Experimentos [boys Love]

Capítulo 3: Ciudad infestada

La explosión no solo devoró a la horda; fue como si la ciudad misma hubiera gritado de dolor. El estruendo recorrió las calles vacías, rebotó contra fachadas rotas y se filtró por edificios huecos como un eco interminable. El suelo tembló bajo sus pies, y durante un segundo eterno pareció que el edificio entero iba a desplomarse sobre sí mismo.

El silencio que siguió fue aún peor.

Víctor y Jasper permanecieron pegados al suelo, con los oídos zumbando y el corazón golpeándoles el pecho como un animal atrapado. El aire estaba cargado de polvo y ceniza; cada respiración sabía a metal quemado. Cuando finalmente se incorporaron, lo hicieron despacio, como si temieran que el mundo aún no estuviera listo para sostenerlos.

Desde el borde del edificio, la escena era grotesca.

La calle parecía un campo de carnicería. Miembros arrancados, torsos destrozados y manchas negras de sangre seca cubrían el asfalto. Algunos infectados aún se movían, arrastrándose entre los restos con movimientos erráticos, torpes, como marionetas rotas que se negaban a aceptar su final. Pero lo verdaderamente inquietante no era lo que yacía allí… sino lo que se aproximaba.

Desde todas las calles laterales comenzaron a surgir figuras.

Docenas.

Atraídos por el ruido, por el fuego, por la promesa de carne viva.

Los tres —Víctor, Violet y Jasper— observaron sin decir palabra. No había pánico inmediato, solo esa clase de silencio pesado que se instala cuando la mente se niega a comprender lo inevitable. Violet apretó los dientes. Jasper sintió un frío profundo en el estómago, como si algo invisible le hubiera clavado las uñas desde dentro.

Entonces ocurrió.

El chirrido.

Un sonido bajo, metálico, casi insignificante… pero suficiente para helar la sangre. La puerta de la azotea se abrió lentamente detrás de ellos, protestando con un lamento oxidado.

Un hombre apareció.

Era moreno, de complexión delgada, y sostenía un arma policial con ambas manos como si pesara toneladas. Su respiración era irregular, ruidosa, y el miedo le desbordaba los ojos. El sudor le empapaba el rostro y le temblaban los dedos alrededor del gatillo.

—¡Ustedes tres…! —gritó—. ¡Dense la vuelta y alcen las manos!

No había autoridad en su voz. Solo terror.

Víctor fue el primero en obedecer. Luego Violet. Jasper tardó un segundo más, pero finalmente también giró, con los brazos levantados y la garganta tan seca que le dolía tragar saliva.

—¡Suelten sus armas! —ordenó el hombre, casi suplicando.

Víctor dejó caer la suya. Violet hizo lo mismo. El sonido metálico resonó como un disparo más en la azotea.

Jasper no se movió.

Su cuerpo no respondía. Sus piernas parecían hechas de concreto. El arma le pesaba demasiado, como si fuera una extensión de todos sus miedos.

—¡Suelta el arma! —repitió el hombre, ahora al borde del colapso.

El aire se tensó.

—Solo bájala… —murmuró Víctor, con voz controlada—. Nadie quiere salir herido.

Pero el hombre ya no escuchaba.

El miedo decidió por él.

El disparo estalló en la azotea, ensordecedor, violento, rebotando contra las paredes de concreto como una sentencia. Jasper cerró los ojos, convencido de que ese era el final.

Pero no sintió dolor.

La bala no lo tocó.

Una sombra había surgido detrás del atacante en el último segundo. Un movimiento rápido, preciso. Una ballesta apareció en escena, y con un golpe seco desvió el arma lo suficiente para que el disparo se perdiera en el aire.

El daño, sin embargo, ya estaba hecho.

Desde la calle comenzaron a escucharse gruñidos.

Muchos.

Pasos desordenados, golpes contra metal, alaridos deformes.

El edificio había sido marcado.

—Mierda… —murmuró Víctor, asomándose apenas al borde.

Los infectados ya rodeaban la estructura.

Y no estaban solos.

Desde la escalera que conducía a la azotea emergieron diez figuras humanas. Siete hombres y tres mujeres, armados con rifles, cuchillos, bates reforzados. Algunos llevaban mochilas raídas; otros, miradas duras que hablaban de demasiadas noches sin dormir.

El hombre de la ballesta dio un paso al frente.

No temblaba.

Tenía alrededor de treinta y cinco años. El cabello castaño, largo hasta el cuello, recogido en una coleta descuidada de la que escapaban mechones rebeldes. Su piel clara estaba marcada por el sol y la intemperie. Pero eran sus ojos —verde oscuro, calculadores— los que imponían verdadero respeto. Observaban como los de alguien que había sobrevivido demasiado.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Violet, bajando lentamente las manos.

El hombre ladeó la cabeza, sin bajar la ballesta.

—La pregunta correcta es —dijo con voz firme— qué hacen aquí… y cómo demonios llegaron hasta esta ciudad.

Violet tragó saliva.

—Es una larga historia…

El hombre no sonrió.

—Entonces resúmela.

Violet dudó.

No fue una vacilación visible, ni un gesto evidente. Fue algo que ocurrió detrás de sus ojos, en ese lugar donde los recuerdos se clavan como espinas. No confiaba en ellos. La última vez que había bajado la guardia frente a un grupo numeroso, había terminado tirada en el suelo, sangrando, despojada de todo… incluso de la ilusión de que aún existía la buena voluntad. Aquella experiencia casi la había matado. Y no pensaba repetirla. No ahora. No con Jasper a su cargo.

El silencio se alargó demasiado.

Los minutos pasaron lentos, espesos, como si el aire se hubiera vuelto más denso. Nadie hablaba. Nadie bajaba las armas. El hombre que los apuntaba comenzó a moverse con inquietud; su paciencia se estaba agotando, y Violet lo supo al instante. El peligro no siempre llega gritando. A veces llega cuando alguien deja de esperar respuestas.

—Somos gente del gobierno —dijo Víctor de pronto.

Las palabras cayeron como una piedra en un estanque muerto.

Hubo murmullos inmediatos. Susurros nerviosos. Miradas que se encendían con una chispa peligrosa: esperanza.




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