Experimentos [boys Love]

Introducción

Un año y medio. Eso fue todo lo que el mundo necesitó para deshacerse de sí mismo.

No hubo una gran explosión ni un único día que pudiera señalarse como el final. El derrumbe fue silencioso al principio, casi educado. Un rumor en las noticias, una alerta sanitaria ignorada, hospitales saturados que aún intentaban sonreír frente a las cámaras. Luego vinieron los gritos.

El virus apareció sin advertencia ni rostro reconocible. No distinguía entre ricos o pobres, entre justos o crueles. Se introducía en el cuerpo como un huésped paciente y, cuando despertaba, arrancaba todo lo que hacía humana a una persona. Los infectados no morían… algo peor ocurría: se vaciaban. La razón, el miedo, el amor, todo desaparecía, reemplazado por una furia primitiva y un hambre imposible de saciar. Matar. Desgarrar. Comer. Nada más.

Las calles se llenaron de sangre seca y de cosas que nadie quiso volver a nombrar. Familias enteras se encerraron en sus casas creyendo que las paredes aún significaban algo. No lo hacían. El virus no necesitaba invitación.

Los países subdesarrollados fueron los primeros en desaparecer del mapa. No hubo rescates ni discursos heroicos, solo transmisiones interrumpidas y mapas que se iban apagando, uno por uno, como luces moribundas. Las grandes potencias resistieron un poco más, levantando muros de concreto y acero, cercando ciudades enteras como si fueran tumbas anticipadas. Lograron salvar a algunos… pero nunca a suficientes.

El mundo no estaba muriendo: ya estaba muerto, y solo tardó en darse cuenta.

No existía cura. Ningún laboratorio, ningún científico, ningún milagro. Los informes eran claros, fríos, definitivos. La extinción humana dejó de ser una teoría y se convirtió en una cuenta regresiva.

Hasta que llegó aquel mensaje.

Un simple reporte, transmitido con interferencias desde el otro lado del país, atravesó los restos del gobierno como un relámpago en medio de un cielo podrido. Un joven había sido infectado. Había mostrado síntomas. Había sido mordido.

Y no se había convertido.

Por primera vez en meses, alguien se permitió respirar sin miedo.

La esperanza, ese animal terco que se niega a morir incluso entre ruinas, volvió a levantar la cabeza. El gobierno no dudó. No podía hacerlo. Enviaron a un escuadrón de soldados de élite, hombres y mujeres entrenados no solo para matar, sino para sobrevivir al horror sin perder la cordura.

Su misión era simple y aterradora a la vez: proteger al joven a toda costa.

Porque en un mundo que ya había olvidado cómo latía el futuro, aquel chico no era solo una persona.

Era la última posibilidad de que la humanidad no terminara devorándose a sí misma.




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