3 días después
El tiempo había pasado demasiado rápido.
Eso era lo peor.
Jugaba en contra de ambos sobrevivientes, porque aún no estaban ni cerca del laboratorio. Aquel lugar había sido construido lejos de la ciudad precisamente para sobrevivir a un colapso… y por eso seguía en pie. Un islote de ciencia rodeado de muerte. Ellos, sin embargo, se encontraban al norte, y el laboratorio quedaba al sur. Cada paso que daban parecía empujarlos más cerca de la esperanza.
Ahora caminaban por una carretera abandonada, un cementerio de metal y recuerdos. Automóviles dañados se alineaban a ambos lados, con las ventanas rotas y las puertas abiertas, como bocas congeladas en un grito eterno. Algunos habían sido autos de lujo, símbolos de una vida cómoda que ya no existía. Hoy solo eran chatarra incompleta, despojados de lo esencial: baterías arrancadas, motores saqueados, ruedas ausentes.
El asfalto estaba cubierto de basura y cuerpos sin vida. Algunos parecían haber sido infectados; otros, simplemente no habían tenido suerte. La sangre seca formaba manchas oscuras que el sol no lograba borrar. Moscas carroñeras zumbaban alrededor de los cadáveres, celebrando en silencio. Por ahora, no había infectados a la vista.
Por ahora.
—Sería bueno que uno de estos autos funcionara… ¿no crees? —comentó Jasper, intentando romper la tensión.
No obtuvo respuesta.
El silencio que siguió fue incómodo, áspero. Jasper pensó que Violet lo culpaba por la muerte de sus compañeros. Que lo veía como una carga, como un error que aún debía cargar hasta el final de la misión. Aun así, no se rindió. Necesitaba hablar. Necesitaba sentir que aún era humano.
Iba a decir algo cuando Violet levantó la mano bruscamente.
Silencio absoluto.
A unos quince metros, en medio de la carretera, ocho infectados se movían entre los autos. No corrían. Merodeaban. Observaban. Violet hizo una seña clara para que Jasper se diera la vuelta.
Comenzaron a retroceder con extremo cuidado. Paso a paso.
Entonces ocurrió.
Jasper tropezó con la puerta abierta de un auto.
El chillido de la alarma rompió el aire como un grito de auxilio condenado.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Los infectados se giraron al unísono.
Y corrieron.
—¡Corre! —ordenó Violet.
Huyeron en dirección opuesta, el corazón latiéndoles en los oídos. Los infectados eran rápidos. Demasiado. Cada segundo acortaban la distancia.
Jasper no vio el obstáculo.
Tropezó.
Cayó de frente, golpeándose la cabeza contra el pavimento. El mundo giró. Un sabor metálico le llenó la boca.
Violet se detuvo de inmediato y corrió hacia él, pero antes de alcanzarlo, un infectado surgió de la nada y se lanzó sobre ella, derribándola con violencia.
—¡Violet! —gritó Jasper.
Desorientado, se giró justo a tiempo para ver a otro infectado abalanzarse sobre él. Forcejeó con desesperación, empujándolo con brazos temblorosos. El hedor de su aliento podrido lo envolvió. El monstruo se acercaba cada vez más a su cuello.
Entonces vio al segundo infectado aproximarse.
Pensó que había llegado su final.
Cuando el primero estuvo a centímetros de su garganta…
¡BANG!
La cabeza del infectado explotó.
Jasper parpadeó, aturdido, y alzó la vista.
Era él.
El hombre de antes.
Los infectados restantes lo notaron y se abalanzaron sobre él.
El desconocido reaccionó como una máquina bien aceitada. Sacó dos cuchillos de su espalda. Cuando el primero se acercó, se agachó y le cortó la rodilla; el infectado cayó gritando. El segundo fue derribado con un golpe preciso en el tobillo. El tercero, grande y corpulento, cayó tras una patada brutal al pecho.
El cuarto saltó.
El hombre lo esquivó con un movimiento fluido, pasó por detrás y le clavó el cuchillo en el cráneo.
Al girarse, vio que los dos primeros intentaban levantarse.
Sacó la katana.
Un solo movimiento.
Dos cabezas rodaron.
La sangre salpicó su rostro cubierto.
Mientras tanto, Violet había logrado eliminar al infectado que la atacó. Al ver al hombre, se acercó de inmediato y le apuntó a la cabeza con su arma.
—¡Violet, no! —gritó Jasper, levantándose a trompicones y corriendo hacia ellos.
Se interpuso entre ambos.
El arma quedó apuntándole directamente a la cabeza.
—¿Lo olvidaste? —rugió Violet—. ¿Cómo murió Nathan? ¡Apártate!
Jasper dudó.
Nathan.
La sangre infectada. Una sola gota bastaba.
Pero no podía perder a alguien más.
No se movió.
Los tres permanecieron en silencio durante largos minutos. El zumbido de las moscas volvió a llenar el aire.
—No estoy de humor para esto —dijo el hombre al fin—. Es la segunda vez que los ayudo y vuelvo a tener un arma frente a mí.
—Quédate quieto —respondió Violet—. Debemos estar seguros.
—Realmente no te entiendo —replicó él—. Me amenazas si no coopero. Me amenazas después de salvarte. Pero si quieres esperar… espera.
Pasaron quince minutos eternos.
Finalmente, Violet bajó el arma.
Ningún infectado tardaba tanto en transformarse.
—Límpiate —ordenó.
Y por primera vez desde que el mundo se acabó, no sonó como una orden.
Sonó como una tregua.
La noche no tardó en caer, y los tres sobrevivientes se detuvieron al costado de la carretera. Una pequeña fogata crepitaba frente a ellos, lanzando chispas que se perdían en la oscuridad. Desde el incidente de horas atrás, ninguno había pronunciado palabra. El silencio era denso, opresivo, apenas roto por el chisporroteo del fuego y el lejano ulular del viento entre los árboles.
Violet, con el ceño fruncido, añadía ramas secas a la hoguera. Jasper estaba a su lado, con las manos extendidas hacia las llamas, intentando espantar el frío que se le filtraba hasta los huesos. Un poco más apartado, el nuevo miembro del grupo —aquel joven enigmático que los había salvado— limpiaba con calma sus gafas empañadas, sentado con la espalda recta y la mirada perdida en la negrura de la noche.