Experimentos [boys Love]

Capítulo 1 : Jasper el inmune

Había pasado una semana desde que los soldados fueron desplegados.

Siete días que parecieron años.

El tiempo ya no funcionaba como antes; no se medía en horas ni en amaneceres, sino en disparos gastados, en noches sin dormir y en los nombres que ya no se pronunciaban. De los diez soldados enviados para proteger al joven, solo quedaba una.

Una mujer.

Avanzaba con el arma firme entre las manos, aunque los músculos le ardían y cada paso era una batalla contra el cansancio. El uniforme militar que alguna vez fue verde ahora estaba cubierto de polvo, barro y manchas oscuras que no se molestó en limpiar. Sangre seca. No toda era suya. Algunas marcas tenían días, otras horas. Todas pesaban igual.

El muchacho inmune caminaba a su lado, siguiendo las abandonadas vías del tren que se perdían entre la maleza, como cicatrices oxidadas en la piel del mundo. Los rieles gemían bajo sus pasos, un sonido metálico y hueco que se mezclaba con el viento. A lo lejos, un vagón volcado se balanceaba levemente, chocando contra sí mismo con un eco irregular, como si el pasado insistiera en recordarse vivo.

El viento silbaba entre los restos del metal, llevando consigo el olor de óxido, tierra húmeda y muerte antigua. Era el lamento de un mundo que ya no existía… y que no volvería.

El chico mantenía la cabeza baja. Sus ojos estaban clavados en las grietas del suelo, como si temiera que, al levantar la vista, todo aquello se volviera demasiado real. Su rostro era una máscara vacía, tallada a fuerza de trauma. No había rabia, ni miedo visible, ni siquiera desesperación. Solo agotamiento.

Pero sus labios temblaban.

Primero fue imperceptible. Luego, unas gotas comenzaron a caer. No venían del cielo, que llevaba días negándose a llover, sino de sus propias mejillas. Lágrimas silenciosas, pesadas, que descendían sin prisa ni consuelo. No sollozaba. No se limpiaba el rostro. El dolor era algo que ya no necesitaba anunciarse; vivía dentro de él, constante, como un segundo corazón latiendo demasiado lento.

En su mente, una pregunta regresaba una y otra vez, golpeando como un martillo contra hueso:

¿Soy realmente tan importante?

¿De verdad valgo todo esto?

¿Valgo tantas muertes?

Cuando el grupo encargado de su extracción lo encontró, eran diez soldados. Diez hombres y mujeres entrenados, armados, convencidos de que aún podían marcar la diferencia. Diez voces que le dijeron que estaría a salvo. Diez promesas hechas en un mundo que ya no respetaba ninguna.

Pero con cada día, con cada emboscada surgida de la nada, con cada mordida mal calculada… fueron cayendo uno a uno. Algunos gritaron. Otros no tuvieron tiempo. A algunos hubo que dejarlos atrás mientras aún respiraban.

Y los infectados no eran el único enemigo.

Los humanos desesperados —hambrientos, armados, vacíos— habían perdido lo último que los hacía humanos. En sus ojos no había compasión, solo necesidad. El fin del mundo no había creado monstruos; simplemente les había dado permiso.

Ahora, una semana después, solo quedaba ella.

Violet Blade.

Su nombre aún significaba algo. O al menos, ella se aferraba a esa idea. Caminaba con la mirada atenta, el dedo cerca del gatillo, escudriñando cada sombra, cada movimiento entre los árboles. Estaba herida. Cansada. Sola.

Pero seguía en pie.

Jasper se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, dejando una mancha húmeda en su piel sucia, y alzó la mirada hacia el cielo gris. Las nubes se desplazaban lentas y pesadas, como un techo a punto de desplomarse, anunciando la llegada de la noche. En ese mundo, la oscuridad no era solo la ausencia de luz: era una promesa de peligro.

—Jasper, no te quedes atrás —ordenó la soldado.

La voz de Violet fue firme, cortante, sin espacio para réplica. No gritó. No lo necesitó. Aquel tono llevaba el peso de órdenes dadas en campos de batalla reales, donde desobedecer significaba morir.

Jasper reaccionó de inmediato. Bajó la mirada y aceleró el paso hasta igualar su ritmo. Al hacerlo, sus ojos verdes —profundos, apagados, como esmeraldas cubiertas de ceniza— se cruzaron con los de ella. Violet lo observó apenas un segundo: un par de ojos cafés endurecidos por el cansancio y la experiencia, ojos que habían visto demasiado y aprendido a no detenerse en nada que pudiera debilitarlos.

El ceño fruncido de Violet hablaba con claridad: no estaba de humor para lágrimas, ni para dudas, ni para niños rotos.

Mientras caminaba tras ella, Jasper no pudo evitar observar su porte. Violet se movía con una precisión casi mecánica, como si su cuerpo funcionara incluso cuando la mente ya estaba exhausta. Espalda recta. Pasos largos y silenciosos. Mirada siempre alerta, barriendo el entorno en busca de amenazas invisibles. No era una soldado común; pertenecía a una unidad de rescate de élite, de esas que el gobierno utilizaba cuando no podía permitirse errores.

Había estado en Afganistán antes de que el mundo se viniera abajo. Jasper no sabía exactamente qué significaba eso, pero había aprendido que explicaba muchas cosas. Explicaba por qué no temblaba al disparar. Por qué dormía tan poco. Por qué seguía viva.

A pesar del polvo adherido a su piel, del sudor seco y del cansancio acumulado en cada músculo, Violet seguía siendo una mujer joven y atractiva. El fin del mundo no había logrado borrar eso, solo volverlo más áspero. Su cabello negro y largo estaba recogido en una trenza descuidada que caía por su espalda. La piel clara, curtida por el sol y el fuego de la guerra, mostraba cicatrices que no se molestaba en ocultar. Sus labios carnosos conservaban un rastro de rojo seco, un detalle extraño y casi fuera de lugar en medio de tanta ruina. Su cuerpo era fuerte, compacto, moldeado por años de entrenamiento y disciplina.

Era belleza endurecida por la supervivencia.

Jasper, en cambio, era apenas un adolescente de dieciséis años.

Su cabello castaño, corto y siempre despeinado, caía sobre una frente marcada por el agotamiento. La piel ligeramente tostada contrastaba con su cuerpo delgado, frágil, más acostumbrado a huir que a resistir. Conservaba rasgos infantiles: mejillas aún redondeadas, una mirada demasiado limpia para ese mundo. Había en él una inocencia que el apocalipsis intentaba arrancarle día tras día, sin éxito total… todavía.




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