme era azotada desde el exterior.  Su mano tomando el picaporte y la giró. Pero antes de tirar de ella los dedos de su otra mano explotaron manchando de sangre la madera y un pedazo de la pared de al lado.

Escandalizada por ver como las grietas empezaban a pintar también esa misma puerta, observé sus largos tentáculos negros prepararse. Y conforme se alargaban junto a la puerta, algo más llamó mi atención. Su hombro empezaba a moverse. No. Algo debajo de su hombro estaba moviéndose. Y lo que atravesó esa zona de su piel— e incluso su polo—, me abrió más los ojos.

Me palideció.

Lo que había salido sobre los costados de su hombro era largo y picudo, como una astilla negra, o como una hoja de cuchillo, pero delgada y un poco encorvada.

Me tembló la quijada de tanto endurecerla. Ya no solo eran sus tentáculos o colmillos, ahora estaba eso otro, retorciendo su figura masculina a la de una bestia.

Se estaba deformando. Se deformaría y se volvería como ellos, ¿no? No. Por favor no...

Él no.

—R-Rojo.

Abrió la puerta y un calambre estiró mis músculos con dolor cuando vi a la monstruosidad que nos esperaba del otro lado de la puerta, para atormentarlos con su espantosa figura.

En ese segundo pude reconocer que él era el experimento del área negra. El experimento 05. Sus colmillos atravesando la piel de sus labios, esos que aún recordaba tan vivamente en mi mente cuando los vi detrás de la ventanilla de la puerta 13. Y esos orbes negros aterradores que, con una sola mirada podías ver cuánto deseaba masticar mi piel. Él estaba viendo a Rojo.

Se movió rotundamente, pero ni siquiera pudo alzar su puño en ese instante cuando todos los tentáculos de Rojo se estamparon contra su cuerpo, haciéndolo golpear contra las alacenas de la pequeña cocina. Caminó fuera del baño y cerró la puerta sin voltear a verme.

Lo que se desató a continuación me dejó en shock. Quedé en un trance en el que cada parte de mi cuerpo temblaba y saltaba con cada escalofriante sonido del exterior. Aferré mis manos a los bordes de la tina de cerámica, casi como si quisiera encarar mis uñas en ella y comencé a respirar con rapidez.

No quería imaginármelo, pero esos grotescos gruñidos bestiales y lo muebles rompiéndose, emitiendo ruidos escandalosos, me lo impedían.

Rojo estaba ahí... Y esa cosa era más grande y pesada que él. Tenía mucho miedo, una terrible angustia oprimiendo mi pecho, comprimiendo mi corazón. Era demasiado, demasiadas preguntas, demasiado terror.

Iba a explotar.

Estaba a punto de cubrirme los oídos negándome a seguir escuchando cuando, oí ese gruñido apretado que supe muy bien de quién provenía, y que hizo que me alzará de golpe y clavará la mirada en la puerta. Sobre todo, en esa separación de al menos cuatro centímetros de la puerta y el suelo, donde un tentáculo escurridizo se aferraba a la madera.  Ese tentáculo era de Rojo.

No. ¿Estaba luchando y protegiendo esa maldita puerta con sus tentáculos?  No tenía que hacerlo, lo lastimarían más si no atacaba con todos sus tentáculos.

Quería gritar que apartara sus tentáculos y que luchara con todos ellos sin preocuparse por mí. Pero gritar no funcionaria, solo empeoraría las cosas. Solo era un estorbo. Si no llevaba arma para defendernos, de nada serviría estando ahí a fuera.

No quería ser un estorbo, así que, desgraciadamente no me quedaba nada.




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